En la
conferencia por el centenario del Banco de México, Pablo Hernández de Cos, director general del Banco de Pagos Internacionales y anteriormente gobernador del Banco de España, subrayó que la credibilidad de un banco central descansa sobre tres pilares institucionales:
un mandato claro de estabilidad de precios, independencia institucional y rendición de cuentas. Esa arquitectura ha permitido sostener la confianza en la moneda y dotar a los bancos centrales de credibilidad para controlar la inflación, en media, de manera sostenida a lo largo del tiempo.
En Washington, esos pilares se encuentran bajo una presión inédita. Durante este segundo mandato, Trump ha convertido a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal (Fed) —nombrado por el mismo Trump en 2017— en blanco constante de insultos y burlas, acusándolo de incompetente por no bajar los tipos de interés con la rapidez que él exige y a pesar de no tener evidencia empírica que respalde esa decisión.
En discursos y redes sociales, ha ridiculizado de forma reiterada al presidente de la Fed, poniendo en cuestión su capacidad de gestión y su autonomía.
Pero el asalto a la Fed no se ha detenido ahí. La embestida ha alcanzado su punto más álgido con el intento de destitución de
Lisa Cook, una reputada economista designada por Joe Biden para ocupar un asiento en la Junta de la Reserva Federal en 2022. Trump ha exigido su renuncia tras acusaciones de fraude hipotecario que Cook rechaza por ser infundadas y estar políticamente motivadas. Pocos días después, ha anunciado su
destitución,
a pesar de que la legislación solo contempla el despido de un gobernador por causa justificada y mediante un procedimiento formal. Cook ha decidido impugnar la decisión en los tribunales y el Departamento de Justicia ha abierto una investigación preliminar, situando a la Reserva Federal en el centro de una tormenta política y legal sin precedentes.
El resultado es un asalto político a la institución más influyente del sistema financiero global,
con implicaciones que trascienden la coyuntura estadounidense. El último bastión independiente de Estados Unidos está a punto de caer.
"Desde su creación en 1913, la Reserva Federal ha sido objeto de críticas, pero rara vez había afrontado una ofensiva política tan directa"
Desde su creación en 1913, la Reserva Federal ha sido objeto de críticas, pero rara vez había afrontado una ofensiva política tan directa. Ni siquiera en los años de Richard Nixon, cuando la Casa Blanca presionaba a Arthur Burns, se llegó a plantear una destitución abierta y pública de un gobernador en funciones.
El objetivo de Trump es claro y peligroso: someter a la Reserva Federal a sus prioridades políticas y electorales. La presión para forzar recortes de tipos de interés responde, según el presidente de EE. UU., tanto a la necesidad de abaratar el crédito y estimular la economía en el corto plazo como al interés de reducir el enorme coste en intereses de la deuda pública norteamericana. Pero este análisis simplista no es más que un razonamiento parcial y sesgado que omite las dinámicas propias de un equilibrio general, y, además, obvia el coste de dinamitar la independencia de la política monetaria. Una reducción forzada de los tipos de interés puede generar desequilibrios intertemporales:
el alivio inmediato en la carga de intereses de la deuda pública se compensa con un aumento en las expectativas de inflación (sin contar el impacto de los aranceles), un encarecimiento de las primas de riesgo y un desplazamiento del ahorro privado hacia activos externos. En términos de equilibrio general, y perdónenme por la simplificación, el intento de abaratar el coste fiscal termina tensionando otras variables —desde la inversión y el consumo hasta la balanza de pagos— y puede desembocar en un tipo de interés de mercado más alto, no más bajo.
Al subordinar la Fed a los intereses de la Casa Blanca, el efecto no es solo económico sino institucional: se erosiona la credibilidad acumulada durante décadas.
En un
artículo previo publicado en este medio ya
se expuso la evidencia empírica que demuestra la importancia de la independencia de los bancos centrales para garantizar la efectividad de la política monetaria. Desde entonces, ha surgido nueva evidencia que refuerza esa conclusión y muestra cómo la presión política puede influir de manera inmediata en las expectativas de los mercados y, en última instancia, en la eficacia de la política monetaria. El trabajo de
Bianchi et al. (2023) lo ilustra con claridad: al analizar las reacciones de los inversores a los mensajes de Donald Trump contra la Fed, encontraron que los mercados ajustaban de forma casi automática sus expectativas de tipos de interés a la baja. Esto significa que
incluso simples declaraciones en redes sociales bastan para que los agentes financieros crean posible un cambio en la trayectoria de la política monetaria. El estudio demuestra que, cuando se percibe que un banco central puede ceder ante la presión política, su capacidad de anclar expectativas se erosiona y la política monetaria pierde credibilidad antes incluso de que se adopte una decisión formal.
Pero quizás el trabajo más revelador es un
documento reciente del profesor T. Drechsel. Utilizando datos históricos que recogen interacciones entre presidentes de EE. UU. y responsables de la Fed
desde 1933, muestra que
la presión política para utilizar políticas monetarias expansivas eleva de forma fuerte y persistente el nivel de precios, sin generar beneficios reales sobre la actividad económica. Además, demuestra que
este tipo de interferencia contribuyó a episodios inflacionarios fuera del célebre caso de Nixon y Arthur Burns, y que se transmite de manera distinta a una bajada convencional de tipos, afectando especialmente a las expectativas de inflación – canal que Trump parece ignorar. Esa misma vulnerabilidad ha sido documentada en un plano más amplio (véase
Binder, 2018)
. A partir de un análisis de 118 bancos centrales entre 2010 y 2018, mostró que alrededor del 10% enfrenta presiones políticas, casi siempre orientadas a forzar políticas más expansivas. Ni siquiera los bancos centrales con mayor independencia legal logran escapar a esta realidad, y el desenlace suele ser una inflación más intensa y persistente.
"La ofensiva contra la Fed no representa únicamente un pulso coyuntural entre la Casa Blanca y su banco central. Es un ataque directo a la arquitectura institucional y a la evidencia empírica"
La ofensiva contra la Fed no representa únicamente un pulso coyuntural entre la Casa Blanca y su banco central. Es un ataque directo a la arquitectura institucional y a la evidencia empírica. La historia demuestra que
cuando la política monetaria se subordina a los intereses inmediatos del poder ejecutivo, el resultado no es un mayor crecimiento ni un alivio fiscal sostenible, sino un deterioro de la credibilidad, un repunte en las expectativas de inflación y, en última instancia, un mayor coste de financiamiento para toda la economía. La erosión de la independencia de la Fed amenaza con desatar efectos que trascienden las fronteras de Estados Unidos: en un sistema financiero global interconectado, cualquier fractura en la confianza hacia el banco central más influyente del mundo puede amplificar la volatilidad internacional y acelerar desequilibrios ya presentes en otras economías. Defender la autonomía de la Reserva Federal, último bastión independiente en los Estados Unidos actuales, no es un capricho tecnocrático, sino una condición indispensable para preservar la estabilidad financiera y el orden económico global.