Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

La autonomía estratégica europea y la responsabilidad histórica de España

"Sorprende la frivolidad del debate público español, ensimismado en el detalle de una trifulca local que es relevante para la vida de prácticamente nadie", señala Nacho Corredor, ante "una encrucijada histórica". Corredor analiza, con perspectiva histórica, los movimientos de fondo de la política global, el posible papel de España, y sus élites, ante la configuración de un nuevo orden internacional y destaca que tenemos una gran oportunidad ante la mayor capacidad de influencia económica e internacional de nuestro país en varios siglos.

Nacho Corredor Sola Nacho Corredor Sola 9 de marzo de 2025
Añadir AgendaPública en Google
Reunión entre el Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo en Madrid. | Guillermo Gutierrez / Zuma Press / ContactoPhoto
Reunión entre el Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo en Madrid. | Guillermo Gutierrez / Zuma Press / ContactoPhoto
En 1914 el asesinato a un archiduque austríaco en Sarajevo condicionó medio siglo de historia europea a través de dos guerras mundiales que también implicaron a Estados Unidos o Japón. En 1989 la caída de un muro de hormigón instalado durante unas pocas décadas en centroeuropa cambió la historia de todo el mundo. Algunos, incluso, concluyeron que era el fin de la historia. ¿Estamos ante otro punto de inflexión equiparable? Hay algunas incógnitas porque, parafraseando a Mao Tse Tung al hilo de su valoración del mayo del 68 francés, nos falta cierta perspectiva histórica. Sin embargo, en los últimos días, semanas, meses y años, han pasado algunas cosas que nos señalan algunos síntomas y España, sus instituciones, sus partidos y el conjunto de la sociedad, no podemos ser ajenos a este movimiento de fondo. 

"La Unión Europea se prepara para una nueva etapa donde el concepto autonomía estratégica no tiene una consecuencia de carácter económico, sino existencial"
Alemania está a las puertas de reformar la Constitución para incrementar su gasto en defensa. Un tabú desde el final del régimen nazi en 1945. Polonia, que en 1939 fue invadida en tres ocasiones por Alemania, Eslovaquia y la Unión Soviética, quiere que todo hombre adulto esté capacitado en caso de guerra. Su primer ministro, Donald Tusk, ha afirmado que Polonia debe considerar la adquisición de armas nucleares. Estados Unidos, que, con su presupuesto, permitió al general Charles de Gaulle autoatribuirse la liberación de París, ha iniciado una escalada de animadversión abierta hacia la Unión Europea. Francia y Reino Unido, a través de un liberal y un socialdemócrata, lideran el muro de contención ante quienes quieren enterrar un siglo de su propia tradición histórica mediante la humillación al presidente de un país como Ucrania. Nuestros vecinos rusos, vía Vladimir Putin, se alían con la presidencia estadounidense del partido republicano, vía Donald Trump, contra Europa. China, con quien otrora el presidente Richard Nixon intentó hacer la pinza a la Unión Soviética, y con quien, a su vez, sus herederos ahora hacen la pinza a Europa, avanza decidida, en silencio, y ante nuestro total desconocimiento, y desorientación, en su disputa por el liderazgo global. 

Mientras, la Unión Europea, la comunidad política que representa a 400 millones de ciudadanos y donde existen más derechos, libertades y bienestar social del mundo, y de la historia, se prepara para una nueva etapa donde el concepto autonomía estratégica no tiene una consecuencia de carácter económico, sino existencial: nuestra autonomía, ya sea energética, sanitaria o de seguridad, es la condición imprescindible para que nuestra concepción del mundo basada en el respeto a los derechos y libertades individuales, siga existiendo. Y lo hace, además, en las mejores condiciones que ha tenido en toda su historia para que el final del proceso pueda ser un éxito. El futuro no está escrito y depende sobretodo de las decisiones que se tomen. 

"Ante este contexto global, y en una encrucijada histórica, sorprende la frivolidad de buena parte del debate público español, ensimismado en el detalle de una trifulca que no es relevante para la vida de prácticamente nadie"
Ante este contexto global, y en una encrucijada histórica, sorprende la frivolidad de buena parte del debate público español, ensimismado en el detalle de una trifulca que es relevante para la vida de prácticamente nadie. Basta dedicar diez minutos de nuestra vida al salseo local informativo para tenerlo todavía más claro. España tiene las condiciones óptimas, desde la lógica de nuestra influencia política, y sobretodo por nuestra pertenencia a la Unión Europea, de tener un papel determinante en el nuevo mundo que está por construir. Muchísima más, pero muchísima más, que la que hemos tenido en todo el siglo XIX o XX. Hoy, el Partido Popular, que preside la Comisión Europea, tiene en sus socios españoles a su segundo grupo más importante, mientras, los socialdemócratas, que presiden el Consejo Europeo y tienen en la vicepresidenta ejecutiva de la Comisión una de las políticas, y española, con más poder concentrado de la historia de la institución, tiene en sus socios españoles también al segundo grupo más importante. 


Ambos partidos son representantes de las tradiciones políticas sobre las que se ha articulado el mejor periodo histórico del mundo, y tienen el apoyo de más del 64% de la ciudadanía española. Una expresión de un compromiso excepcional de la sociedad española con el proyecto europeo. Sorprende la frivolidad con la que algunos encaran esta confianza y sorprende aún más la inhibición de responsabilidad que expresan aquellos cuyas obsesiones, prioridades y declaraciones, no priorizan el mantenimiento, y la evolución, del proyecto europeo. Ante los movimientos de fondo de la política global, España, sus instituciones, sus empresas, sus partidos, y la sociedad civil organizada, deben y tienen la responsabilidad histórica, por su influencia en Europa, por sus alianzas en América Latina, por su relación con el Norte de África, de contribuir a la construcción de nuevos escenarios políticos e industriales, que aporten la autonomía estratégica que necesita Europa para preservar nuestros derechos y libertades.

Los movimientos de fondo que vive nuestra política industrial, con el Estado asumiendo posiciones estratégicas en algunas de nuestras compañías, son, efectivamente, el camino. Que la principal compañía de telecomunicaciones de nuestro país, Telefónica, esté participada por nuestro Estado, que ha ampliado su implicación ante la entrada de nuevos actores económicos de terceros países, no es un regate cortoplacista al albur de un debate partidista. Es la expresión económica e industrial de cómo se preparan los países ante el mundo que viene. Más Estado en Telefónica, son también menos injerencias chinas, estadounidenses u otros países en Europa. Más Estado en Telefónica, son también nuevas oportunidades para que Europa compita en mejores condiciones en el mundo. 

"Más Estado en Telefónica, son también menos injerencias chinas, estadounidenses u otros países en Europa"
Lo mismo ocurre en el ámbito de la seguridad. Indra, el buque insignia de nuestra industria de la defensa, combina un accionariado participado por fondos de inversión, otras empresas españolas, o nuestro propio Estado. Visualizar en ello fórmulas de intervencionismo soviético es, además de falso, ignorar cómo se preparan, y se llevan años preparando, nuestros colegas europeos. Airbus, la empresa europea de referencia en defensa, tiene al Estado francés, alemán o español entre sus principales inversores. Quien sabe si su destino será el mismo. La misma lógica aplica a Hispasat, gracias a quien España dispone de un sistema de comunicaciones por satélite de alta seguridad capaz de satisfacer nuestras necesidades de comunicación en áreas de interés geoestratégico, y donde nuestro Estado tiene un papel clave. 

El Financial Times advertía hace unas semanas, y en este contexto, sobre el impacto que ha tenido para muchas empresas estadounidenses la disolución de su propiedad entre muchos accionistas de distintos orígenes. La hipótesis de la crónica es que la difusión de la propiedad, con muchos pequeños inversores aspirando a recuperar rentabilidades prácticamente trimestrales, ha distorsionado el propósito de compañías claves de Estados Unidos. Por contra, sitúa como deseable el modelo de Novo Nordisk, la empresa biomédica responsable de incrementar la mitad del PIB de Dinamarca. La compañía, que combina la presencia de inversores privados con el anclaje estratégico de una Fundación orientada a un propósito, contribuye a través de su modelo de gobernanza al desarrollo industrial y económico europeo. 

"PSOE y PP tienen una influencia clave en las instituciones comunitarias, y una buena parte de nuestro ecosistema industrial se ha marcado como prioridad mejorar nuestra autonomía estratégica"
El ejemplo local más similar en el caso de España es el del grupo industrial de la Fundación "la Caixa", la principal fundación de nuestro país, la segunda europea, presidida por Isidre Fainé, y que a través de su holding Criteria Caixa posee activos por valor de 30.000 millones de euros y es ya el mayor inversor privado de nuestro país. La organización, que inició hace unos meses una nueva etapa con la designación de Ángel Simón como consejero delegado, ha redoblado su apuesta por la inversión en empresas estratégicas para nuestro país en el ámbito energético, de las infraestructuras o las telecomunicaciones y en compañías como Naturgy (16%), Telefónica (10%), CaixaBank (31%), ACS (9%), Colonial (17%), Aigües de Barcelona (15%) o, recientemente, Veolia (5%), la multinacional francesa adjudicataria de buena parte de las infraestructuras de agua de nuestro país. 


Que un holding inversor, propiedad de una fundación española, que recientemente ha trasladado de nuevo su sede de Palma de Mallorca a Barcelona, controle desde nuestro país el desarrollo de compañías estratégicas para nuestra autonomía, y porvenir, como españoles y europeos, en alianza con otros inversores privados y, en ocasiones, con el Estado, es, en este contexto, un excelente síntoma. Sorprende que estos movimientos, trascendentales y determinantes para el futuro de España y los europeos, solo formen parte del debate entre la prensa económica, esté prácticamente ausente del debate generalista y, en ocasiones incluso, sean objeto de la habitual trifulca partidista. 

La oportunidad existe. Y la necesidad es obvia. España es un actor clave para la Unión Europea, los dos principales partidos, herederos de la tradición que fundó la Unión, cuentan con el apoyo mayoritario de la ciudadanía, tienen una influencia clave en las instituciones comunitarias, y una buena parte de nuestro ecosistema industrial se ha marcado como prioridad mejorar nuestra autonomía estratégica. La responsabilidad histórica de España es evidente. El punto de partida es inmejorable. El futuro de Europa, de nuestros derechos y de nuestras libertades, también se escribirá en España. 
Nacho Corredor Sola
Nacho Corredor Sola
Politólogo
Es socio fundador y vicepresidente de beBartlet, desde donde asesora a grandes compañías nacionales e internacionales. También es presidente del Consejo de Administración de BEKANE Media. Asimismo, es consejero de la Societat Barcelonesa d’Estudis Econòmics i Socials (SBEES) de Foment del Treball, la patronal catalana, en Madrid, o miembro fundador del Círculo Reina, órgano privado de la Fundación Museo Reina Sofía dirigido a la identificación y adquisición de arte de referencia generacional. Politólogo por la Universidad Pompeu Fabra (UPF), es analista político en diversos medios de comunicación como la SER, Catalunya Ràdio o laSexta. Anteriormente, fue consultor sénior en LLYC, así como asesor del Gobierno de España o del Comité Organizador de la Cumbre Mundial del Clima. Es coautor de 'Incidencia pública. El poder en el siglo XXI' (Arpa) y autor de 'El activismo tranquilo' (Ariel).
Participación