Lunes, 27 de julio de 2026
INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Elon Musk predice un mundo sin trabajo, sin dinero y sin pobreza. Pero, ¿cómo?

"Dentro de diez o veinte años trabajar será opcional, el dinero habrá perdido su valor y la pobreza habrá desaparecido". La economista Ángela Sánchez busca la lógica tras estas declaraciones del magnate estadounidense Elon Musk. Aunque reconoce los avances importantes de la IA, "conviene bajar el entusiasmo" en los potenciales efectos sobre la pobreza que augura el dueño de Tesla. "Sin precios ni salarios, también perdemos referencias claras para percibir desigualdades", asegura.

Ángela Sánchez Ángela Sánchez 10 de febrero de 2026
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Elon Musk, dueño de Tesla, frente al presidente estadounidense, Donald Trump, en el Foro de Inversión EE. UU.-Arabia Saudí. | Casa Blanca
Elon Musk, dueño de Tesla, frente al presidente estadounidense, Donald Trump, en el Foro de Inversión EE. UU.-Arabia Saudí. | Casa Blanca
Durante el Foro de Inversión EE. UU.-Arabia Saudí (US-Saudi Investment Forum) el pasado noviembre, Elon Musk lanzó una visión del futuro muy provocadora: dentro de diez o veinte años trabajar será opcional, el dinero habrá perdido su valor y la pobreza habrá desaparecido.

Sin embargo, no explicó cómo llegaríamos a ese mundo, qué supuestos lo sostienen ni qué riesgos implica. Y quizá ahí está lo interesante. Más que tomarlas como predicciones, estas afirmaciones funcionan como relatos sobre cómo imaginamos el progreso, el comportamiento humano y el poder cuando la tecnología lo cambia todo.

¿De verdad desaparecería la pobreza?

La idea de fondo es sencilla: si la inteligencia artificial y la robótica hacen la producción casi infinita, los bienes básicos serían prácticamente gratuitos y el viejo problema económico —la escasez— dejaría de ser central. Pero aquí conviene bajar el entusiasmo.

Desde la economía del comportamiento sabemos que cuando la escasez material se reduce, la competencia no desaparece: cambia de forma. Dejamos de competir por comida o energía y empezamos a hacerlo por estatus, influencia, reconocimiento o capacidad de decisión. La abundancia no elimina el conflicto; lo desplaza a terrenos menos visibles.

"Como sostuvo el historiador Yuval Noah Harari en Davos, el impacto real de la inteligencia artificial debería pensarse a doscientos años vista, no en décadas"
El historiador Yuval Noah Harari lo ha advertido en varias ocasiones, también en el Foro Económico Mundial de este mismo año: el impacto real de la inteligencia artificial debería pensarse a doscientos años vista, no en décadas. El problema, dice, no es únicamente tecnológico: también pesa nuestra tendencia a ignorar sus efectos sociales y políticos a largo plazo. En economía, a este sesgo lo llamamos miopía temporal: priorizar beneficios a corto plazo frente a la seguridad y las consecuencias a largo plazo.

¿Y un mundo sin dinero?

Harari recuerda algo que suele olvidarse en estos discursos utópicos: el dinero no funciona solo como señal de precio; también es una herramienta de fiabilidad y coordinación, y su desaparición tendría implicaciones profundas en cómo las personas toman decisiones bajo incertidumbre.

El dinero permite que millones de desconocidos cooperen sin conocerse. Si la inteligencia artificial empieza a tomar decisiones financieras complejas sin supervisión humana, lo que está en juego va más allá de la eficiencia: es la confianza que sostiene el sistema.

Imaginar un mundo donde "el dinero ya no importa" sin explicar cómo se mantiene esa confianza es pasar por alto un pilar básico de la vida económica. Hoy, alguien decide emprender o colaborar en un proyecto porque espera que ese esfuerzo tenga un retorno reconocible. En un mundo sin dinero, ese retorno podría depender de evaluaciones algorítmicas y digitales o de criterios que el individuo no controla ni comprende. Ante esa incertidumbre, muchas personas pueden cooperar menos por prudencia, no por egoísmo.

En definitiva, las decisiones pasarían a depender de normas difusas y criterios poco transparentes. Pensemos, por ejemplo, en el acceso a la vivienda o a determinados servicios básicos. Si ya no hay precios ni salarios, ¿quién decide quién accede antes, en qué condiciones y con qué criterios?

¿Y si trabajar deja de ser obligatorio?

Para que el trabajo sea opcional, alguien tiene que garantizar el acceso a recursos: renta básica, provisión pública o plataformas privadas. Pero el trabajo no es solo una fuente de ingresos. Da estructura al tiempo, identidad social y sentido de pertenencia. Si desaparece como norma, habrá que inventar instituciones que sustituyan esos anclajes psicológicos. Cubrir necesidades materiales no basta; hay que cubrir también motivación y vínculo social.

El verdadero riesgo

La historia de las grandes transiciones tecnológicas deja una advertencia clara: la automatización no elimina los conflictos sociales, solo los desplaza. Cuando producir deja de ser el problema central, el poder se concentra en quien controla la información, los sistemas y su coordinación. El riesgo no es quedarnos sin bienes; es convertirnos en seres dependientes de infraestructuras que no entendemos ni gobernamos.

"Cuando las personas no perciben que lo que hacen tiene efectos reales, se debilitan la cooperación y, con el tiempo, la confianza social"
En ese escenario, la desigualdad no desaparece: deja de medirse en ingresos y pasa a expresarse en influencia y capacidad real de participar en las decisiones. Desde el punto de vista conductual, uno de los mayores peligros es la desconexión entre decisiones y consecuencias. Cuando las personas no perciben que lo que hacen tiene efectos reales, se debilitan la cooperación y, con el tiempo, la confianza social.

Además, si esa automatización está controlada por unas pocas empresas, Estados o fondos soberanos, la desaparición del dinero no elimina el poder económico: lo concentra y lo vuelve menos visible. Sin precios ni salarios, también perdemos referencias claras para percibir desigualdades.

Al final, la pregunta importante no es si este mundo es técnicamente posible; es qué tipo de arquitectura institucional, psicológica y política necesitaría para no convertirse en una distopía.

¿Cómo preservamos la confianza sin dinero tal como lo conocemos? ¿Cómo hacemos que la automatización no solo cubra necesidades básicas, sino que refuerce la voz y la participación de la ciudadanía? ¿Y qué mecanismos necesitamos para evitar concentraciones de poder?
Ángela Sánchez
Ángela Sánchez
Profesora e investigadora en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid
Doctorada en Economía y Empresa, Ángela obtuvo su licenciatura en Economía (Universidad de Granada) y sus cursos de doctorado y MsC en Behavioural Economics and Finance en University of Exeter Business School (UK). También obtuvo previamente un Máster en Auditoría y Contabilidad (Universidad CEU San Pablo). Su investigación científica se centra en la economía del comportamiento con publicaciones en revistas como 'Journal of Economics Behaviour and Organization' y 'European Economic Review'. En particular, su investigación experimental se relaciona con las diferencias de género, discriminación y negociación dentro del mercado laboral, incentivos caritativos empresariales, hábitos alimenticios y programas de acciones afirmativas empresariales.
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