

En los últimos meses ha ido ganando terreno una idea que, a primera vista, resulta políticamente irresistible: gravar con mayor intensidad a sectores como la banca o la energía para hacer frente a los efectos de shocks extraordinarios como las guerras, la inflación o las subidas de tipos de interés. Algunos economistas sostienen que estos sectores están obteniendo beneficios "caídos del cielo" y que, por tanto, es razonable exigirles una contribución adicional en nombre de la equidad y la estabilidad social.
La actual guerra en Irán ha reactivado con fuerza este debate. El encarecimiento del petróleo, el gas y los combustibles ha vuelto a situar a las grandes energéticas en el foco político, mientras que la subida de tipos ha impulsado los márgenes bancarios. El contexto parece dar la razón a quienes defienden estos gravámenes. Pero la política económica no puede guiarse por intuiciones morales simplificadas, sino por sus efectos reales. Y es precisamente ahí donde este planteamiento empieza a mostrar serias debilidades. Porque lo que se presenta como una solución de emergencia puede acabar agravando los problemas que pretende resolver.
Para entender la magnitud del problema, conviene partir de los datos. La guerra en Irán ha provocado la mayor disrupción energética global desde los años setenta. El cierre parcial del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, ha tensionado los mercados de forma inmediata.
"El gas natural en Europa ha llegado a subir hasta un 85%; y los costes energéticos de importación en la UE han aumentado en más de 22.000 millones de euros"El resultado ha sido un fuerte incremento de precios: el crudo ha superado episodios puntuales de 120-150 dólares por barril en mercados físicos; el gas natural en Europa ha llegado a subir hasta un 85%, y los costes energéticos de importación en la UE han aumentado en más de 22.000 millones de euros Además, el FMI advierte de que este shock está elevando la inflación, endureciendo las condiciones financieras y reduciendo el crecimiento global. En escenarios adversos, la inflación podría superar el 5% y el crecimiento global caer por debajo del 2,5%. Es decir, estamos ante un shock de oferta clásico, no ante un fallo de mercado interno.
En este contexto, algunos economistas sostienen que las energéticas están obteniendo beneficios extraordinarios derivados del conflicto (se habla incluso de decenas de millones de dólares por hora en el conjunto del sector) y que, por tanto, deben ser gravadas. El argumento es simple y profundamente problemático.
Primero, porque confunde precio con beneficio estructural. El aumento de precios refleja una restricción de oferta global, no necesariamente un incremento permanente de rentabilidad. De hecho, la propia volatilidad del mercado, con divergencias entre precios físicos y futuros, está generando incertidumbre incluso para las propias compañías.
Segundo, porque ignora el riesgo. El sector energético opera en entornos altamente volátiles, intensivos en capital y con horizontes de inversión de décadas. Penalizar los beneficios en los momentos favorables, sin compensar las pérdidas en los adversos, introduce una asimetría que distorsiona la inversión.
Tercero, porque estos beneficios no son homogéneos. La interrupción de exportaciones, los daños en infraestructuras o la compresión de márgenes de refino ya están afectando negativamente a parte del sector.
La experiencia reciente demuestra que no todas las políticas extraordinarias son equivalentes. Durante la pandemia, las medidas públicas (ERTE, avales, ayudas, aplazamientos…) buscaban preservar el tejido productivo; podían tener un sentido, aunque en el largo plazo hayan supuesto una subida de precios por los bajos tipos de interés y la impresión monetaria del BCE y la Reserva Federal. En cambio, los impuestos extraordinarios introducen incertidumbre sobre las reglas del juego, una incertidumbre que acaba siempre recayendo, en forma de incremento de precios, sobre consumidores y empresas. Y esto no es una cuestión teórica.
"En un entorno de alta incertidumbre, la credibilidad de la política económica es un activo crítico"El propio FMI advierte de que, en el contexto actual, los gobiernos deben evitar medidas fiscales que erosionen la confianza de los mercados, ya que el margen fiscal es cada vez más reducido y la deuda global podría alcanzar el 100% del PIB en los próximos años. En otras palabras: en un entorno de alta incertidumbre, la credibilidad de la política económica es un activo crítico.
Uno de los efectos más relevantes (y menos visibles) de estos impuestos es su impacto sobre el coste de capital. La evidencia empírica muestra que los shocks regulatorios elevan la prima de riesgo exigida por los inversores. En sectores como la energía, donde las inversiones son intensivas y a largo plazo, esto puede traducirse en una caída significativa de la inversión. Y esto es especialmente problemático en el momento actual.
La Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) ha calificado la situación derivada de la guerra en Irán como "el mayor desafío de seguridad energética de la historia". Europa necesita acelerar inversiones estructurales en redes, conexiones e infraestructuras para reducir su dependencia. Gravar esos beneficios en el corto plazo puede comprometer esa transición en el medio plazo.
La paradoja es evidente. Europa enfrenta simultáneamente un shock energético externo, un objetivo ambicioso de descarbonización y una necesidad urgente de inversión. Y, sin embargo, la respuesta política tiende a penalizar a los sectores llamados a liderar esa transformación.
La consecuencia resulta previsible: retraso en proyectos, encarecimiento de la financiación y posible deslocalización de inversiones hacia regiones con mayor estabilidad regulatoria.
En el ámbito financiero, los efectos son igualmente relevantes. El endurecimiento monetario ya está tensionando a hogares y empresas. El encarecimiento del crédito hipotecario es, en gran medida, consecuencia de la política del Banco Central Europeo, no de una supuesta extracción de rentas por parte de la banca.
"Mayores costes regulatorios o tributarios generan menor rentabilidad y, como consecuencia, restricción del crédito o su encarecimiento"Gravar adicionalmente al sector en este contexto puede amplificar ese efecto. Porque la transmisión es directa: mayores costes regulatorios o tributarios generan menor rentabilidad y, como consecuencia, restricción del crédito o su encarecimiento. Y esto ocurre en un momento en el que el propio shock energético está afectando al consumo, la inversión y la actividad económica.
Desde algunos sectores se argumenta que, en un contexto de guerra, no se puede dejar que el mercado determine precios clave y que, por tanto, el Estado debe intervenir también sobre los beneficios. Pero este planteamiento incurre en una contradicción.
Si el problema es el funcionamiento del mercado, la solución pasa por reformarlo. Si el mercado está reflejando una escasez real (como ocurre actualmente), intervenir sobre los beneficios no corrige el problema, sino que introduce nuevas distorsiones.
"Existen alternativas más sólidas, como diversas reformas estructurales orientadas a la reducción del riesgo y de los precios"Frente a este enfoque, existen alternativas más sólidas, como diversas reformas estructurales orientadas a la reducción del riesgo y de los precios: interconexiones energéticas con otros países, capacidad de almacenamiento o diversificación de suministros. De hecho, la propia Comisión Europea está planteando medidas en esta línea para mitigar el impacto del shock sin distorsionar la inversión.
La guerra en Irán ha intensificado un debate que ya estaba latente. El aumento de precios y los beneficios en ciertos sectores generan una presión política comprensible. Pero la economía no puede responder a esa presión con soluciones simplistas.
Los datos muestran que estamos ante un shock global de oferta, con efectos profundos sobre inflación, crecimiento y estabilidad financiera. En este contexto, introducir impuestos extraordinarios sobre sectores clave puede agravar los problemas: menos inversión, mayor incertidumbre, precios aún más altos y menor crecimiento.
Porque en política económica, responder a la urgencia sin evaluar las consecuencias suele agravar el problema que se pretendía resolver. Y, en este caso, lo importante no es gravar más, sino garantizar que la economía tenga los incentivos adecuados para adaptarse a un entorno cada vez más incierto.
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