Las
últimas elecciones en Portugal no solo han supuesto la victoria electoral de Luís Montenegro, líder del centroderecha portugués, sino que reflejan algo mucho más profundo:
una crisis estructural que afecta a la izquierda en toda Europa. Hace menos de cuatro años, los socialistas portugueses gobernaban con mayoría absoluta; hoy, pasando del 41% al 23% de apoyos, ese espacio ha sido relegado a la tercera fuerza del parlamento luso. El descalabro es tal que incluso en las grandes ciudades del país —Lisboa y Oporto—, donde se supone que las opciones de izquierdas todavía son fuertes, el Partido Socialista ha perdido nueve y ocho escaños respectivamente, quedándose a escasos diputados de ser también superado por la extrema derecha.
Portugal no es una anomalía: es la confirmación de una tendencia. En Alemania, el SPD ha perdido el gobierno tras una legislatura marcada por la parálisis y la desconexión con sus bases, no quedándole más remedio que, como en tiempos de Merkel,
volver a apuntalar el triunfo de quien otrora representaba su antítesis más profunda: los democristianos de la CDU. En Alemania y Portugal, como lleva tiempo ocurriendo en Francia,
la oposición la ejercerá una extrema derecha que ha sabido capitalizar el lenguaje del hartazgo frente a las externalidades negativas que, pese a sus incontables beneficios, generan la globalización y la revolución digital.
La izquierda no solo sufre en estos tres países. Hoy, solo tres Estados miembros de la UE están liderados por partidos socialistas: España, Malta y Dinamarca —este último, con una agenda especialmente firme en inmigración, seguridad y realismo económico que rompe con los moldes clásicos del progresismo. Incluso, más allá del viejo continente,
la izquierda americana digiere una derrota electoral frente a un Donald Trump que, pese a estar poniendo todo patas arriba, no parece encontrar oposición real alguna en un Partido Demócrata en crisis existencial.
"El espacio progresista se ha vaciado de eficacia para resolver problemas sociales, mientras que la política de trincheras —tan útil para ganar clics— resulta estéril para gobernar sociedades complejas y en constante cambio"
La sensación es que este fenómeno no responde únicamente a ciclos electorales adversos.
Se trata de una crisis estructural de liderazgo, relato y, sobre todo, propósito político. Quienes un día ostentaron el casi monopolio de la representación de las clases obreras y populares, y penetraron en las clases medias urbanas hoy se encuentran atrapados en el callejón sin salida del movimiento
woke. El progresismo tradicional ha dejado de ofrecer certezas para todos esos sectores de la población. Y la nueva izquierda, nacida de la protesta excéntrica y elitista, no ha sabido construir más allá del "relato". Lo que aspiraba a ser un proyecto de transformación se ha convertido en pura estética de la indignación. El espacio progresista se ha vaciado de eficacia para resolver problemas sociales, mientras que la política de trincheras —tan útil para ganar clics— resulta estéril para gobernar sociedades complejas y en constante cambio.
Como señaló Bevins,
un movimiento social debe lograr más que paralizar un país durante unos días. Necesita saber qué hacer a medida que la tensión social evoluciona, que unas oportunidades se abren y otras se cierran, que las circunstancias cambian. La izquierda europea, en lugar de adaptarse y construir soluciones, ha quedado atrapada en la protesta y el puritanismo —coqueteando con la censura—, sin una hoja de ruta para el día después de "frenar a la extrema derecha".
La historia no espera: el espacio que no ocupas te lo ocupan
La historia nos pone a prueba.
Quien no se adapta, desaparece. Y la izquierda europea, diría que mundial, dejó de adaptarse hace tiempo. Lo que fue el mástil de la bandera del bienestar social se ha degradado en una retórica impotente y vacía frente a los desafíos reales. Crecer es malo, competir está anticuado, la defensa nos lleva al enfrentamiento y tu modo de vida ya no cabe en esta sociedad y menos aún cabrá mañana; parece sermonear la izquierda a una Europa que tiene problemas para pagar el alquiler.
La consecuencia lógica es que el vacío que deja ese agotador sermón no permanece intacto: lo ocupan fuerzas que prometen acción decidida y directa, aunque la mayoría de las veces esas soluciones provengan de la simplificación y sean de cartón piedra. Así
crece el voto extremista, alimentado por el desencanto, la fragmentación institucional y una sensación de abandono que comparten barrios y pueblos de todo el continente.
Cuando las recetas del siglo XX ya no sirven para los problemas del siglo XXI, la indignación no basta. Hacen falta gestión, visión y coraje. El voto de protesta no construye puentes: los dinamita. Y en una Europa tan interdependiente, romper el consenso básico es jugar con fuego. Con ello, aumentan los riesgos para nuestras democracias.
La respuesta no puede ser la furia antisistema, sino una nueva mayoría transformadora, firme, moderna y realista. Una política que combine solvencia técnica, liderazgo democrático y ambición de futuro. Una política que en Alemania y Portugal acaba de ganar las elecciones.
Responsabilidad y visión histórica
Europa necesita recuperar su centro de gravedad político. No como un equilibrio burocrático, sino como una visión compartida. Poner, de verdad, las instituciones al servicio de los ciudadanos. No como eslogan, sino como hoja de ruta hacia una vida mejor, perceptible en el día a día. Es imprescindible que la ciudadanía sienta que se defiende la cohesión social, se respeta el Estado de derecho y se impulsa una economía de mercado que valore el esfuerzo y premie el crecimiento.
Frente a desafíos como el envejecimiento demográfico, la revolución tecnológica, la presión migratoria, la inseguridad, la competencia global o la guerra en nuestras fronteras,
el centro-derecha europeo está llamado a construir una alternativa política, cultural y moral. Una nueva mayoría transformadora basada en la responsabilidad, la ejemplaridad y los resultados. La ética institucional y la integridad democrática son la mejor respuesta a los populismos y a las amenazas externas.
Un desafío civilizatorio
En este contexto, el papel de la Unión Europea es más relevante que nunca.
Frente a lo que sostiene Donald Trump, la UE no se fundó para "fastidiar" a Estados Unidos ni para enriquecerse a su costa, sino para avanzar juntos y demostrar al mundo que hemos aprendido de los horrores de las guerras mundiales. La integración europea es el mejor antídoto contra la polarización, el nacionalismo excluyente y el repliegue identitario. Y la mejor herramienta para que, siguiendo la metáfora de Juncker, todos los Estados miembros de la UE —"los pequeños y los que no saben que son pequeños"— encuentren de nuevo su lugar en el liderazgo mundial.
Es hora de escuchar lo que realmente preocupa a los ciudadanos y responder con políticas eficaces, que protejan y nos proyecten hacia el futuro.
Que los ciudadanos sientan que las políticas nacen de ellos y se hacen para ellos, es decir, que los ciudadanos sientan que la democracia no solo no está pasada de moda, sino que está más viva y fuerte que nunca.
El futuro exige unidad, innovación y valentía. La historia ya nos ha enseñado qué ocurre cuando Europa se fragmenta, se encierra o se rinde a los extremos.
La Unión Europea no nació para dividir, sino para unir. Y esa misión sigue más vigente que nunca. La oportunidad no está en gestionar la decadencia, sino en revivir una nueva ambición europea. Una que recupere la confianza de sus ciudadanos y proyecte liderazgo en el mundo, reconstruyendo desde la ilusión, no desde el miedo. Porque el liderazgo no se hereda: se construye. Y Europa necesita, con urgencia, volver a construirlo.