Miércoles, 29 de julio de 2026
HISTORIA EUROPEA

Europa como "potencia necesaria": las lecciones del Imperio de los Habsburgo

Ante la erosión del sistema internacional y el giro de EE. UU., el politólogo Pablo Andrés argumenta que Europa debe redefinir su papel. El ejemplo histórico de los Habsburgo sugiere un camino basado en alianzas, pragmatismo y la búsqueda de un estatus de "actor necesario".

Pablo Andrés Gutiérrez Pablo Andrés Gutiérrez 11 de abril de 2025
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La Unión Europea busca definir su nueva estrategia en un escenario geopolítico en plena transformación. | Cecilia Fabiano / Zuma Press / ContactoPhoto
La Unión Europea busca definir su nueva estrategia en un escenario geopolítico en plena transformación. | Cecilia Fabiano / Zuma Press / ContactoPhoto
Tras el fin de la II Guerra Mundial, los europeos hemos vivido uno de los mayores periodos de estabilidad en nuestro continente. Todos entendíamos esta estabilidad como un acuerdo internacional entre los países, donde existía un entramado institucional internacional y un marco de actuación sobre lo que estaba permitido o no era aceptado por las principales potencias.

Obviamente, esta estabilidad, no excluía la existencia de conflictos, pero sí limitaba su alcance y canalizaba las formas de resolverlos.

La victoria de Donald Trump y su administración 2.0 ha supuesto un punto de inflexión para las relaciones transatlánticas y el orden mundial que garantizaba esa estabilidad en la que la Unión Europea se creó y creció.

Si bien los europeos podían anticipar una administración más asertiva, con mayores exigencias de gasto militar a sus socios o una visión más proteccionista del comercio, ninguna capital estaba preparada para la cascada de declaraciones y acciones que han marcado estos últimos meses.

El punto culminante de las acciones que ha ido tomando Trump ha sido la imposición de aranceles del 20% a la UE y su expresión de que la Unión solo había sido creada para "joder" a Estados Unidos.

"Estamos asistiendo a la ruptura del orden liberal nacido en 1945 sobre el que se basa la relación transatlántica"
Todos estos ejemplos confirman que estamos asistiendo a la ruptura del orden liberal nacido en 1945 sobre el que se basa la relación transatlántica.

Este cambio lo hemos ido viendo a lo largo de las últimas décadas, con Estados Unidos pasando de ser la potencia hegemónica indiscutible a un mundo cada vez más multipolar, en el que el orden basado en reglas se ha ido debilitando progresivamente.

Trump ha acelerado este cambio de orden al poner de manifiesto que el propio país que creó y sostuvo ese orden liberal internacional ahora apuesta y tolera, un regreso a un sistema donde prevalece la ley del más fuerte, una vuelta al orden imperialista de siglos pasados.

Esto se refleja en fenómenos concretos, como las ambiciones territoriales que van desde las declaraciones de Trump sobre la posible compra de Groenlandia, hasta las presiones sobre Panamá o la ambigua posición respecto a los territorios ocupados en Ucrania, abriéndose a la posibilidad de reconocer las anexiones rusas.

Antes existía, al menos formalmente, una condena unánime por parte de las grandes potencias frente a cualquier intento de anexión territorial por la fuerza. Hoy, en cambio, existe la posibilidad real de que este tipo de prácticas se normalicen.

Este nuevo orden imperialista también se refleja en las dinámicas extractivistas como la exigencia de la administración Trump a Ucrania para firmar un acuerdo que permitiera la explotación de minerales estratégicos. Este es un claro ejemplo de la lógica puramente instrumental con la que opera Washington: maximizar beneficios al menor coste posible, dentro de dinámicas de suma cero.

El último ejemplo es la visión jerárquica de las relaciones internacionales, donde las grandes potencias se reservan un derecho privilegiado en la mesa de decisiones, mientras que el resto de países quedan relegados a un papel subordinado.

"Es necesaria una nueva brújula con la que navegar y establecer su gran estrategia en la nueva era de la política basada en la fuerza"
Así, en este nuevo mundo post-1945 al que Europa se encamina, es necesaria una nueva brújula con la que navegar y establecer su gran estrategia en la nueva era de la política basada en la fuerza.

Quizás los europeos podamos extraer lecciones prácticas de uno de los imperios que, a lo largo de su historia, ha sabido navegar las dinámicas del poder bruto desde una posición geopolítica clave: el Imperio de los Habsburgo.

Como expone en su libro Wess Mitchell, los Habsburgo se distinguieron por su capacidad para compensar sus limitaciones militares y materiales mediante una estrategia sofisticada y pragmática, basada en el reconocimiento preciso de objetivos, propósitos y medios.

Frente a rivales históricos como Rusia, Prusia o Francia, su enfoque estratégico giró en torno a dos ejes fundamentales: el control de la seguridad y del tiempo.

En materia de seguridad, los Habsburgo apostaron por la construcción de complejas estructuras de alianzas que les permitieran contrarrestar a las potencias hegemónicas del momento. En lugar de depender únicamente de su fuerza militar, convirtieron la estabilidad de Europa en una responsabilidad compartida entre las grandes potencias.

El control del tiempo era igualmente crucial. Para Viena, la gestión del ritmo de los acontecimientos y la duración de los conflictos resultaba determinante. Buscaban supervisar los enfrentamientos y regular las tensiones diplomáticas para evitar exponer sus vulnerabilidades. Esto lo lograban estableciendo prioridades claras frente a amenazas constantes, anticipándose a los conflictos y escalonando la aparición de peligros, evitando así verse atrapados en múltiples crisis simultáneamente.

"La estrategia de los Habsburgo se estructuraba en capas, como un hojaldre"
De este modo, la estrategia de los Habsburgo se estructuraba en capas, como un hojaldre. En la cúspide se encontraba el equilibrio de poder en Europa, un principio clave que les permitía limitar el número de frentes abiertos y decidir el  o el cuándo de los conflictos.

En un nivel intermedio, se situaban las llamadas buffer zone frente a sus rivales. Estas regiones no solo servían como barrera defensiva, sino que también les proporcionaban el tiempo necesario para gestionar crisis, movilizar tropas y negociar soluciones diplomáticas antes de verse forzados a la guerra.

Finalmente, en la base de la estrategia, se encontraba la defensa territorial propiamente dicha, sustentada en un ejército bien organizado y una red de fortalezas que protegían el corazón del imperio.

Otra de las características distintivas de la gran estrategia de Viena era su papel único y esencial dentro del sistema de poder europeo, un rol que difícilmente podía asumir otro Estado.

Esta singularidad terminó convirtiéndose en un activo estratégico. Su ubicación central hacía de Austria una pieza clave para contener la expansión de Rusia, gestionar la desintegración del Imperio Otomano y actuar como contrapeso en el equilibrio continental. Más que una potencia dominante, Austria se consolidó como una potencia necesaria, un estatus que no surgió de la inercia, sino de un esfuerzo activo y consciente por parte de su diplomacia.

En la conducción de esta estrategia destacaron dos figuras clave: Kaunitz y Metternich, ambos arquitectos de la concepción de la gran estrategia austríaca y que revelan otra de las claves de Viena, una línea de continuidad en la implementación de la misma a lo largo de un siglo de política exterior de los Habsburgo, desde la década de 1740 hasta la de 1840.

"Revivir el espíritu europeo de nuestro continente, recuperar nuestra capacidad de defender nuestros intereses y en un momento decisivo para la historia de Europa, estar unidos para afrontar el desafío y triunfar"
Ante el Parlamento Europeo, Mario Draghi azuzó a los europeos a revivir el espíritu europeo de nuestro continente, recuperar nuestra capacidad de defender nuestros intereses y en un momento decisivo para la historia de Europa, estar unidos para afrontar el desafío y triunfar.

Ante el nuevo mundo que se perfila, donde el viejo orden aún no ha desaparecido y el nuevo todavía no ha emergido, Europa puede sacar lecciones de su pasado para asumir un papel central en la legitimación y negociación del futuro orden mundial.

Tomando de ejemplo a los Habsburgo, la relevancia de Europa no puede limitarse a ser un mero espectador o un actor secundario en un sistema diseñado por otros, sino que debe convertirse en un actor necesario que garantice que los valores de la Ilustración que representa estén firmemente integrados en la nueva arquitectura global.
Pablo Andrés Gutiérrez
Pablo Andrés Gutiérrez
Politólogo especializado en relaciones internacionales y UE
Participación