Donald Trump ha vuelto hoy a Davos por primera vez desde el año 2020 y lo ha hecho en un momento particularmente delicado para el orden internacional. Su intervención llega en un contexto en el que la relación transatlántica atraviesa una transformación más profunda y duradera de lo que durante años quiso admitir Europa. Todo ello acelerado por la puja del mandatario estadounidense para hacerse con Groenlandia.
Desde hace tiempo, Agenda Pública ha sostenido que el trumpismo no es una anomalía pasajera del sistema político estadounidense.
Más bien, se trata de la manifestación explícita de un cambio estructural en la política exterior de Estados Unidos. Como ha señalado el analista político Pablo Andrés Gutiérrez, Washington
ya no actúa simplemente como garante del orden liberal, sino como una potencia que concibe las relaciones internacionales en términos transaccionales, donde los compromisos se mantienen solo mientras resultan útiles para sus intereses inmediatos.
"Más allá de los anuncios concretos, lo relevante es el marco que confirma: una relación con Europa cada vez menos basada en la cooperación entre iguales"
El discurso de Trump en Davos debe leerse a la luz de esta evolución. Más allá de los anuncios concretos, lo relevante es el marco que confirma: una relación con Europa cada vez menos basada en la cooperación entre iguales y más en una lógica jerárquica, en la que Estados Unidos exige alineamiento político y concesiones económicas a cambio de una protección crecientemente condicional. El director y editor de Agenda Pública, Marc López Plana, en su Europea,
ha advertido que
esta dinámica erosiona uno de los supuestos centrales sobre los que se construyó la integración europea: la estabilidad del entorno estratégico proporcionado por el vínculo transatlántico.
Durante un largo periodo, la Unión Europea confió en que el sistema de alianzas y la interdependencia económica bastarían para gestionar las tensiones entre aliados. Sin embargo, esa premisa ha perdido validez. Trump ha demostrado que la interdependencia puede utilizarse como instrumento de presión y que los aranceles, las sanciones o las amenazas comerciales pueden convertirse en herramientas habituales de política exterior.
Este giro ha sido analizado en Agenda Pública a través del concepto de coerción económica. El doctor en Derecho de la Unión Europea Guillermo Íñiguez
ha explicado cómo
el uso deliberado de instrumentos comerciales y financieros para forzar decisiones políticas plantea un desafío directo al derecho internacional y al sistema multilateral. Lo que distingue el momento actual no es solo la extensión de estas prácticas, sino su normalización incluso entre aliados formales.
"Europa ha confundido durante la ausencia de guerra en su territorio con la existencia de paz real, externalizando la mayor parte de su seguridad a Estados Unidos"
El reconocimiento de estos riesgos ha llevado a que la Unión Europea explore herramientas más explícitas de respuesta. Un ejemplo es el mecanismo anticoerción en política comercial, diseñado para ofrecer al bloque una capacidad de reacción coordinada frente a amenazas económicas externas. Según Óscar Guinea, director en ECIPE, un think tank europeo especializado en política comercial, dicho instrumento
no está concebido para la confrontación permanente, sino para
generar incentivos para sentarse a negociar, estableciendo un marco que equilibre la defensa de intereses comerciales con la apertura a soluciones diplomáticas.
Un aspecto estrechamente vinculado ocurre en el terreno de la seguridad. En Pulso en Caracas, presión en Bruselas, Marc López Plana observa que Europa ha confundido durante la ausencia de guerra en su territorio con la existencia de paz real, externalizando la mayor parte de su seguridad a Estados Unidos.
Esa externalización se ha convertido en una vulnerabilidad estratégica ahora que Washington muestra menor disposición a sostener indefinidamente ese papel.
En este escenario, España está doblemente afectada. Como economía abierta y altamente integrada en los flujos globales de comercio, inversión y tecnología, es sensible a la politización del comercio y a las tensiones arancelarias que Trump parece dispuesto a utilizar de forma estratégica. Al mismo tiempo, el país depende de la cohesión europea para tener margen de maniobra. Aquí entra la lectura política doméstica: López Plana destaca que
Pedro Sánchez podría convertir esta crisis global en capital político, proyectando liderazgo frente a los riesgos externos y consolidando su posición dentro de Europa.
Esta posición vulnerable refuerza la idea de que Europa necesita autonomía estratégica. El instrumento anticoerción, la coordinación en defensa y la diplomacia económica permiten que la UE defienda sus intereses sin depender completamente de terceros. Como ha señalado Guillermo Íñiguez, la protección del derecho internacional exige capacidades de poder que la UE ha sido históricamente reacia a desarrollar.
Responder a Trump no implica adoptar su estilo ni su retórica. Europa no ganará influencia imitando una lógica de confrontación permanente. Pero, como advertía Federico Fubini,
una diplomacia basada únicamente en declaraciones resulta insuficiente cuando otros actores utilizan sin reservas los instrumentos del poder económico.
En este contexto, la unidad europea adquiere un valor estratégico central. Trump ha demostrado que su enfoque se apoya en identificar divisiones internas y negociar bilateralmente desde posiciones de fuerza. Cada fisura dentro de la UE amplifica su capacidad de presión. Para España, esto refuerza la necesidad de apostar por soluciones comunes, incluso si implican costes políticos a corto plazo.
"En este proceso de cambio no se debe renunciar a los valores europeos, sino que es preciso dotarse de los medios necesarios para defenderlos"
Davos, tradicionalmente concebido como un espacio de consenso tecnocrático, se convierte este año en un escenario que refleja un cambio de época. No porque Trump vaya a anunciar algo radicalmente nuevo, sino porque su presencia confirma que el equilibrio que durante décadas sostuvo la globalización liberal ha dejado de existir. La apertura económica, el liderazgo estadounidense y el multilateralismo ya no avanzan de la mano.
La cuestión para Europa —y para España— no es si este cambio es deseable. Es un hecho y lo que queda ahora es adaptarse a él. Ignorarlo no lo hará desaparecer. En este proceso de cambio no se debe renunciar a los valores europeos, sino que es preciso dotarse de los medios necesarios para defenderlos. Como se ha subrayado ya en otro análisis, la política económica y de seguridad se han convertido en dimensiones centrales de la política exterior.
La respuesta europea al Trump de Davos se medirá por la coherencia de las decisiones que sigan. Lo cierto es que su discurso no aporta nada nuevo, salvo que líderes europeos han podido escuchar las amenazas del presidente estadounidense en suelo europeo. La Unión aún dispone de margen para actuar como actor relevante en el sistema internacional. Pero ese margen es cada vez más estrecho. La alternativa es aceptar un papel crecientemente subordinado en un mundo donde el poder vuelve a imponerse sobre las reglas