Martes, 28 de julio de 2026
CHINA Y ESPAÑA

¿Debe Occidente reequilibrar su poder global? Tres analistas responden a Pedro Sánchez

En su cuarta visita oficial a Pekín en los últimos cuatro años, Pedro Sánchez ha puesto sobre la mesa que Occidente tendrá que ceder parte de su peso en las instituciones internacionales. ¿Es realismo geopolítico, cálculo diplomático o una jugada arriesgada? La politóloga Ruth Ferrero-Turrión, el catedrático Juan Luis Manfredi y Antonio Tintoré, analista en Washington D. C., examinan qué revela este mensaje sobre el momento del multilateralismo, la rivalidad entre potencias y el papel que España quiere jugar entre Europa, China y el Sur Global.

Agenda Pública Agenda Pública 17 de abril de 2026
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es recibido por el presidente Xi Jinping en Pekín. | Pool Moncloa / Borja Puig
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es recibido por el presidente Xi Jinping en Pekín. | Pool Moncloa / Borja Puig

Las declaraciones de Pedro Sánchez en China sobre la necesidad de que Occidente ceda parte de su cuota en las instituciones internacionales han introducido un debate sobre quién manda realmente en el sistema multilateral y con qué legitimidad. La cuestión afecta claramente al lugar que quiere ocupar España en un contexto marcado por la rivalidad entre EE. UU. y China, la guerra en Europa y el creciente peso del llamado Sur Global.

Para entender el posicionamiento español, Agenda Pública ha hablado con tres analistas que han accedido a compartir sus ideas sobre el asunto. La profesora de la Universidad Complutense Ruth Ferrero-Turrión plantea que la reforma del sistema es "probablemente inevitable" y que España puede proyectarse como un interlocutor más sensible ante el Sur Global. Por su parte, Juan Luis Manfredi, catedrático en la Universidad de Castilla-La Mancha, advierte de que el problema es "el timing y el escenario" y de que Madrid puede ganar perfil simbólico pero a coste de perder influencia real. En esta línea, Antonio Tintoré Vicent, exdelegado joven de la Unión Europea para el G20 y analista internacional en Washington D. C., sostiene que solo una reforma profunda de la institucionalidad internacional puede evitar la ruptura total del orden actual, aunque subraya que España solo podrá proyectar influencia real si lo hace desde una Europa más fuerte y cohesionada.

Pedro Sánchez ha defendido en China que Occidente debería renunciar a parte de sus cuotas de representación en las instituciones internacionales. ¿Es una constatación realista? Y, especialmente, ¿es oportuna en el contexto actual?

Ruth Ferrero-Turrión (R. F.-T.): Desde una perspectiva de gobernanza global, la propuesta apunta a una realidad difícilmente cuestionable y que hace tiempo que era un hecho, ya que el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial ya no refleja el equilibrio de poder actual. Actores como China, India o Brasil llevan reclamando un mayor peso específico a nivel global, una demanda que no se ha escuchado por parte del norte global. Sin una integración plena de estos países según su peso real, la legitimidad de las instituciones se erosiona. En ese sentido, reconocer la necesidad de reformar cuotas de representación no es solo realista, sino probablemente inevitable si se quiere preservar un sistema multilateral funcional.

La propuesta de Pedro Sánchez puede leerse como una adaptación a esa transformación en un contexto en el que EE. UU. cuestiona sistemáticamente los marcos multilaterales, algo que obliga a repensar la arquitectura global. Si el garante tradicional del orden liberal introduce elementos de repliegue o selectividad, el sistema solo puede sostenerse integrando de manera más efectiva a las potencias emergentes. Ignorar el peso de actores como China no solo es poco realista, sino que debilita la capacidad del multilateralismo para gestionar desafíos globales como el cambio climático, la seguridad o la gobernanza económica.

"La incorporación de China y otras potencias emergentes implica también exigir corresponsabilidad y compromiso con normas compartidas"
Ruth Ferrero-Turrión
Sin embargo, esta reordenación es una reconfiguración negociada, por lo que no debería interpretarse como una renuncia. La incorporación de China y otras potencias emergentes implica también exigir corresponsabilidad y compromiso con normas compartidas. La clave está en transitar hacia un multilateralismo más inclusivo, pero también más exigente, capaz de reflejar el nuevo equilibrio de poder sin diluir los principios básicos del sistema internacional.

Juan Luis Manfredi (J. L. M.): El diagnóstico, en términos estructurales, es acertado: el sistema de gobernanza internacional refleja un equilibrio de poder propio de la posguerra y, en algunos casos, del final de la Guerra Fría. El peso demográfico, económico y político del llamado Sur Global no se corresponde con su representación en instituciones como el FMI, el Banco Mundial o el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Desde ese punto de vista, se trata de una constatación ampliamente compartida por académicos y diplomáticos.

"Plantear en Pekín una cesión de cuotas por parte de Occidente puede interpretarse menos como una reflexión reformista y más como un gesto político cargado de ambigüedad"
Juan Luis Manfredi
La cuestión más delicada, por tanto, es el timing y el escenario. En un contexto de rivalidad estratégica creciente entre EE. UU. y China, y con una guerra abierta en Europa, plantear en Pekín una cesión de cuotas por parte de Occidente puede interpretarse menos como una reflexión reformista y más como un gesto político cargado de ambigüedad. Las reformas de la gobernanza global requieren consensos amplios y un entorno de mínima confianza estratégica, algo que hoy claramente no existe entre las partes.

Antonio Tintoré Vicent (A. T. V.): En una primera instancia podría parecer que la apuesta española por una reforma integral de la institucionalidad internacional, disminuyendo el peso relativo de "Occidente" frente al "resto", va contra nuestros propios intereses y denota ingenuidad. Sin embargo, solo una reforma de este tipo puede prevenir la ruptura total del orden internacional.

Es evidente que la distribución del poder global ha cambiado de forma sustancial en las últimas décadas. Potencias emergentes como India, Brasil, Turquía o Indonesia reclaman ahora un protagonismo acorde a su peso económico, demográfico y político. En el contexto actual, ignorar estas demandas no hace más que erosionar la legitimidad de nuestro sistema de gobernanza global, volviéndolo cada vez más irrelevante.

Para que estos actores estén dispuestos a asumir costes en defensa del orden internacional es imprescindible ofrecerles una mayor voz y capacidad de decisión. Y en esto Europa no puede jugar a la defensiva.

¿Sitúa a España este posicionamiento en un espacio singular —especialmente en Europa— o ya hay más voces pidiendo este reequilibrio?

J. L. M.: España no está sola en este planteamiento, pero sí adopta un tono más explícito que la mayoría de sus socios europeos. Francia, Alemania o incluso EE. UU. han reconocido en distintos foros la necesidad de reformar las instituciones internacionales. El proceso es gradual y condicionado.

El presidente Sánchez verbaliza en Pekín algo que muchos dirigentes europeos discuten en privado o en documentos estratégicos. Eso sitúa a España en un espacio diferenciado dentro de la UE: el de un país que aspira a representar una sensibilidad más abierta hacia el Sur Global y menos alineada automáticamente con los consensos tradicionales del eje franco-alemán.

Ahora bien, esa singularidad tiene límites claros. España no lidera una coalición europea a favor de una redistribución inmediata del poder institucional, ni dispone del peso suficiente para imponer ese debate en la agenda comunitaria. Más que marcar un camino, Madrid está ensayando un posicionamiento discursivo propio, coherente con su proyección mediterránea y latinoamericana, pero todavía sin un respaldo europeo sólido detrás.

A. T. V.: España no está sola en la defensa de este reequilibrio en el orden internacional. Alexander Stubb, que junto a Mark Carney se está convirtiendo en el máximo exponente de la doctrina de las potencias medias, es un firme defensor de estos esfuerzos de reforma.

"La UE entiende que su propio devenir como proyecto político está íntimamente ligado a la salud del multilateralismo global"
Antonio Tintoré Vicent
Más allá de la posición finlandesa, este impulso reformista resuena cada vez con más fuerza en Bruselas. Y es que, lapsus de Von der Leyen aparte, la UE entiende que su propio devenir como proyecto político está íntimamente ligado a la salud del multilateralismo global. Al proponer este reequilibrio, España y sus socios buscan desactivar la trampa de la bipolaridad, permitiendo articular coaliciones norte-sur que puedan trascender el marco de la rivalidad entre grandes potencias.

R. F.-T.: No la sitúa en un espacio singular, pero sí la coloca en un lugar relativamente distintivo dentro del debate europeo. Tradicionalmente, la Unión Europea ha oscilado entre una defensa del orden multilateral liberal y una creciente conciencia de la necesidad de reformarlo. En ese sentido, la idea de reequilibrar las instituciones internacionales para dar mayor cabida a potencias emergentes no es nueva ni exclusiva de España.

Ahora bien, lo que sí resulta más específico es el momento y el énfasis. Algunos Estados miembros, como Francia, llevan tiempo planteando la necesidad de una "autonomía estratégica" europea, lo que incluye repensar la gobernanza global. Alemania, por su parte, también ha reconocido la importancia de integrar a actores como China, aunque con mayor cautela. Incluso en foros multilaterales, hay un consenso creciente sobre la necesidad de reformar instituciones como el FMI o el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Del mismo modo, el posicionamiento español ha introducido matices sustantivos en el contexto europeo, como en el abordaje de la crisis de Gaza, donde la UE ha mostrado dificultades para articular una posición cohesionada ante este conflicto, evidenciando tensiones internas y una cierta pérdida de capacidad de influencia en escenarios clave del Sur Global. En este sentido, la apelación a un reequilibrio del orden internacional conecta también con cómo muchas regiones, incluido Oriente Medio, perciben una doble vara de medir por parte de Occidente. La guerra en Gaza ha intensificado estas percepciones, debilitando la legitimidad del discurso occidental sobre normas, derechos y gobernanza global.

No obstante, esto no es exclusivo de España. Existen otras voces en Europa que reconocen la necesidad de adaptar el orden internacional y de reconstruir puentes con el Sur Global, especialmente tras Gaza. La diferencia radica, de nuevo, en el énfasis y en la explicitud. España no inaugura un debate, sino que lo acelera y lo proyecta en un momento particularmente delicado, donde las fracturas normativas del sistema internacional son más visibles que nunca.

¿Qué gana y qué arriesga España al proyectarse de esta manera en Pekín? ¿Es una vía hacia desempeñar un papel propio como puente entre Europa, China y el llamado Sur Global?

A. T. V.: Al plantarle cara de forma tan visible a EE. UU., España está ciertamente granjeándose apoyos en el Sur Global, si bien también está levantando ciertas suspicacias entre aquellos socios europeos con una vocación más atlantista. El impulso es comprensible. El problema es uno de profundidad estratégica.

Si el Gobierno español, más allá de réditos electorales, quiere posicionarse como un actor constructivo en la defensa del multilateralismo y como puente entre actores muy dispares, el punto de partida ha de ser siempre Europa. Desde ahí, y solo desde ahí, tiene sentido una relación pragmática con China: útil en la medida en que amplíe nuestro margen de acción, pero nunca a costa de la unidad.

"Si seguimos comprando cantidades récord de gas ruso, difícilmente podremos exigirle a Polonia solidaridad ante las amenazas de Trump"
Antonio Tintoré-Vicent
Y es en ese terreno donde surgen las tensiones. Por muy valiente que pueda ser España en oposición a esta guerra, difícilmente vamos a liderar en Europa si no contribuimos de forma más constructiva al debate y a la práctica del rearme militar. Si seguimos comprando cantidades récord de gas ruso, difícilmente podremos exigirle a Polonia solidaridad ante las amenazas de Trump. Y si, en aras de atraer inversión china, debilitamos los esfuerzos de la Comisión a la hora de llevar a cabo el de-risking, difícilmente nuestra postura hacia China encontrará eco entre nuestros socios.

R. F.-T.: España proyecta, con este tipo de posicionamiento, una imagen de actor que quiere ir más allá de un papel estrictamente seguidista dentro de la UE y que aspira a tener voz propia en la redefinición del orden internacional. En términos de ganancias, esto le permite reforzar su perfil como interlocutor válido ante el llamado Sur Global y como socio capaz de dialogar con China sin renunciar, al menos en principio, a su anclaje europeo y atlántico. Además, puede contribuir a situar a España en espacios de mediación o facilitación en un contexto internacional cada vez más fragmentado.

Si ponemos el foco en la idea de "puente", España sí dispone de algunos activos diferenciales que no son menores, especialmente en su relación con América Latina. Ahí existe una densidad histórica, cultural, lingüística y también económica que ningún otro país europeo posee en la misma medida. Esto le permite actuar como traductor, en términos políticos y económicos, de las demandas y sensibilidades latinoamericanas dentro de la Unión Europea, y viceversa. En un contexto en el que el Sur global gana peso, este capital relacional es estratégico. Del mismo modo, en el Mediterráneo España también tiene una posición singular por proximidad geográfica y por interdependencias muy concretas, especialmente en materia migratoria, energética y de seguridad. Esto le otorga capacidad para influir en la agenda europea hacia el sur, aunque aquí compite con otros actores como Francia o Italia.

En Asia, en cambio, su papel es más limitado, pero precisamente por ello puede proyectarse como un interlocutor menos condicionado por rivalidades históricas o estratégicas. Esto abre cierto margen para el diálogo, también con China.

Ahora bien, convertir estos activos en un verdadero papel de puente requiere coherencia, continuidad y, sobre todo, una estrategia sostenida. No es solo una cuestión de discurso, sino de inversión política y diplomática a largo plazo.

J. L. M.: España gana visibilidad y coherencia narrativa. Este discurso refuerza la imagen de un país que defiende el multilateralismo, la reforma del orden internacional y una relación menos jerárquica entre norte y sur. En términos diplomáticos, eso facilita la interlocución con China y con muchos países del Sur Global que perciben a Europa como un actor normativo, pero poco dispuesto a compartir poder real.

Sin embargo, observo otros riesgos. El primero es sobreestimar la capacidad de mediación. Ser un puente depende de la voluntad, pero también del reconocimiento por parte de los otros actores. Ni China ni EE. UU. han mostrado especial interés en intermediarios europeos en su rivalidad estratégica. El segundo riesgo es generar suspicacias dentro de la UE y la OTAN, especialmente si este discurso no se anticipa con socios clave.

"España puede ganar espacio simbólico, pero corre el riesgo de perder influencia real"
Juan Luis Manfredi
Además, proyectarse en Pekín con este mensaje puede diluir la posición europea común en un momento en que la unidad es un activo estratégico. España puede ganar espacio simbólico, pero corre el riesgo de perder influencia real si ese posicionamiento no se traduce en propuestas concretas y compartidas. En suma, es una apuesta por el perfil propio, más que por el poder estructural.

Desde la perspectiva de EE. UU. y de la rivalidad estratégica con China, ¿qué implicaciones tiene que un jefe de Gobierno europeo plantee en Pekín una redistribución del poder institucional global?

J. L. M.: La Administración Trump no está interesada en el orden liberal internacional, sus instituciones o repartos. Ha pasado a otra fase diplomática. No habrá un reparto sustancial, sino un desmantelamiento.

Sin embargo, en plena competencia estratégica, EE. UU. espera de sus aliados europeos una contribución neta. En palabras de Marco Rubio, quiere socios, no aliados. La visita de Sánchez no romperá alianzas, pero añade más fricción. Refuerza la percepción de que Europa, y España en particular, busca autonomía estratégica también en el plano narrativo.

R. F.-T.: Desde la perspectiva de EE. UU., este tipo de posicionamientos se leen claramente en clave de rivalidad estratégica con China, pero también en el marco de un contexto internacional extremadamente volátil, marcado no solo por Gaza sino, especialmente, por la confrontación con Irán. Ambos escenarios han intensificado la percepción de fragmentación del orden internacional y han puesto a prueba la coherencia y credibilidad del bloque occidental.

En este contexto, que un jefe de Gobierno europeo plantee en Pekín una redistribución del poder institucional global introduce una señal compleja. No tanto porque Washington niegue la necesidad de reformar las instituciones internacionales, una idea que también existe en ciertos círculos estadounidenses, sino por el momento geopolítico y el lugar desde el que se formula. Hacerlo desde China puede interpretarse como un gesto que refuerza su narrativa de revisión del orden internacional, precisamente cuando EE. UU. busca contener su influencia.

Además, las crisis de Gaza y la escalada con Irán han amplificado las críticas del Sur Global hacia lo que se percibe como una aplicación selectiva de normas por parte de Occidente y, por ende, de su pérdida creciente de credibilidad. En ese sentido, mensajes como el de España pueden ser leídos como intentos de reposicionamiento ante esas críticas, pero también como indicios de falta de cohesión estratégica.

A. T. V.: La llamada de Sánchez a reformar las instituciones internacionales no supone, para una Administración estadounidense que pasa olímpicamente de ellas, un problema demasiado grande. Pero que lo haga desde el Gran Salón del Pueblo en Pekín, semanas después de plantarle un visible "no a la guerra" a Trump, no es algo que vaya a pasar desapercibido.

La atención y los enfados de Trump van y vienen. Pero lo que debería preocupar en Madrid es si esa animadversión acaba por infiltrarse en la burocracia estadounidense y su famoso interagency. Más allá de la relación comercial, que Trump ya amenazó con deshacer, conviene preguntarse qué consecuencias podría tener este distanciamiento en otros ámbitos, por ejemplo, en el delicado equilibrio con Marruecos, en la importante presencia inversora de empresas españolas en EE. UU. o en términos de dependencias energéticas.

Así pues, para que España pueda proyectarse con independencia y verdadera influencia, sin temer los costes, necesita un colchón: una Europa más reforzada y con mayor peso global. En solitario, todo son vulnerabilidades.

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