Viernes, 14 de agosto de 2026
EL 5%, A DEBATE

La ambigüedad estratégica de Sánchez frente a la OTAN

El Gobierno español celebra una "excepción" al objetivo de gasto del 5% de la OTAN, pero el aparente éxito diplomático esconde inconsistencias. El profesor de Ciencia Política Alberto Bueno analiza cómo la postura de Pedro Sánchez, aunque gana tiempo, se asienta sobre un "triste récord español" de incumplimiento y una estrategia constreñida por la política doméstica que compromete la posición de España con sus aliados.

Alberto Bueno Alberto Bueno 24 de junio de 2025
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Varios efectivos del Ejército del Aire conversan durante unas demostraciones, el pasado mayo. | Jesús Hellín / Europa Press / ContactoPhoto
Varios efectivos del Ejército del Aire conversan durante unas demostraciones, el pasado mayo. | Jesús Hellín / Europa Press / ContactoPhoto
El Gobierno español y su entorno se felicitaban por el éxito diplomático por haber conseguido una "excepción" española a la meta del 5% del PIB "en defensa". Un objetivo político que firmarían los Estados miembros de la OTAN en la cumbre que hoy arranca en La Haya. Sin embargo, resulta difícil abstraerse a la complacencia atendiendo a la propia carta remitida por el secretario general y al contexto de la discusión política sobre defensa. El presidente Sánchez gana tiempo para su propia audiencia, aunque cayendo en trampas políticas con tanta retórica a corto plazo como debilidades.

"España se comprometía al objetivo de capacidades de la Alianza y a gastar un 2,1% de su PIB en seguridad y defensa"
Sánchez comparecía de urgencia este domingo para anunciar el acuerdo alcanzando con la OTAN, tras la carta pública que dirigió a Mark Rutte el pasado jueves. La premura y la publicidad dada a ambos eventos, considerando la discreta diplomacia con la que Moncloa llevó las discusiones en las pasadas cumbres de Madrid y Washington, indican un esfuerzo por tratar de marcar agenda. El éxito de haber logrado un supuesto "freno español" lo justificaban. España se comprometía al objetivo de capacidades de la Alianza y a gastar un 2,1% de su PIB en seguridad y defensa. Y que Rutte, como voz de la OTAN, lo permitiría. 

No es así. Hay que discrepar de la bondad de lo alcanzado. Primero, porque el porcentaje español es una intención solo expresada por el Ejecutivo, pero no repetida por la Alianza. Resulta sorprendente que hace un mes el Gobierno firmase un objetivo de capacidades —como se desarrolla la planificación estratégica de defensa—, acompañada de un objetivo de gasto necesario para alcanzarlo, y proyectado hacia 2035, que ahora se niega a cumplir. Pero uno depende del otro. Solo así se entiende entonces esa cláusula del último párrafo de la carta, donde se expresa un compromiso de revisión en 2029 para evaluar si efectivamente España está cumpliendo con lo prometido. En caso contrario, problema para la futura Administración [sic] —empleando el curioso término, más propio del sistema político estadounidense, que el presidente usó para referirse a quién firmó los acuerdos de Gales—.

Segundo, porque la postura oficial de la Alianza es que "no hubo excepciones para España" y como, algunos afirmamos, realmente no se salía de ruta marcada. El propio Sánchez resaltó la unidad de los aliados en este punto. Un afán perseguido igualmente por la OTAN que se tradujo, según ha trascendido, en alterar el sujeto de una oración —en el mejor arte del birlibirloque diplomático— para atar el consenso de todos… A falta de que el presidente Trump se pronuncie (y este es un rinoceronte gris que habrá que torear en La Haya). Cómo nadar y guardar la ropa, es decir, cómo consensuar una postura y a la vez descolgarse de la misma, se asienta sobre un triste récord español, que es el de incumplimiento sistemático de lo firmado. 

"No parece que haya una especial singularidad española en la fórmula pactada"
Y tercero, porque Rutte ha afirmado que depende de los políticos y del consenso dentro de cada país el decidir cómo se logran los objetivos marcados. Significa que hay flexibilidad para que cada Estado miembro busque su fórmula. De hecho, las conversaciones de los últimos meses ya se movían en un horizonte de flexibilidad propuesto por diversos países —Italia, Portugal, Luxemburgo o Canadá, amén de la propia España— para establecer metas volantes o evaluaciones anuales de implementación. En concreto, la expresión 3,5%+1,5% de gasto —el primero, para gasto militar stricto sensu; el segundo, para gastos en seguridad muy lato sensu…— ya es fruto de esa pugna. Por tanto, no parece que haya una especial singularidad española en esta fórmula. Sin embargo, sí se establecería un agravio comparativo, aunque solo sea por esta particular diplomacia epistolar, con respecto a esos otros socios también reticentes a firmar tales niveles de gasto. Y lo que es peor: sin haber buscado una posición común, de fuerza, entre estas voces críticas. 

En fin, atender a esas otras señales que aparecen en este proceso ayuda a no deslumbrarse por comparecencias de urgencia infundada. Si bien, más allá de la hermenéutica epistolar, hay más elementos de fondo que apuntan a errores, de forma, a la lectura del momento. 

Se critica en general lo espurio de la meta del 5%. Sin duda. Igual que el 0,7% en cooperación al desarrollo, el 3% en I+D+i o el 5% en educación… E igual que el 2,1% de ayer. Todas ellas son metas de políticas públicas que, ciertamente, dicen muy poco de la capacidad real de los Estados o de la eficiencia y eficacia del gasto. Pero son un indicador de compromiso de inversión, que no es baladí. Esto no significa que la idea del 5% sea acertada —y, por supuesto, obedece en parte a una de las inconsistencias de Trump acríticamente recogidas por Rutte—, pero sí señala lo fútil de hablar de su arbitrariedad. 

Además, porque es engañoso. No existe una propuesta de gasto del 5% en defensa. Es interesante atender a esa descomposición en 3,5+1,5. Llevamos meses hablando de ese segundo factor, donde hay consenso en la necesidad de su inversión y donde el Gobierno y sus socios se sienten, además, cómodos: riesgos vinculados al cambio climático, seguridad, energía, infraestructuras críticas, ciberseguridad, resiliencia… El Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa ya obedece a esa perspectiva. Así, en lugar de haber fiado el 3,5 a 2035 y convenir con los aliados en todo lo demás, se ha elegido ir al choque.  

Si el Gobierno se siente cómodo en lo de seguridad y defensa —una expresión que, en España al menos, ha servido para olvidarse con frecuencia de la segunda pata de la misma—, hubiera sido un modo adecuado para ese nadar y guardar la ropa. De hecho, la declaración dominical del presidente ya fue confusa al respecto. Por ejemplo, como muestra del compromiso con los socios, hizo mención a los 14.000 efectivos adicionales de Fuerzas Armadas… y de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Parte de esa ingeniería contable, de movimiento de partidas presupuestarias, explica haber alcanzado ya un 2% de gasto en defensa… y seguridad. 

"La política doméstica está constriñendo la postura española, comprometiéndola para la próxima década y con los otros aliados; incluso, con quienes podrían apoyar nuestra posición"
Asimismo, como alternativa al rearme, el presidente habló de "interoperabilidad", "compras conjuntas" y "ejército común" en una Unión Europea de la seguridad y la Defensa. Esto es llamativo. Si algo aporta la OTAN a las fuerzas armadas europeas es, precisamente, interoperabilidad, que es la dimensión que aporta la organización en la definición de capacidades militares; una contribución siempre olvidada por sus detractores. A reforzar las compras conjuntas están orientados los estímulos fiscales y financieros del "rearme" planteado por la Comisión Europea, frente a los que España se convirtió también en uno de sus principales críticos en pos de menos defensa. Y los problemas para crear un ejército europeo, ese instrumento de la tan cacareada autonomía estratégica europea, se condensan en esa insistencia ahora del Gobierno en una vía "soberana". Tampoco habrá presupuestos ni debate parlamentario que lo legitimen democráticamente. 

La política doméstica está constriñendo la postura española, comprometiéndola para la próxima década y con los otros aliados; incluso, con quienes podrían apoyar nuestra posición. Responde a una cultura estratégica que se refleja en una idea final en la alocución del presidente: la contraposición que realizaba entre disuasión y paz. La dicotomía que plantea entre ambas muestra su descreimiento de que la política de defensa pueda contribuir de forma alguna a asegurar la prosperidad de la sociedad. Es la antítesis que ya mostraba hace diez años en la tesis de que "sobra el Ministerio de Defensa". Así, no hay autonomía estratégica europea en seguridad y defensa ni ejército europeo que valgan.
Alberto Bueno
Alberto Bueno
Profesor del Departamento de Ciencia Política y de la Administración en la UGR
Es profesor del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Granada y miembro del Spanish Research Group on Defence, Armed Forces, and Society (RODAS). También es profesor adjunto en la Universidad de Leipzig (Alemania) y 'non-resident fellow' del UTSYN - Centre for Security and Total Defence (Noruega).
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