Es imposible analizar el orden internacional actual sin hablar de Estados Unidos.
La hegemonía económica, militar y cultural mundial se ha venido definiendo desde Washington durante los últimos 75 años y, de forma más clara, desde la caída de la URSS en 1991.
La bandera de las trece franjas y las cincuenta estrellas ha representado durante décadas, para muchos —aunque no para todos—, el símbolo de la democracia, el Estado de derecho y la libertad. Sin embargo,
la nación que parecía querer expandir la democracia más allá de sus fronteras, atender la seguridad colectiva, normalizar el libre comercio como fuente de riqueza y aspirar a liderar el mundo libre (no sin contrapartidas, todo sea dicho) ha cambiado de prioridades de la noche a la mañana.
"La escena que nos dejaron Trump y Vance en el Despacho Oval, delante de la prensa, junto al presidente Zelenski, será estudiada por las generaciones venideras"
Dejo a los historiadores la determinación historiográfica exacta del momento en que este paradigma saltó por los aires, aunque estoy convencido de que la escena que nos dejaron Trump y Vance en el Despacho Oval, delante de la prensa, junto al presidente Zelenski, tiene muchas papeletas para convertirse en ese hito histórico que será estudiado por las generaciones venideras.
La primera potencia del mundo abroncando al presidente de un país aliado, elegido democráticamente, que resiste la invasión rusa, y frivolizando sobre su vestimenta. Si, como decía Marshall McLuhan, "el medio es el mensaje", ese día EE. UU. envió al mundo uno bastante clarificador, que no parece indicar nada bueno. Sorprende la frivolidad con la que acepta que se siente más cómodo en los
realities televisivos que en las reuniones de Estado entre líderes mundiales.
Aquel día yo también estaba en Washington como miembro de una misión del Partido Popular Europeo para estrechar lazos con nuestros aliados al otro lado del Atlántico. La visita estaba programada antes de la victoria de Trump. Durante toda la semana nos reunimos con congresistas y senadores, tanto del Partido Republicano como del Demócrata, con académicos, analistas e incluso militares. Conozco bien Estados Unidos: estudié allí, trabajé allí y vuelvo, como mínimo, un par de veces al año, y
jamás me había sentido tan desconcertado y ajeno al marco mental de la política americana. La sensación con la que regresé es descorazonadora. Sospecho que para esta nueva Administración americana la seguridad colectiva, el Estado de derecho y la promoción de la democracia y el comercio han dejado de ser una prioridad. Y lo peor de todo, lo que sospeché aquellos días no ha hecho sino confirmarse cada día que pasa.
"Podemos transaccionar todos"
La doctrina Trump parece carecer de cualquier voluntad de liderar el mundo, incluso de liderar Occidente. Se trata de una renuncia anárquica e hiperbólica a ejercer cualquier tipo de hegemonía o a consolidar cualquier esfera de influencia ejecutada a golpe de tuit con el único objetivo de enardecer a sus seguidores en casa, completamente ajeno al impacto de sus decisiones en el mundo.
Si yo fuera un competidor de Estados Unidos —es decir, si yo fuera China—, estaría bastante contento con que la política exterior americana consistiera en sembrar la desconfianza en sus aliados —fuerte con Ucrania y transaccional con Rusia—, imponer aranceles a sus socios comerciales, reducir su inversión en terceros países y replegarse sobre sí mismo. Sorprende que parezca que su objetivo sea pasar de ser el pilar fundamental de un orden mundial que lideraban a convertirse en su mayor distorsionador. Las consecuencias serán devastadoras para un sistema político decadente que parece estar permutando de una gerontocracia a una oligarquía de gurús tecnológicos.
"En solo tres meses, Trump ha deteriorado todas las grandes alianzas históricas de Estados Unidos y dinamitado un orden multilateral"
En solo tres meses, Trump ha deteriorado todas las grandes alianzas históricas de Estados Unidos y dinamitado un orden multilateral que, con mucha dificultad, ha conseguido avanzar entre el derecho internacional y los equilibrios de sistema políticos dispares desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Ha insinuado la anexión de Canadá y Groenlandia, impuesto los mayores aranceles a todos sus socios comerciales, y humillado a Ucrania y a sus dos vecinos más cercanos (Canadá y México), enviando un mensaje poco esperanzador para otros países como Taiwán. Respecto a Europa, ha declarado que "la UE se fundó para fastidiar a Estados Unidos", nos ha impuesto aranceles —no íbamos a ser menos— calculados a dedo y sin ningún tipo de base económica y su vicepresidente nos ha sermoneado en Múnich y en París. Como si J. D. Vance pudiera sermonear a alguien con un mínimo de sentido común…
Nuestra respuesta solo puede ser la Unión. La unión y el descaro de entender que, en un mundo en el que todo es transaccionable, podemos transaccionar todos.
Trump (y algunos de sus secuaces tecnológicos) amenazan a la UE desde fuera, pero también desde dentro, apoyando partidos desestabilizadores que van a tener que explicar muy bien en qué benefician los aranceles estadounidenses a sus países. Quienes apuestan por "Hacer Europa grande otra vez" harían bien en cumplir lo que prometen y entender que la grandeza de Europa está en unirnos: en el rearme conjunto, en la búsqueda de la competitividad europea en un mundo hostil y en la lucha contra nuestra mayor amenaza en materia de seguridad, Putin. Sorprende que hasta Le Pen lo haya entendido mejor que Abascal.
Es pronto para sacar demasiadas conclusiones sobre qué representará la segunda Administración Trump para el futuro de Estados Unidos y del mundo. De momento, la bolsa y los datos macroeconómicos no muestran resultados demasiado esperanzadores para EE. UU. Pero una cosa está clara:
el problema de tratar mal a tus amigos es que acabas quedándote solo. Y que, además, terminas uniendo a todos los demás.