Anna Balletbò en sí misma era una institución: madre, política, periodista, solidaria, pero también empresaria. Su inteligencia, su curiosidad y su capacidad de trabajo la convertían en una mujer profundamente culta, ingeniosa y divertida. Una tarde compartiendo un spritz con Anna era una
masterclass de geopolítica, de experiencias vitales y una risa constante alrededor de cualquier cosa que contara.
Anna venía de la lucha feminista y formó parte de la Comisión de Amigos de Naciones Unidas que organizó las Jornadas Catalanas de la Mujer en 1976 en el paraninfo de la Universidad de Barcelona. Aquello fue uno de los primeros grandes actos de la Transición, con 4.000 mujeres debatiendo sobre el derecho al trabajo sin discriminaciones, el trabajo doméstico, la sexualidad, la educación, la ley del divorcio y la igualdad.
"Y entonces llegó el golpe de Estado, el episodio que marcaría su vida política: aquel momento explica muy bien quién y cómo era ella"
En una España gris, Anna llega a Madrid en 1980 para formar parte de aquel primer Congreso de los Diputados en el que había muy pocas mujeres. No lo tuvo fácil. Era una democracia incipiente, donde todo estaba por hacer y todo era posible, pero también frágil. Y entonces llegó el golpe de Estado, el episodio que marcaría su vida política. Ese momento explica muy bien quién era ella y, sobre todo, cómo era.
Una mujer valiente: en aquel instante fue capaz de reclamar que la dejaran salir del Congreso porque estaba embarazada de gemelos. Y lo consiguió. Aprovechó para llamar por teléfono a Jordi Pujol para que le facilitara el contacto del Rey y trasladarle lo que estaba ocurriendo. Y no colgó hasta que Juan Carlos I le dijo que lo correcto para España era la democracia. Una mujer que siempre se preguntaba qué podía hacer ella por su país.
Se ha reconocido muchas veces el papel de los padres de la Constitución y de los hombres de la Transición, pero también hay que hacer justicia con papel que tuvieron las mujeres.
Una mujer de la Transición
Si algo definía a Anna Balletbò no era solo ser una mujer en la Transición —como tituló su libro—, sino una mujer de la Transición.
Aquel momento histórico, que hoy miramos con cierta nostalgia, la forjó. Siempre quería entender las razones del otro. Esa curiosidad, tan propia del periodismo, la llevaba a querer saber más, a dialogar, a llegar a acuerdos para hacer avanzar el país.
Mujer empresaria
Quizás esta es su faceta más desconocida. Anna crió a cuatro hijos y, tras separarse, sacó adelante a la familia y emprendió en el sector turístico. Creó la cadena Arc Med Hotels, con establecimientos en la Costa Brava y en Barcelona, y participó también en proyectos de gestión hotelera. Trabajadora incansable, siempre estaba pendiente del negocio: de las reservas, de los gastos, de los números. Aunque en los últimos años puso la gestión en manos de su hijo, nunca dejó de estar al tanto de todo.
Mujer solidaria
Desde el Congreso de los Diputados, donde fue miembro de la comisión de Asuntos Exteriores, y posteriormente desde la Presidencia de la Fundación Olof Palme, Anna dedicó buena parte de su vida a conectar personas y países a través del diálogo.
"Dirigió un hotel en Gaza que era un canto al optimismo y a la solidaridad, creando empleo y abriendo sus puertas tanto a palestinos como a cuerpos diplomáticos y ONG"
En los últimos años veía con profunda tristeza la guerra en Gaza. Allí vivió una de las aventuras más locas, según ella misma decía, que había hecho nunca: aceptar la gestión de un hotel de cinco estrellas en primera línea de mar en Gaza en 2011. Aquel hotel era todo un símbolo, un canto al optimismo y a la solidaridad, creando empleo y abriendo sus puertas tanto a palestinos como a cuerpos diplomáticos y ONG. En los dos últimos años,
pudo ver con tristeza cómo el hotel fue bombardeado durante la guerra.
Mujer referente
Anna era una mujer fascinante e irrepetible, tenía la certeza de que siempre había algo más que aprender, debatir o mejorar. Con los años se volvió aún más libre, más descarada y más brillante. Su despacho estaba lleno de recortes de prensa, informes y libros con notas y clips.
El último mensaje que recibí de ella fue el 11 de septiembre. Volvía tarde a casa, pasada la medianoche, y al ver su coche aparcado frente al hotel, le escribí: "Anna, es tarde". Y ella me respondió:
"Estoy currando, amiga".
Murió como vivió: al pie del cañón, trabajando, pensando y haciendo. Gracias, Anna.