Desde el centro social-liberal hasta las izquierdas hay un vacío de políticas o propuestas ante los impactos en la sociedad de la revolución tecnológica multidimensional en curso, pese a su inmenso alcance. Hasta ahora, la respuesta se limita a la defensa o protección de los usuarios (incluidos los adolescentes), más que como ciudadanos o trabajadores. En la derecha actual tampoco las busquen: no existen. Parece no necesitarlas, aunque en su seno haya grandes dudas. Carecer de este enfoque puede deparar consecuencias muy negativas.
¿Qué respuestas políticas faltan ante el impacto laboral de la inteligencia artificial en Europa?
Una parte del atractivo electoral de Trump fue sus guiños a la clase media y trabajadora castigada en sus empleos y salarios por la globalización y la automatización. Era la base natural del Partido Demócrata, que la desatendió. Por algo después de Obama llegó Trump. Una lección que no se aprendió.
Aunque no era su tema, resulta significativo que, por ejemplo, el famoso informe de Mario Draghi de 2024 sobre El futuro de la competitividad europea, o su
reciente discurso en Lovaina, solo mencionen, sin profundizar, la necesidad de "preservar" la "inclusión social", uno de los elementos definitorios del modelo europeo.
Solo alude a la recualificación para las nuevas tecnologías de los desplazados, o rebajados, del mercado de trabajo. Su foco es la imprecisa pero imperiosa necesidad de impulsar la competitividad y el crecimiento. Lo mismo ocurre con el Informe Letta —
Mucho más que un mercado—.
"Aunque el impacto social de la inteligencia artificial sea aún incierto, ya ha comenzado, y va a ser profundo. No solo en empleos o tareas, sino en la manera de trabajar y en la jornada laboral"
A pesar de que el impacto social de la inteligencia artificial (IA) sea aún incierto, ya ha comenzado, y va a ser profundo. No únicamente en empleos o tareas, sino en la manera de trabajar y en la jornada laboral. Urge un Informe Beveridge (1942) a escala europea para los tiempos de la IA, como el que impulsó el Estado de bienestar británico —y por extensión el de otras democracias europeas— después de la Segunda Guerra Mundial.
No para "preservar" ese estado, sino para adaptarlo a las nuevas realidades, necesidades y posibilidades.
¿Por qué un "Informe Beveridge para la IA" podría actualizar el Estado de bienestar europeo?
Responsables empresariales hablan cada vez más abiertamente del impacto que las nuevas tecnologías, en particular los desarrollos recientes y en curso de la IA, están teniendo y van a tener sobre el trabajo, el empleo, al menos sobre las tareas. Ya lo hemos tratado. Baste citar, como ejemplo, a
Geoffrey Hinton, uno de los
padrinos de la actual IA, cuando dice que
"está claro que muchos puestos de trabajo van a desaparecer: no está claro que se vayan a crear muchos puestos de trabajo para sustituirlos". Y si se crean —se están creando—, no serán —no están siendo— los mismos los que salen que los que entran en este mercado.
Esta tendencia empezó mucho antes de ChatGPT y otras IA generativas, solo que los últimos avances tecnológicos la están potenciando aún más.
Nos puede llevar, al menos durante unos lustros de transición, a una cantidad importante de trabajadores "sobrantes", muchos de clases medias. O cuando menos a su desclasamiento. Cualquiera puede constatar en su derredor esto, en el vacío de los bancos, la criba en bufetes de abogados o en el personal de tierra en los aeropuertos, por citar tres ejemplos visibles que afectan directamente a las clases medias.
Se han tomado medidas que pretenden defender a los usuarios de las enormes tecnológicas, pero hasta ahora hay pocas políticas en el ámbito de los derechos sociales y del trabajo, salvo la defensa de los riders o repartidores. La
Carta de Derechos Digitales que lanzó el Gobierno español en 2021, o la similar
Declaración Europea sobre Derechos y Principios Digitales, además de carecer de efectividad, no solo se han quedado cortas en la cuestión social, sino que se confeccionaron antes de la explosión de las inteligencias artificiales generativas basadas en grandes modelos de lenguaje.
"Es necesario preparar para el futuro a la gente que ya está en el mercado laboral, o incluso a los que se están graduando, cuya suerte empieza a preocupar"
Cabría esperar que los partidos políticos se metan más en estos temas en sus programas electorales, cosa que no hicieron anteriormente. Hay algunos estudiosos y centros que sí se esfuerzan en poner sobre la mesa propuestas para paliar el impacto social de la revolución tecnológica. En un libro reciente, Cómo termina el progreso: tecnología, innovación y el destino de las naciones, Carl Benedikt Frey, del Oxford Internet Institute,
considera la necesidad de adaptar las instituciones a estos desafíos, pues configuran los incentivos y las relaciones de poder para la innovación. El
statu quo es ficticio cuando todo está cambiando, y el no hacer nada, o ponerle puertas al campo, lleva a un retroceso.
Desde UGT, José Varela Ferrio, reclama "planes de recualificación masiva, construcción de rentas mínimas y reformas estructurales en el ámbito laboral y económico", ante los despidos por "causas tecnológicas".
Es necesario preparar para el futuro a la gente que ya está en el mercado laboral, o incluso a los que se están graduando, cuya suerte empieza a preocupar.
Claro que todo eso, entre otros ejemplos, habría que financiarlo. Desde la Khan Academy que fundó (y que proclamaba que los alumnos debían recibir sus lecciones online e ir a clase para hacer los deberes),
Sal Khan propone que las tecnológicas cedan el 1% de sus beneficios a un fondo independiente que se dedicara a invertir en formación. En el debate en curso en el mundo anglosajón se plantea cómo repartir con la gente los inmensos beneficios —o aumento de su valor en bolsa incluso sin beneficios— de algunas empresas de tecnología, especialmente de IA.
Es una lucha contra la plutocracia de las big tech.
La externalización a algoritmos de decisiones laborales en empresas que pone de relieve Luz Rodríguez plantea nuevos problemas. En su último libro, esta catedrática del Derecho del Trabajo
propone estudiar que los trabajadores, en las plataformas o, por extensión, todos los afectados por la tecnología, reciban compensación por los datos que generan y que las empresas para las que trabajan explotan para beneficios económicos. Algo que, desde la ficción,
hemos anticipado.
"Pese a la indudable dificultad, si no se hace nada para frenar o compensar estos efectos, pueden ganar terreno movimientos como el trumpismo"
Michael Mazarr, desde la RAND, sostiene que
el éxito no solo consiste en lograr una ventaja tecnológica, sino en gestionar el impacto de la IA como fenómeno social. Junto a medidas para desarrollar la competencia y fomentar la concienciación y las habilidades sobre la IA, propone apoyar las aplicaciones de inteligencia artificial que amplíen las oportunidades en toda la sociedad.
Es necesario alinear la IA con las necesidades humanas. Ahora bien, no son solo programas o software, sino que, como señala un
informe de Barclays,
"la próxima frontera de la IA es física: los robots humanoides —robots con forma humana— están saliendo de los laboratorios y entrando en el mundo real". La idea de gravar a los robots (¿a sus empresas?) vuelve a resurgir.
Pese a la indudable dificultad, si no se hace nada para frenar o compensar estos efectos, pueden ganar terreno movimientos como el trumpismo. O generarse una o diversas olas de ludismo, antimáquinas, anti-IA. ¿Quiénes van a acabar enarbolando esta bandera? Pues algunos lo harán. Como señala Michelle Goldberg en EE. UU.,
las actitudes hacia la tecnología no siguen las líneas de demarcación de los partidos, pese al apoyo incondicional de Trump a la IA y a su falta de regulación. También puede pasar en Europa.
O algo peor: que los ciudadanos acaben prefiriendo, pese a todos, ser gobernados por IA que por políticos. Ya en 1964, en su Summa Technologiae, Stanislaw Lem previno contra los peligros de lo que llamó electrocracia.
Para que la izquierda liberal recupere el apoyo de las clases medias y trabajadoras y refuerce la democracia sobre la base de una "prosperidad compartida", el ya citado Nobel de Economía Daron Acemoglu cree que es necesario concentrarse en productividad, trabajo y salarios, impulsando una "IA protrabajadores", aunque no explica bien cómo, cuando las empresas van en otra dirección.
"La socialdemocracia no tendrá futuro si no ve estos problemas y aporta respuestas. Es hora de reflexionar sobre cómo la tecnología puede socavar, o reforzar, las políticas de solidaridad plasmadas en el Estado de bienestar"
Más allá de la ineludible dimensión industrial, que finalmente avanza en Europa, la izquierda y el centro tienen que dar respuestas a la enormidad del desafío. La derecha, extremada, parece no necesitarlo en nombre del vasallaje incondicional a Washington, la libertad de empresa tecnológica y del poder de los tecnoseñores, pese a que afecta de lleno a la vida de todos. La socialdemocracia no tendrá futuro si no ve estos problemas y aporta respuestas. Es hora de reflexionar sobre cómo la tecnología puede socavar, o reforzar, las políticas de solidaridad plasmadas en el Estado de bienestar, que es uno de los grandes inventos políticos, en erosión desde hace años. Con propuestas políticas concretas. Para actuar a nivel nacional, europeo o incluso global. Ni siquiera la Comisión Europea ha entrado de lleno en esta temática, a pesar de proponer un Pacto sobre la IA para la aplicación de la ley sobre esta tecnología.
Empecemos con un "Informe Beveridge para la IA" a escala europea y adaptado a los nuevos desafíos. Dicho informe, oficialmente Seguridad social y servicios afines,
fue encargado en plena Guerra Mundial por el Gobierno británico de concentración al economista liberal William Beveridge, que lo redactó junto a su mujer, la matemática Janet Philip, hábil en su difusión por las entonces no digitales redes sociales.
Eso sí fue prospectiva. No esperemos a que los efectos de la IA se hayan plenamente producido.
Beveridge propuso reformas en el sistema público existente entonces de bienestar social para abordar lo que llamó los "cinco grandes males" en el camino de la prevista reconstrucción: la necesidad, la enfermedad, la ignorancia, la miseria y la ociosidad. Cinco males que, con otros parámetros y desde otros niveles vitales, siguen ahí en nuestras sociedades tecnotrónicas. Un nuevo Informe Beveridge debería abordar, como poco, el impacto de la IA y la automatización en el empleo, en las condiciones de trabajo y en la financiación de un sistema de bienestar aún más necesario para todos y especialmente para los sobrantes.
Sin olvidar el impacto de los avances en las ciencias biológicas en las que no hemos entrado, que puede aportar más bienestar y también más desigualdad. La revolución no solo es inevitable, sino que está ya en curso. No sigamos metiéndonos en ella a ciegas. No hay otra opción.