El actual sistema de la Unión Europea (UE) es un híbrido de tipo confederal que ni se disuelve ni culmina su integración en sentido explícitamente federal y esto es así porque, de momento, sus Estados miembros ni quieren ni pueden ir mucho más allá de lo que hoy aquella es. En su momento, lo vio con perspicacia Henry Kissinger: "La Unión Europea es un híbrido situado en algún punto intermedio entre el Estado y la confederación, que se mantiene unido gracias a las reuniones entre ministros y a una burocracia común […]. En su política exterior representa unos ideales universales sin disponer de los medios para hacer que se respeten, así como una identidad cosmopolita en conflicto con las lealtades nacionales", explicó. En consecuencia, la UE es un gigante económico (relativo, pues no culmina su integración económica, financiera y fiscal), un enano político (por su fragmentación interna en veintisiete soberanías cada vez menos relevantes y por la paralizadora regla de la unanimidad en cuestiones clave) y un gusano militar (depende de Estados Unidos, a quien le compra las armas más avanzadas).
"La UE paga el precio de no ser un Estado en un mundo dominado por Estados Unidos, China y, en bastante menor medida, Rusia e incluso la India"
La UE no le saca jugo al 7/25/50: con tan solo el 7% de la población mundial (y bajando), tiene el 25% del PIB global (aunque se va reduciendo) y representa nada menos que el 50% del gasto social mundial (pese a los recortes del Estado del bienestar). Europa ha cometido diversos errores al haber externalizado su seguridad energética a Rusia (hasta la guerra de Ucrania), depender casi totalmente en defensa de Estados Unidos y haber cedido la capacidad de fabricación masiva a China. No obstante, los dirigentes políticos de la UE suelen afirmar (retóricamente) que tal entidad supranacional aspira a ser uno de los grandes actores geoestratégicos mundiales. Pues bien, al margen de que muchos de sus actos no se corresponden con tal declaración, con los actuales instrumentos que tiene tal opción es irrealizable, pues no se le puede pedir lo que no puede dar. En efecto, la UE tiene carencias objetivas que le impiden ser potencia internacional: el poder blando es ya totalmente insuficiente, sus regulaciones, que han tenido relieve mundial, ya no son tan efectivas en tiempos trumpistas y su
disfuncional sistema institucional y de toma de decisiones hace imposible el deseo de ser un actor geoestratégico mundial relevante. Es decir, la UE paga el precio de no ser un Estado en un mundo dominado por Estados Unidos, China y, en bastante menor medida, Rusia e incluso la India.
Dado el peso económico de Alemania, su responsabilidad en la parálisis de la UE es elevada: su obsesión por rechazar los eurobonos permanentes será cada vez más insostenible, aunque es cierto que los eurobonos sectoriales temporales (COVID-19 y defensa) han roto un tabú, por no dejar de mencionar su claudicación ante Donald Trump y Benjamín Netanyahu.
Se han convertido en consignas vacías expresiones como "más Europa" o la famosa
ever closer union (preámbulo del Tratado de la UE), de ahí que el paso realmente audaz sería el de
aspirar formalmente a crear los Estados Unidos de Europa (EUE). Si de entrada se renuncia a tal objetivo al reputarlo absolutamente imposible, entonces es inútil seguir haciendo la anterior retórica citada, puesto que con su actual configuración es inviable que la UE pueda ser un actor geoestratégico mundial indiscutible. Se trata de una cuestión estructural y objetiva que va más allá de las eventuales buenas intenciones de los que afirman querer más integración sin concretar jamás el objetivo final.
Los EUE —que abordarían la raíz de la actual impotencia europea— podrían resolver sus carencias, pero es obvio que se trata de un escenario puramente teórico y especulativo que hoy no está ni mucho menos a la orden del día porque la mayoría de las élites y de los ciudadanos no asumen tal objetivo reputado quimérico e incluso disruptivo. Unos eventuales EUE democráticos resolverían de golpe muchas de las incongruencias de la UE: legitimidad popular directa y no tecnocrática y delegativa, división horizontal de poderes clara, reparto federal de competencias, fuerte presupuesto, impuestos europeos, BCE como la Fed estadounidense, europartidos reales, fuerzas armadas integradas y representación única en la ONU, el FMI, el BM, la OMC y otras entidades internacionales. Por descontado, tal horizonte estratégico no se vislumbra, pero si cuajara como claro proyecto de futuro en significativos sectores de las élites y de las opiniones públicas de la mayoría de los países miembros de la UE podría ser factible a largo plazo. Con todo, hay que reconocer que si esta tesis inesperadamente se convirtiera a corto plazo en mayoritaria —y no hay el menor síntoma—, se tardarían bastantes años en ejecutarla.
"Las principales dificultades para la plena federalización política de la UE radican en la existencia de muchos enemigos de la misma"
Las principales dificultades para la plena federalización política de la UE radican en la existencia de muchos enemigos de la misma: 1) externos (Trump, Vladímir Putin) y 2) internos (la amplia colección de nacionalistas, soberanistas e independentistas de diverso tipo que suponen cerca de un tercio de los votantes europeos). Es más, algunos gobiernos de derecha radical (Giorgia Meloni, Viktor Orbán, Andrej Babiš) o de supuesta socialdemocracia que en realidad es nacionalpopulista (Robert Fico), entre otros, son radicalmente contrarios a los EUE.
En resumidas cuentas, los federalistas europeístas saben que hoy son una minoría, pero no deben ceder ante los realistas y han de insistir constantemente en que en un mundo de carnívoros, los herbívoros no tienen futuro, de acuerdo con la metáfora de Josep Borrell, ya que solo los EUE podrían representar un gran contrapeso mundial. Que los EUE sean hoy imposibles no es óbice para seguir propugnando tal objetivo al ser la solución radical toda vez que parece evidente que los europeos vamos a estar cada vez más solos a causa de Trump y que no podemos esperar al centenario de las Comunidades Europeas (¡en 2057!) para ser el famoso actor geoestratégico mundial clave.
En lo inmediato habría que llevar a la práctica íntegramente las recomendaciones de los informes de Enrico Letta y Mario Draghi que, conscientes de que una convención constituyente europea hoy no está en el orden del día, saben que la vía funcionalista, por limitada que sea, es la que permite avances parciales. Finalmente, el argumento de que al no existir un pueblo europeo no cabe el Estado europeo (lo esgrime a menudo Marine Le Pen) es muy parcial porque un planteamiento posnacional y cívico podría ser funcional y el sentido de europeanness se iría forjando.