Un año después de que Donald Trump asumiese el cargo de presidente y entrase de nuevo en la Casa Blanca, la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de
su Administración ha constatado el profundo cambio del orden internacional en el que estamos inmersos.
Este documento, que define los intereses fundamentales del país y cómo se alcanzarán en los próximos años, ha puesto de manifiesto tres cambios fundamentales en la visión estratégica de Estados Unidos.
¿Qué es el corolario de Trump y el fin del orden liberal?
En primer lugar, Estados Unidos aboga por un mundo multipolar, dividido en esferas de poder. Este mundo estará dividido en esferas de poder y Washington pretende controlar el hemisferio occidental del planeta mediante la aplicación del denominado corolario de Trump, una adaptación de la Doctrina Monroe a nuestros tiempos.
Esto implica que Washington adopta una lógica de repliegue y se configura como una potencia hemisferista, con el objetivo de impedir que otras potencias desplieguen fuerzas, capacidades militares o adquieran activos estratégicos en la región. Esta nueva doctrina se presenta como una forma de reafirmar el poder estadounidense y su primacía regional, especialmente frente al avance de potencias como China o Rusia.
En segundo lugar, tanto la región del Indopacífico como Oriente Medio se consideran fundamentalmente espacios de los que obtener suministros estratégicos, y este es el interés principal de la Administración Trump en ambas regiones.
"Se sostiene que Europa debe corregir su trayectoria política y se señala que Washington apoyará a los «partidos patrióticos de ultraderecha»"
Si bien es cierto que China aparece identificada como el principal competidor estratégico de Washington a largo plazo, el enfoque para contener al gigante asiático es totalmente distinto al utilizado con la URSS. Frente a la lógica de alianzas multilaterales fuertes de la Guerra Fría, se impone el enfoque transaccional y de reparto entre grandes potencias.
En tercer lugar, Estados Unidos sigue considerando a Europa como una región estratégica y "culturalmente vital", y el comercio transatlántico es esencial para la prosperidad estadounidense. No obstante, se sostiene que Europa debe corregir su trayectoria política y se señala que Washington apoyará a los "partidos patrióticos de ultraderecha". Esa posición supondría una injerencia directa en la política interna de los Estados miembros de la Unión Europea.
En este proceso de "corrección" de la trayectoria europea, Washington critica abiertamente a la UE, acusándola de censurar la libertad política y la libertad de expresión. Incluso llega a hablar de represión política y de fomentar un supuesto "borrado civilizacional".
Asimismo, en el marco de este sistema de esferas de influencia, la Estrategia plantea la necesidad de alcanzar una estabilidad estratégica con Rusia y de evitar que ningún poder adversario domine Europa. En definitiva, lo que se desprende de este planteamiento es la visión de una Europa convertida en una región vasalla de Washington.
Un baño de realidad para los europeos es lo que ha supuesto la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional. Del análisis se desprende que el único vínculo sólido que plantea la Administración Trump es con la derecha radical. También podemos confirmar la tesis de J. D. Vance y cómo se ha materializado su ya célebre discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich.
Cabe señalar que dentro de la Administración Trump existía una pugna entre dos visiones estratégicas del mundo. Por un lado, Marco Rubio pertenece a la facción conocida como los primacists, que apuestan por el liderazgo global estadounidense y por una amplia presencia militar en el mundo, exigiendo a los aliados un mayor esfuerzo y contribución.
Por otro lado, J. D. Vance y los denominados restrainers que finalmente se han impuesto. Esta corriente defiende
el fortalecimiento del ámbito nacional y una mayor moderación tanto en la intervención en asuntos internacionales como en el uso de la fuerza en el extranjero en regiones que no sean críticas para Washington.
"Vivimos en un nuevo mundo donde hemos dejado atrás el orden liberal basado en reglas. Los próximos cinco a diez años serán determinantes para definir qué tipo de orden mundial se consolidará"
Debemos ser conscientes de que vivimos en un nuevo mundo. Un mundo de desorden, donde hemos dejado atrás el orden liberal basado en reglas que se instauró tras la Segunda Guerra Mundial y del que Estados Unidos fue su principal arquitecto. Si miramos atrás en el tiempo, los puntos de inflexión en la estructura global se dan cada veinte o treinta años: Primera Guerra Mundial (veinte años), Segunda Guerra Mundial (cuarenta años), Guerra Fría (treinta años). Por eso, los próximos cinco a diez años serán determinantes para definir qué tipo de orden mundial se consolidará.
Multipolaridad frente a multilateralismo: dos escenarios de futuro
Alexander Stubb, presidente de Finlandia, realiza un análisis magnífico en su último artículo en Foreign Affairs, donde expone
las dos grandes alternativas del mundo hacia el que nos dirigimos. Por un lado, un mundo basado en la multipolaridad, con esferas de interés, caos y conflictos. Donde se configure un
oligopolio del poder, en el que superpotencias y potencias regionales establezcan acuerdos
dejando fuera del tablero al resto de países, sin voz ni voto.
Este modelo, aunque pueda parecer en un inicio más inclusivo por representar a más actores, es profundamente excluyente y tiende a generar tensiones constantes por el choque de intereses entre potencias. Es un mundo donde la cooperación deja paso a la competencia, que irremediablemente conduce en algún momento al conflicto.
Por otro lado, un mundo multilateral, en el que los países utilicen las instituciones globales para cooperar y se rijan por reglas comunes aplicables a todos, independientemente de su tamaño, población o capacidad económica. Este enfoque es indispensable para afrontar los grandes desafíos de la humanidad, como el cambio climático, la regulación de la inteligencia artificial o la reducción de la desigualdad.
Este es, sin lugar a dudas, el camino que debe apoyar la socialdemocracia, tanto en Europa como en España. Y para recorrer esta senda hacia un mundo multilateral es imprescindible una reflexión profunda sobre el Estado de bienestar y la necesidad de reforzarlo frente a los nuevos desafíos.
"Dentro de este nuevo Estado de bienestar que debe asegurar nuestra autonomía económica, financiera y militar debe existir una apuesta decidida por una política de defensa"
Reformas que nos permitan contar con estados del bienestar mucho más resilientes, capaces de aprovechar las oportunidades de nuestro tiempo y de proteger a la ciudadanía frente a impactos inesperados. Reformas que garanticen que las personas puedan llevar vidas autónomas, plenas y seguras en un entorno líquido. Reformas que hagan que la ciudadanía se sienta partícipe, agente del cambio, y pueda comprobar cómo las políticas públicas mejoran de forma tangible su vida cotidiana.
Y, sin duda, dentro de este nuevo Estado de bienestar que debe asegurar nuestra autonomía económica, financiera y militar debe existir una apuesta decidida por una política de defensa. Es necesario explicar que la defensa forma parte de nuestro propio Estado de bienestar y es condición indispensable para su preservación. Porque sin una transformación en la visión de la defensa no será posible proteger los valores ilustrados que representan tanto Europa como España.
¿Puede Europa defenderse sola sin el apoyo de Estados Unidos?
Esta transformación no parte de una posición belicista ni busca militarizar la política o las relaciones exteriores, sino alcanzar las capacidades necesarias para respaldar la fuerza de nuestras ideas frente a quienes pretenden imponer un mundo más oscuro y vacío de libertades.
Como punto de inicio de esta transformación, conviene tomar como referencia el informe del CSIS, How Europe Can Defend Itself with Less America, en el que se analiza cómo
una retirada de las capacidades defensivas estadounidenses dejaría a Europa gravemente limitada desde el punto de vista militar.
"El verdadero salto cualitativo pasa por la creación de una fuerza militar europea permanente, preparada para desplegarse con rapidez y realmente integrada en términos operativos"
En este sentido, la clave no reside exclusivamente en el porcentaje del PIB destinado a defensa. Los países europeos ya invierten cantidades significativas, pero lo hacen de forma fragmentada, descoordinada y sin una dirección común que permita converger hacia un escenario en el que Estados Unidos deje de ser el garante último de la seguridad europea. De hecho, en el informe se realiza una comparativa muy visual en este aspecto. Un simple aumento del gasto en defensa, manteniendo la senda actual, puede generar una sensación de seguridad ficticia, comparable a una línea Maginot moderna: costosa, políticamente tranquilizadora, pero estratégicamente insuficiente.
El verdadero salto cualitativo pasa por la creación de una fuerza militar europea permanente, preparada para desplegarse con rapidez y realmente integrada en términos operativos, de mando y de doctrina. Se trataría del embrión de un auténtico ejército europeo, más allá de las actuales fórmulas.
En esta línea, ya en su momento, Josep Borrell propuso la creación de una Capacidad de Despliegue Rápido, es decir, una fuerza de hasta 5.000 efectivos que permitiese a la UE actuar en momentos de respuesta inicial en crisis. A ello debe sumarse una política decidida de compras conjuntas a gran escala y el fortalecimiento de la industria de defensa europea en capacidades críticas como el transporte aéreo estratégico, los sistemas de mando y control, la inteligencia, y los satélites. Estas áreas son esenciales para la autonomía estratégica y actualmente dependen en gran medida de capacidades externas.
El comisario europeo de defensa, Andrius Kubilius, se ha mostrado cada vez más explícito en la necesidad de avanzar hacia una verdadera preparación defensiva europea, articulada en torno a tres pilares que coinciden plenamente con las conclusiones del informe del CSIS: preparación material, preparación institucional y preparación política.
Y es precisamente en la voluntad política donde se encuentra la clave de bóveda de todo el proyecto y donde los partidos socialdemócratas deben ejercer una presión clara y decidida para que Europa asuma el camino de la autonomía estratégica.
La Tercera Fuerza: una lección histórica para la socialdemocracia
Merece la pena mirar atrás y situarnos en otro punto de inflexión histórico, cuando un gobierno laborista, encabezado por Clement Attlee en 1945, tuvo que enfrentarse a la construcción de un nuevo orden internacional en el que el Reino Unido corría el riesgo de quedar desplazado. En los primeros años de aquel Gobierno, Ernest Bevin, secretario de Asuntos Exteriores, planteó una idea político-estratégica conocida como la
Third Force (Tercera Fuerza). En ella sostenía que las fuerzas totalitarias o imperialistas de la época no podían ser apaciguadas, sino que debían ser confrontadas de manera firme y organizada.
Su apuesta consistía en la creación de un tercer polo de poder que estuviese a la altura de Estados Unidos y de la Unión Soviética, evitando que Europa quedara a merced de cualquiera de las dos superpotencias. Para ello, Bevin consideraba imprescindible movilizar de forma coordinada las capacidades económicas, políticas e ideológicas en torno a ese desafío común.
"Esta idea de la Tercera Fuerza puede servir hoy como punto de partida para los partidos socialdemócratas ante el mundo al que nos dirigimos"
Él defendía que era el deber de los europeos, y especialmente de los partidos socialdemócratas, liderar el debate en la esfera ideológica, política y moral dentro de las democracias de Europa occidental. Estos debían articular un proyecto claramente progresista y reformista, comprometido con la libertad, la planificación económica y la justicia social.
En definitiva, se trataba de ofrecer un contraste nítido entre el totalitarismo y el imperialismo, el laissez-faire capitalista, y las ideas progresistas y socialdemócratas como el mejor modelo de vida para las sociedades. Esta idea de la Tercera Fuerza puede servir hoy como punto de partida para los partidos socialdemócratas ante el mundo al que nos dirigimos, un contexto en el que se enfrentan a
dos deberes fundamentales.
El primero es volver a ser una fuerza ideológica transformadora, innovadora y moral capaz de ofrecer un horizonte de sentido, de articular un proyecto reconocible y de disputar el liderazgo intelectual del debate público. Porque, si se quiere preservar la seguridad y la paz a través de un proyecto autónomo, no basta con movilizar capacidades materiales y económicas:
también es imprescindible movilizar las capacidades morales, generar la confianza y la energía necesarias para inspirar respeto y prudencia en los demás actores internacionales.
El segundo deber consiste en explicar con claridad a la ciudadanía las opciones existentes: un mundo de multipolaridad y vasallaje, o un mundo de multilateralismo y autonomía estratégica. Si esta pedagogía no se lleva a cabo, si no se hace partícipe a la ciudadanía de estas decisiones y no se construye un marco de debate sólido desde la izquierda,
los términos del debate serán impuestos por fuerzas políticas procedentes del otro lado del Atlántico y por sus aliados ideológicos en Europa.
Los próximos años van a ser clave para conformar el mundo y cuál va a ser el papel de Europa y España en el mismo. El papel de la socialdemocracia es insustituible como elemento transformador y articulador de un proyecto en el que un Estado de bienestar reformado combine seguridad y justicia social, defensa y democracia, capacidad material junto con liderazgo moral.
El reto, por tanto, no es únicamente responder a un mundo más inseguro, sino decidir qué tipo de Europa queremos ser en él. Porque al final, la defensa de la paz, de la libertad y de la dignidad humana no puede delegarse indefinidamente en otros: debe ser asumida como una tarea propia, colectiva y profundamente política.