En estos últimos meses, con las atrocidades en Gaza televisadas en bucle permanente, me costaba un poco decidirme a hablar por teléfono a Anna Balletbò; aunque desde hace años teníamos el hábito de hacerlo con relativa frecuencia, ella en Barcelona y yo en Bruselas, para intercambiar chismes y opiniones. Yo conocía la energía, las horas y el empeño ilusionado de Anna, durante tantos años y muy a su manera —práctica, sin retórica ni sentimentalismo—, de su actividad solidaria en Gaza. No es lo mismo la indignación y la pena que nos producen las imágenes siniestras de misiles, destrucciones y muertes, que la experiencia, vivida por Anna, de presenciarlas después de tantas estancias en Gaza, de tantos amigos y amigas sufriendo o pereciendo allí; después de tantas esperanzas y proyectos compartidos y ahora destruidos. De ahí mi escrúpulo: creía, y sigo pensándolo, que Anna vivía con un dolor muy intenso estos meses de guerra criminal.
Ha muerto una amiga querida, de rasgos extraordinarios. Uno de ellos, el de la solidaridad internacional —sin el exhibicionismo al uso, con realizaciones— lo he mencionado ya. Otro fue su feminismo, de combate permanente. Con Maria Aurèlia Capmany fue motor de las Jornades Catalanes de la Dona,
celebradas en Barcelona en 1976, fundacionales en tantos aspectos. Que el PSC tenga el honor de haber sido el primer partido de Catalunya y de España, y uno de los primeros en Europa, que
instauró la cuota progresiva en sus listas electorales y órganos directivos, hasta alcanzar la paridad entre hombres y mujeres,
se debe, en muy buena medida, a su empuje y a su tenacidad.
Mis recuerdos con Anna me llevan inevitablemente a la tarde del 23 de febrero de 1981. Yo era entonces miembro de la ejecutiva federal y en Barcelona hicimos cuentas: solo cinco miembros de aquella ejecutiva no éramos diputados (José María Maravall, Francisco López Real, Carlos Cigarrán, Ignacio Sotelo y yo mismo). Decidimos que debía coger el puente aéreo e ir a Madrid. "¡No se les puede dejar solos! ¡Tenemos que hacernos cargo de la situación!", recuerdo que bromeamos, para sacudirnos la inquietud.
"Anna, embarazada de mellizos, estaba en el Congreso cuando irrumpió Antonio Tejero. Se dirigió a los golpistas diciéndoles: «Estoy embarazada de tres meses y quiero salir»"
Hablé un par de veces con Anna Balletbò, que nos llamó desde Madrid. Estaba en el hemiciclo cuando Antonio Tejero y los suyos habían irrumpido a tiros. Con un golpe de genio y haciendo valer su estado de buena esperanza —estaba esperando mellizos—, Anna se dirigió a los golpistas diciéndoles: "Estoy embarazada de tres meses y quiero salir". "Siempre me ha sorprendido —comentó después— la manera extraña e inesperada de reaccionar que tienen las personas en momentos de máxima tensión o peligro". Su reacción, diciendo que no estaba dispuesta a seguir secuestrada, resultó eficaz.
Cuando aquella noche me reuní con Anna Balletbò, en una cafetería de la calle de Santa Engracia, me contó que aquella tarde había hablado por teléfono con el rey, que interrumpió la conversación en varias ocasiones. Anna dedujo que estaba haciendo una ronda con las capitanías generales, pues le pareció oír que hablaba, en dos ocasiones, con la de Sevilla. El emérito, entonces en funciones, se interesó por la versión de los hechos en el interior del Congreso que le ofreció Anna. Su primera pregunta fue si había muertos o heridos. Le pregunté a Anna qué impresión había sacado de la conversación. No lo tenía muy claro, atribuyéndolo a las circunstancias del momento, pero había sacado la conclusión de que el monarca era contrario al golpe, aunque no había sido demasiado explícito, más allá de alguna expresión más o menos tranquilizadora, al estilo del "tranquilo, Jordi, tranquilo", una frase que Pujol atribuyó al monarca y que, años después, se reveló apócrifa.
Esta es la versión escrita que Anna hizo de la conversación, en un libro de recuerdos recomendable (Confesiones en la trastienda, Flor del viento): "Él había terminado de preguntar, pero yo tenía alguna pregunta: «Señor, ¿qué piensa hacer? Dentro del Congreso hay cuatrocientos rehenes…». «El rey está al servicio de los más altos intereses de España», dijo. Yo no estaba acostumbrada al lenguaje mayestático. Vengo de una cultura catalana, mediterránea, donde lo importante en las conversaciones es entender el sentido, el fondo de lo que dice el interlocutor, más allá de las palabras. «Los más altos intereses de España» no me parecía especialmente concreto. Notaba la boca seca y la lengua pastosa, como en los momentos previos a un examen. Así que me armé de valor e insistí: «¿Y qué más?» Escuché la voz inconfundible del rey, que pronunciaba la palabra clave: «Y de la democracia». Sentí un profundo alivio".
Después de una noche muy agitada en la sede del PSOE, en el domicilio de Elena Flores y en la sede de Interior, acabé con Anna en el Hotel Palace, presenciando las idas y venidas de militares condecoradísimos, los guardias civiles descolgándose por las ventanas, y la acogida con aplausos de los parlamentarios rescatados.
"Anna y yo veíamos a Tejero como una víctima confusa de su propio carácter y de la manipulación de otros, aunque lo opinábamos sin ingenuidad"
En una ocasión hablé con ella de Antonio Tejero. Coincidimos en que no nos producía una especial aversión. Lo veíamos como una víctima confusa de su propio carácter y de la manipulación de otros. Una opinión compartida, claro, sin ingenuidad. Es de los que te fusilan, llegado el caso. Sin embargo, su reacción final en el Congreso ocupado, tan definitivamente perturbadora para los golpistas, se la teníamos en cuenta, como eximente. Recuerdo que en aquella ocasión le conté a Anna que en Suiza había conocido a un primo de Tejero, hombre de izquierdas, profesor de literatura española en la Universidad de Ginebra y amigo de María Zambrano, que, años después del 23F, en una tarde de Navidad propicia al perdón, se decidió llamar a su primo, aún en prisión: "¿Cómo estás? Hace tiempo que no nos vemos…". "Es que últimamente salgo poco", respondió Tejero.
Visto con perspectiva, la salida del hemiciclo de Anna caracterizaba una determinada situación, que desde una perspectiva antagónica comentó muchos años después el comandante Ricardo Pardo Zancada, uno de los duros del 23F —si en este asunto valen los matices—: "Un golpe en el que se deja salir, por ejemplo, a las mujeres embarazadas, ni es una revolución ni es nada. No hay revoluciones sin sangre, por doloroso que sea decirlo". Estamos avisados.
Hannah Arendt, hablando de los revolucionarios norteamericanos del siglo XVIII, escribió que "La felicidad pública no [es] la felicidad privada de estar libre de la preocupación de las necesidades, sino el gozo de haber comenzado algo nuevo, el orgullo de haber fundado algo duradero, y la alegría de ver la libertad manifestarse en la acción". Creo que la alegría permanente de Anna Balletbò, su buen humor a toda prueba, debía tener mucho que ver con esta observación.