Martes, 28 de julio de 2026
ELECCIONES

'Never 51': cómo el rechazo a Trump propulsó la victoria liberal en Canadá

El politólogo e investigador principal del Real Instituto Elcano Ignacio Molina analiza el sorprendente vuelco electoral en Canadá, donde la reacción contra las injerencias de Donald Trump propulsó la victoria del liberal Mark Carney. La derrota conservadora y la afirmación nacional canadiense abren una nueva etapa en la relación con EE. UU.  

Ignacio Molina Ignacio Molina 1 de mayo de 2025
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Las injerencias de Trump han reactivado el instinto patriótico de Canadá, que encuentran en Mark Carney su mejor anticuerpo, según Ignacio Molina. | Christinne Muschi / Zuma Press / ContactoPhoto
Las injerencias de Trump han reactivado el instinto patriótico de Canadá, que encuentran en Mark Carney su mejor anticuerpo, según Ignacio Molina. | Christinne Muschi / Zuma Press / ContactoPhoto
El agregador de las encuestas realizadas en Canadá durante las primeras diez semanas de 2025 constituye ya un hito de la historia electoral comparada y se convertirá pronto en objeto destacado de análisis para estrategas de campaña y politólogos interesados en vuelcos de la opinión pública, expresiones de dignidad nacional y trastornos causados por el 47.º presidente de EE. UU.

El día de Año Nuevo, la ventaja del conservador Pierre Poilievre apuntaba a un triunfo espectacular tras casi una década del Justin Trudeau como primer ministro. La distancia media a favor de la oposición rondaba los veinticinco puntos porcentuales; y eso en el mejor de los casos para el Gobierno, porque el primer sondeo aparecido en enero —realizado por Angus Reid, principal encuestadora del país— ampliaba esa distancia ominosa y colocaba en tercer lugar al partido liberal (16%), tras el conservador (45%), el socialdemócrata NDP (21%), y apenas por delante del Bloque Québécois (11%).

"En solo setenta días, la fuerza de gobierno había subido más de veinticinco puntos en las encuestas"
Ese resultado habría sido el peor desde 1867, cuando se fundó el partido, coincidiendo con la constitución misma de la Confederación y del primer parlamento canadiense. Incluso en la desastrosa elección de 2011, Michael Ignatieff —célebre y premiado académico, pero desdichado líder político liberal— había logrado el 19% de los votos.

Y, sin embargo, cuando Angus Reid publicó su siguiente barómetro (a mitad de marzo), se había producido un giro espectacular de tendencias. En solo setenta días, la fuerza de gobierno había subido más de veinticinco puntos, la oposición volvía al segundo lugar y el NDP perdía más de la mitad de sus apoyos. Un panorama que luego se ha mantenido más o menos estable en el mes y medio previo a la votación del 28 de abril, cuyo escrutinio final ha otorgado 44% a los liberales, 41% a los conservadores, 6% a los nacionalistas quebequeses y 6% a los socialdemócratas. Diez semanas marcadas por un nombre: Donald Trump.
 

En realidad, la victoria del republicano en las presidenciales de noviembre no había alterado las tendencias políticas dominantes entre los canadienses, que tenían también que ir a las urnas en el plazo máximo de un año. En un primer momento, incluso se consideró que el empuje del movimiento MAGA en el país vecino reforzaba el momento de gracia de la oferta de derecha con tintes libertarios y populistas que proponía Poilievre.

La Navidad fue un calvario para la estrella menguante de Trudeau, quien tuvo que lidiar con la renuncia de sus dos principales ministras, y el 6 de enero anunció que dimitía como líder del partido, que abandonaría el poder en cuanto los liberales nombrasen sustituto y que recomendaba convocar a continuación elecciones anticipadas. Lo que en ese momento parecía estar en juego no era quien iba a ganar —que resultaba claro para todos— sino el alcance de la derrota de la formación política más antigua de Canadá.

Pero Trump, que estaba preparando su inauguración presidencial, pensó que la debilidad del primer ministro saliente podía dar tracción a su insólita idea de incorporar el inmenso territorio como quincuagésimo primer estado de EE. UU. y creyó ocurrente empezar a denigrarle en público llamándole gobernador.

"La peculiar autoestima canadiense que se despierta cuando ve el país en peligro volvió a activarse"
La combinación en muy pocos días entre el alivio por la renuncia de un gobernante muy desgastado y el estupor por los insultos, las amenazas de aranceles y las alusiones a una futura anexión que emitía Washington comenzó a operar en la opinión pública. La peculiar autoestima canadiense que se despierta cuando ve el país en peligro, como ya se había manifestado treinta años atrás con ocasión del referéndum soberanista en Quebec, volvió a activarse.

No era previsible que esa reacción política e identitaria la pudiese abanderar un perfil tecnócrata y multinacional como el que representaba Mark Carney: un banquero (en el más amplio sentido de la palabra, pues había trabajado para Goldman Sachs, en instituciones financieras internacionales con sede en Suiza y como gobernador de dos bancos centrales distintos), sin experiencia parlamentaria ni gubernamental alguna, educado en Harvard y Oxford, que también tenía pasaporte irlandés y británico, y que había pasado buena parte de su vida profesional lejos de su país de nacimiento.

"Si las propuestas populistas han protagonizado la vida política de las democracias occidentales en los últimos diez años, el éxito del nuevo primer ministro merece atención"
Pero Carney pensó lo contrario y presentó su candidatura para dirigir el partido liberal. Los sondeos empezaron a mostrar que era la persona mejor preparada para enfrentar el desafío e incluso para generar ilusiones. Venció en las primarias y convenció este lunes a sus compatriotas. Si las propuestas populistas han protagonizado la vida política de las democracias occidentales en los últimos diez años, el éxito del nuevo primer ministro merece atención. Aunque es posible que la explicación principal de lo sucedido radique aquí también en el populismo, en el de Trump, y que los canadienses simplemente han votado al que consideraban mejor anticuerpo. Al fin y al cabo, Poilievre, a pesar de sus desesperados intentos de alejarse de la toxicidad de la Casa Blanca, tenía demasiados puntos en común con el republicano como para confiarle la defensa del futuro.

El resultado final arroja algunos registros de récord. La participación más masiva desde hace más de tres décadas, el mayor voto popular a los liberales desde los años setenta (es decir, desde Pierre Trudeau), pero también el mejor registro de los conservadores desde los ochenta (desde Brian Mulroney, cuando el brillo de un republicano como Reagan sí ayudaba a ganar a la derecha canadiense).

De hecho, y a costa del fracaso histórico del NDP como tercera fuerza en liza, los dos grandes partidos han logrado superar el 40% —algo que no pasaba desde 1930— y la mayor suma de votos desde 1958: un 85%, que es un registro absolutamente inalcanzable para el resto de los sistemas parlamentarios (en las últimas elecciones españolas, PP y PSOE juntos se quedaron en el 65% en 2023 mientras la combinación de laboristas y conservadores británicos apenas pasó del 57% en 2024).

"Donald Trump salió a por la lana de la anexión, pero quedó trasquilado con el desacople anunciado por Carney"
Curiosamente, el fuerte empuje simultáneo de ambos partidos les ha supuesto sinsabores. En el caso de Poilievre, que con ese porcentaje habría obtenido mayoría absoluta en casi cualquier otra elección occidental, perdió incluso su escaño. Y, en el del partido liberal, a pesar de la subida y de encadenar cuatro victorias seguidas desde 2015, tendrá que aceptar quedarse al final a tres escaños de la mayoría absoluta.

Con todo, no parece que este gobierno arranque con debilidad. Trump, que el mismo día de la votación volvió a insistir en la incorporación de Canadá a su proyecto megalómano de América, le ha felicitado y parece respetarle. Salió a por la lana de la anexión, pero quedó trasquilado con el desacople anunciado por Carney. Su primera declaración en la noche electoral fue anunciar que había acabado la vieja relación con EE. UU. basada en la integración económica y la alianza política: "es una tragedia, pero es nuestra nueva realidad. Estamos traumatizados por la traición americana, pero no debemos olvidar nunca la lección. Tenemos que cuidar de nosotros y, sobre todo, tenemos que cuidarnos entre nosotros".
Ignacio Molina
Ignacio Molina
Investigador Principal del Real Instituto Elcano y profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
Participación