

En círculos políticos, sociales y académicos que estiman en algo el valor de la democracia liberal reina un amplio consenso en torno a un doble diagnóstico. Uno es la coincidencia sobre el grave estado de salud que atraviesa la democracia liberal. El segundo consenso apunta al populismo en general, y al populismo de derecha o nacionalpopulismo en particular, como el principal responsable de la crisis o regresión democrática.
El matiz de la atribución de responsabilidades es importante, porque colocar en pie de igualdad a las variantes socialpopulista y nacionalpopulista equivale a incurrir en una falsa simetría, y ello por tres razones.
"Colocar en pie de igualdad a las variantes socialpopulista y nacionalpopulista equivale a incurrir en una falsa simetría"La primera es de escala: en nuestro entorno geopolítico los partidos nacionalpopulistas son más en número y, sobre todo, gozan de un mayor respaldo entre la ciudadanía que su némesis socialpopulista. La evidencia no arroja dudas. Entre 2010 y 2024, partidos populistas de derecha ha participado o participan, en solitario o en coalición, en los gobiernos de 14 países de la Unión Europea, entre ellos Hungría, Polonia, Italia, Austria y Holanda. En ese mismo periodo, la izquierda populista ha accedido a los gobiernos nacionales de Grecia, con Syriza, y España, con Podemos —partido que, por lo demás, abandonó su estilo populista con su entrada en el Gobierno de coalición con el Partido Socialista Obrero Español—. Tras las elecciones en el último año, no se adivina en el horizonte que los otros dos partidos populistas de izquierda de cierta entidad, La France Insoumise y la alemana Alianza Sahra Wagenknecht, accedan a responsabilidades de Gobierno a nivel nacional.
"Hoy vivir y experimentar todo a un ritmo trepidante atraviesa nuestra existencia. La economía, la cultura, la ciencia y la tecnología mutan a ritmo vertiginoso"Postular un modelo de patria en la que no tiene cabida todo el mundo en tanto que persona titular de derechos, por ejemplo, migrantes o personas del colectivo LGTBI, equivale a poner en entredicho esos valores. El populismo de derecha articula su visión de la vida política como un combate contra "enemigos" varios en aras de la recuperación nostálgica de una patria ancestral en la que todos éramos "de los nuestros".
Urge analizar las razones del éxito incuestionable de esta familia de partidos en términos de poder y de influencia. Las explicaciones que se centran en momentos críticos, como la crisis económica que arrancó en 2008, la crisis migratoria de 2015 en Occidente, la crisis sanitaria de 2020 o, ahora solo para el caso español, el procés independentista catalán que supuso el pistoletazo de salida para la irrupción de Vox con ocasión de las elecciones andaluzas de 2018, se antojan insuficientes y cortoplacistas.
No cabe duda de que el ascenso del nacionalpopulismo es tributario de esas crisis y que ayudan a explicar el momento de su irrupción. Así por ejemplo, Alternativa por Alemania (AfD), surgida en 2013, calificó como un "regalo" la decisión de Angela Merkel en 2015 de abrir las fronteras a migrantes procedentes de países en guerra. Sin embargo, para comprender su éxito conviene ir más allá de factores precipitantes y atender a dos procesos acompañantes de la sociedad moderna en la última fase de su despliegue: la aceleración de los ritmos temporales y su contracara, el sentimiento de pérdida como fruto del cambio vertiginoso en los ámbitos social, político, cultural y tecnológico. La velocidad acarrea pérdidas. Desde esta forma de mirar entendemos mejor el énfasis del populismo de derecha en la soberanía perdida (Take back control [Retomemos el control] fue el eslogan de los partidarios del Brexit, y Make America Great Again [Hagamos América grande de nuevo]es la denominación del movimiento liderado por Donald Trump). Me centraré a continuación en el segundo aspecto, la aceleración social y la respuesta nacionalpopulista en forma de atajos decisorios.
La sociedad moderna viene acompañada de una nueva experiencia del tiempo. Modas, productos, valores o prácticas establecidas devienen volubles y efímeros a una velocidad de vértigo. Consumimos fast food, vestimos fast fashion, algunos practican el speed-dating y el date-stacking, escuchamos notas de audio y pódcast en nuestros dispositivos móviles a x1,5 de velocidad, y leemos en unos pocos minutos las noticias destacadas en la versión exprés de las ediciones digitales de prensa; todo ello mientras lidiamos con las servidumbres del multitasking. Hoy vivir y experimentar todo a un ritmo trepidante atraviesa nuestra existencia. La economía, la cultura, la ciencia y la tecnología mutan a ritmo vertiginoso.
La política democrática, en cambio, es lenta por definición. Existe un problema de sincronización entre la política, por un lado, y el resto de subsistemas, por otro lado, al que el nacionalpopulismo ofrece una respuesta que resuena en una parte importante de la ciudadanía que demanda decisiones rápidas, aunque sea (y este es un rasgo peculiar suyo) a costa de pérdida de controles democráticos.
"El nacionalpopulismo apuesta por acortar los tiempos políticos. Su objetivo es adoptar decisiones rápidas, da igual que las tome un 'hombre fuerte'. Lo importante es la instantaneidad, aunque sea al precio de calidad democrática"El nacionalpopulismo apuesta por acortar los tiempos políticos. Su objetivo es adoptar decisiones rápidas, da igual que las tome un hombre fuerte. Lo importante es la instantaneidad, aunque sea al precio de calidad democrática, aunque se vean sacrificados sus valores constitutivos. Se trata de una tendencia que vienen detectando desde hace décadas encuestas de amplio aliento, como la Encuesta Mundial de Valores, la Encuesta Europea de Valores o la Encuesta Social Europea. En esta tesitura, el populismo de derecha promete acelerar la toma de decisiones mediante la celebración de referéndums y la apertura a iniciativas ciudadanas para que sea el pueblo, y no las élites, quien decida. Se trata de un aspecto que, sorpresivamente, ha pasa ampliamente desapercibido en la opinión pública, a pesar de que figura blanco sobre negro en los programas electorales o de principios de partidos de formaciones como el Frente Nacional (FN; desde 2018 rebautizado como Agrupación Nacional) y Reconquista en Francia, AfD, el Partido de la Libertad Austriaco (FPÖ) o Vox, entre otros.
Sirva a modo ilustrativo de la centralidad programática que ese mecanismo decisorio expeditivo adquiere en sus filas que uno de los grupos políticos del Parlamento Europeo en su octava legislatura se denominaba Alianza por la democracia directa en Europa (2014-2017), luego refundado como Europa de la libertad y de la democracia directa (2017-2019). A lo largo de su existencia, el grupo incluyó al Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), la AfD y el Movimiento Cinco Estrellas italiano. La propuesta es un specificum del nacionalpopulismo. Ninguna otra corriente política propone recurrir a referéndums e iniciativas legislativas populares como forma rutinaria para adoptar decisiones, esto es, más allá de aquellos casos (relativamente) excepcionales contemplados en los órdenes constitucionales de las democracias liberales.
Al fin y al cabo, si —como postula el populismo— el pueblo es el soberano último, ¿qué mejor que darle directamente la capacidad decisoria final? Que el pueblo sea en última instancia quien decida, forma parte de la esencia de la democracia. Por esta razón, el nacionalpopulismo desafía al adjetivo del binomio democracia liberal, no al sustantivo. Aspira a otra forma de democracia, a una democracia referendaria vaciada de cualquier resquicio de liberalismo: de división de poderes, de pluralismo social y mediático, de una igualdad y libertad reales para todos y todas, de disposición al compromiso (el referéndum se decide entre un sí y un no, sin matices intermedios).
"El nacionalpopulismo aspira a una democracia referendaria vaciada de cualquier resquicio de liberalismo: de división de poderes, de pluralismo social y mediático, de una igualdad y libertad reales para todos y todas, de disposición al compromiso (el referéndum se decide entre un sí y un no, sin matices intermedios)"Francia ilustra la centralidad de la democracia directa en el espacio nacionalpopulista. Desde mediados de la década de 1980, el FN convirtió en una de sus señas de identidad, en palabras del recién fallecido Jean-Marie Le Pen, la idea de "dar la palabra al pueblo" y lograr un "ensanchamiento de la democracia". Pese al giro "desdiabolizador" desde que asumió la dirección del partido en 2011, en este respecto su hija le ha permanecido fiel.
La AfD también hace bandera de la democracia directa. En su primera comparecencia a unas elecciones al Bundestag, en 2013, hizo campaña para la celebración de un referéndum para la salida del euro. El capítulo que abre su Programa por Alemania, de 2016, lleva por título Plebiscitos según el modelo suizo. En un enmarcado populista que contrapone al pueblo con la élite, según la AfD la experiencia del país helvético parte de la premisa de que "los ciudadanos se comportan de una forma más orientada al bien público que los políticos profesionales". Por lo tanto, la AfD considera innegociable su postura, incluso en la remota posibilidad de una coalición futura, dada la persistente del cordón sanitario o Brandmauer (resistencia de otros partidos a colaborar con ellos). El FPÖ austriaco también aboga por impulsar la democracia directa. Igual que había proclamado en documentos precedentes, el programa electoral con el que ganó las elecciones de 2024 recogía expresamente la promesa de "ampliar la democracia directa" e "introducir la iniciativa popular".
"Si Vox hubiese vindicado la democracia directa, ello hubiese constituido un arma de doble filo que habría dado alas a las demandas independentistas de autodeterminación en Euskadi y Catalunya"
Y Vox, ¿cuál es su posicionamiento sobre la democracia directa? Partidos homólogos hace tiempo que hicieron suya la propuesta de la democracia directa, pero hasta hace poco la versión española del nacionalpopulismo ha constituido una rareza en el panorama europeo a este respecto. Es un recién llegado a esta oferta. Hay una razón explicativa del silencio. Desde la restauración democrática en España, la fórmula decisoria del referéndum ha sido reivindicada de forma insistente por los nacionalismos periféricos. Si Vox hubiese vindicado la democracia directa, ello hubiese constituido un arma de doble filo que habría dado alas a las demandas independentistas de autodeterminación en Euskadi y Catalunya.
La anomalía de Vox en perspectiva comparada dejó de ser tal en 2022. Coincidiendo con la celebración en Madrid del acto Viva 22. La historia que hicimos juntos, Vox presentó su manifiesto España decide. El documento se desapercibió ampliamente en la opinión pública, pero tiene su relevancia en la medida que supuso la puesta al día del partido soberanista español respecto a la democracia referendaria. Se trataba, sostenía, de "recuperar nuestra democracia de mano de la partitocracia […] que ha traicionado al pueblo y también al parlamentarismo". Aunque no emplean el término referéndum, no a otra cosa se refieren al exigir consultas a la ciudadanía apelando al artículo 92 de la Constitución, que contempla la posibilidad de celebrar referéndums consultivos (la Constitución española no admite que sean vinculantes) sobre políticas públicas de especial trascendencia. Entre las cuestiones que Vox aspira a someter a votación destacan la inmigración, la educación, las leyes de violencia de género, la ilegalización de partidos independentistas, el tratamiento y almacenaje de datos personales fuera de España por parte de los gigantes tecnológicos, un plan nacional del agua, el modelo energético o la subvención a partidos políticos (en cuyo marco afirman, con inequívocos ribetes populistas, que "el cambio real pasa por acabar con la fiesta de los poderosos"), sindicatos o patronales. Al final, sostienen, se trata de que España decida y recupere su soberanía. Obsérvese, y este es un hilo común con los temas que el nacionalpopulismo propone someter a la democracia directa, que se trata siempre de cuestiones con un alto potencial emocional.
Cualquier intento de comprender el auge del populismo de derecha ha de abordar las razones por las que su oferta resuena en sectores considerables de la población, en grado no menor precisamente entre la juventud —precisamente el segmento de edad más expuesto a ritmos acelerados de vida y, además, sin experiencia directa (y cada vez menos memoria) de lo que significa vivir en regímenes de libertades anuladas y vidas segadas como fueron las distintas dictaduras que asolaron Europa en el siglo XX—. Poner el foco en aspectos como la aceleración puede servir para otra forma de contemplar el nacionalpopulismo, quién sabe si para dar con medidas eficaces para desactivar el desmantelamiento paulatino de los diques liberales que vive la democracia en nuestro entorno geopolítico.

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