En los obituarios al uso, suele decirse que la muerte de un líder político marca el fin de una era, de un ciclo o incluso de una época. Pero en el caso de Jean-Marie Le Pen es exactamente lo contrario: su legado permanece hoy más vivo que nunca. El Front National (FN), partido que él contribuyó a fundar en 1972, sentó las bases de la actual Internacional Reaccionaria que ahora tanto denuncian Macron y otros líderes.
"El Front National (FN), partido que Le Pen contribuyó a fundar en 1972, sentó las bases de la actual Internacional Reaccionaria que ahora tanto denuncian Macron y otros líderes"
Aquel hijo de un pescador bretón, cuyos primeros ingresos provinieron de la venta de grabaciones de los discursos de Hitler y que fue acusado de torturar a argelinos durante la guerra de independencia —algo que a veces admitió y otras negó—, se convirtió durante casi cuarenta años en el referente de las primeras extremas derechas que nacieron en Europa, entonces totalmente extemporáneas y marginales, social y políticamente. En las cinco veces que se postuló para presidente de la República obtuvo como máximo el 17% de los votos y nunca se convirtió en un actor determinante en la escena política nacional ni europea. Lo significativo, sin embargo, es que su biografía —y la de todo su clan político— sirve para ilustrar, de forma casi modélica, el tránsito recorrido por la nueva extrema derecha desde aquella marginalidad política inicial hasta su actual consolidación y expansión mundial.
Después de estudiar derecho en París, Le Pen se convirtió en presidente del sindicato de estudiantes y fue elegido diputado en 1956 por la candidatura de la Unión y la Fraternidad Francesa encabezada por Pierre Poujade, un político populista y abiertamente antisemita. El Front National, que pronto lideró, nació de una extraña amalgama que reunía a nostálgicos de Vichy, antigaullistas, poujadistas, neofascistas, orleanistas y otros grupúsculos de la dispar grey en que se había convertido la extrema derecha francesa después del debacle de la Segunda Guerra Mundial. Buscó apoyo entre homólogos del continente y encontró en el partido neofascista italiano MSI —fundado tan pronto como 1946— una fuente de inspiración y soporte económico. De hecho, adoptó hasta su símbolo, una llama parpadeante en los tres colores nacionales, solo que el verde, blanco y rojo de la bandera italiana se convirtió en los colores de la tricolor francesa.
Su discurso se nutrió, en gran medida, de la ira de muchos franceses indignados por la independencia concedida por Charles de Gaulle a sus antiguas colonias, y en especial la de Argelia, un verdadero trauma nacional. Desde entonces, de Gaulle, aquel líder que personificó la Résistance, fue objeto del odio furibundo de Le Pen, quien lo calificaba de "traidor". Y es que para Le Pen la cuestión colonial era fundamental para su mitomanía nacionalista: el gran imperio francés debía preservarse a toda costa, porque era una de las bases de la
Grandeur francesa.
La primera prueba electoral del nuevo partido, las legislativas de 1973, resultó en fracaso: obtuvo menos del 0,5% de los votos. Desgarrado por las disensiones internas y la dura competencia con su rival —el Partido de las Fuerzas Nuevas con su brillante líder Pascal Gauchon al frente— el FN permaneció en la irrelevancia política durante diez años. En las elecciones europeas de 1979, las dos organizaciones no lograron ponerse de acuerdo para presentar una lista conjunta de candidatos. En las presidenciales de 1981, sus dirigentes no reunieron las quinientas firmas de representantes electos necesarias para presentarse a la presidencia. En las elecciones legislativas que siguieron, sus candidatos obtuvieron menos del 0,2% de los votos.
Pero tras una década en la periferia del sistema, el gran avance del Front National se produjo —insospechadamente— a principios de los años ochenta. Prosperó gracias a la recesión económica desatada en 1973 y los inevitables correlatos socioeconómicos de toda crisis: el desempleo y el creciente descontento popular con los partidos tradicionales, a los que más tarde se unieron los temores a la unificación europea y las incertidumbres del poscomunismo. Fue entonces cuando el neoliberalismo empezó a sentar sus reales en la política mundial u aquí sigue.
"El enemigo principal del FN siempre fue, ha sido y sigue siendo el mismo: la inmigración, entendida como fuente de inseguridad ciudadana y desempleo"
El enemigo principal del FN siempre fue, ha sido y sigue siendo el mismo: la inmigración, entendida como fuente de inseguridad ciudadana y desempleo. Sus lemas "Francia debe volver a ser para los franceses" y "Tres millones de desempleados. Tres millones de inmigrantes" fueron lo suficientemente claros y expeditivos como para empezar a arrebatar votantes a la izquierda. Lo contó y analizó magistralmente Didier Eribon en su
Regreso a Reims utilizando a su propia familia y vecinos como ejemplo y objeto de estudio.
Ya en 1984, las elecciones al Parlamento Europeo supusieron el definitivo despegue electoral del FN: más de dos millones de votantes apoyaron su candidatura, llamada Front d'Opposition Nationale pour l'Europe des Patries, que obtuvo el 11,2% de los votos y diez escaños. Dos años más tarde, fue François Mitterrand quien inesperadamente les ayudó a ingresar a la Asamblea Nacional, al reformar de la ley electoral que pretendía debilitar a los conservadores por su flanco derecho.
Le Pen descubrió, además, la influencia que tenían los medios de comunicación y comenzó a practicar una oratoria de la provocación que le permitía llamar la atención y ocupar minutos en televisión y portadas de diarios. Era a la vez un provocador profesional y un orador talentoso que despertaba la atención de los televidentes, que se posicionaban a su favor o en su contra. Fue, de hecho, uno de los primeros adalides del uso del lenguaje políticamente incorrecto en política y de la rotura de consensos: señaló el principio del fin del fair play en los usos y costumbres políticas.
"Era a la vez un provocador profesional y un orador talentoso que despertaba la atención de los televidentes, que se posicionaban a su favor o en su contra"
En 1988, durante la campaña electoral presidencial, habló en un estadio de fútbol abarrotado en Marsella. Las luces se atenuaron y la
Marcha triunfal de la
Aida de Verdi resonó por los altavoces. Así que toda la luz se dirigió al podio: allí estaba el líder, Jean-Marie Le Pen.
La multitud gritó su nombre durante muchos minutos. Una escenografía muy al estilo de las concentraciones del NSDAP en Nuremberg. Luego defendió la pena de muerte y la deportación de árabes.
Las elecciones presidenciales de 2002 supusieron el acmé de su carrera política, desbancando en segunda vuelta al líder de los socialistas, Lionel Jospin. Pero los franceses le consideraron una seria amenaza para la democracia y se produjo una histórica movilización de votos a favor del otro candidato, Jacques Chirac, que cosechó nada menos que un 82% de las papeletas totales. Desde entonces, la expresión faire barrage à Le Pen —bloquear a Le Pen— se ha convertido en parte del vocabulario político habitual del país vecino. Hace pocos meses, sucedió lo mismo.
Aquella abrumadora victoria de Jacques Chirac precipitó el inicio del fin de su liderazgo en la formación. Aunque él mismo dijo que retirarse sería como morir, tuvo que hacerlo en 2011, delegando el liderazgo en su propia hija, Marine Le Pen, y distribuyendo su herencia política: su nieta, Marion Maréchal, también se volvió activa en el partido, aunque más tarde se unió al rival de Marine, Éric Zemmour, de quien también se ha distanciado ahora y funciona como un electrón extremista libre.
"Desde las elecciones de 2002, la expresión 'faire barrage à Le Pen' —bloquear a Le Pen— se ha convertido en parte del vocabulario político habitual del país vecino"
Cuando Marine asumió el liderazgo del Front National, su principal misión fue desdemonizar (dédiaboliser) el partido, es decir ganar estatus de partido de estado y acabar de conquistar a la clase trabajadora en el norte y este de la Francia desindustrializada por las deslocalizaciones, con población inmigrante y empobrecida.
Para remarcar las diferencias con su padre, cambió el nombre del partido por Rassemblement National, construyó su sede en Hénin–Beaumont —lejos de la capital parisina— y eliminó parte del conservadurismo moral de la formación, como la oposición al aborto o a los homosexuales. Bajo Marine, todas las referencias a la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el dominio colonial de Francia fueron evitadas. Un
aggiornamento en toda regla cuyos pasos se pueden seguir en la excelente y minuciosa monografía de José Antonio Rubio Caballero,
El mal francés. Medio siglo de nacional-populismo. De Le Pen a Zemmour (1972-2022).
"Aunque la xenofobia y el racismo persisten, Marine, a diferencia de su padre, se ha consolidado como un importante activo político"
Aunque la xenofobia y el racismo persisten, Marine, a diferencia de su padre, se ha consolidado como un importante activo político.
En las tres elecciones presidenciales a las que se ha presentado, ha superado paulatinamente sus resultados: en 2022, consiguió el 41,5% de los votos en segunda vuelta contra Emmanuel Macron. En las legislativas de 2024, convocadas a toda prisa por el mismo Macron después de la debacle de las europeas, su candidato, Jordan Bardella, ganó la primera vuelta. Pero el resto de fuerzas políticas —de izquierda a derecha— volvieron a hacer de nuevo
barrage al candidato extremista y en la segunda y definitiva vuelta quedó en tercer lugar.
En definitiva, la hija ha logrado lo que su padre nunca imaginó: acercar a la extrema derecha al poder. Aunque el propio Jean-Marie nunca dejó de criticarla: "si dejas de ser el diablo, si te dejas desintoxicar, entonces te conviertes en la derecha de siempre".
Desintoxicarse es, aquí, la palabra clave, porque ahora estamos instalados en tiempos altamente tóxicos, políticamente hablando. En 2018, cuando Jean-Marie Le Pen publicó sus memorias, se convirtieron en todo un éxito de ventas y se presentaron como "el testimonio de un hombre que encarna parte de la historia francesa". Como bien dijo Álvarez Junco, el pasado también puede ser —y de hecho suele ser—
"sucio". Ambivalente. Claroscuro.
Por eso puede decirse que el viejo Le Pen ha ganado la batalla final después de muerto, como dicen que hizo el Cid en su momento: aquellas políticas que defendió en los ochenta (fronteras cerradas, deportaciones, aranceles, renacionalización de Europa (l'Europe des Patries) y restauración de la Grandeur perdida) —que en su momento parecían aspavientos excéntricos de un agitador político más o menos inocuo— están ahora en su pleno apogeo. No solo en Francia, sino en todo eso que llamamos mundo occidental y en casi todas esas a las que solíamos referirnos como democracias "avanzadas". Jean-Marie Le Pen se ha ido, pero su legado —lo peor de su legado— está más vivo que nunca.