La crisis de la V República en Francia que acerca la victoria de Marine Le Pen
El primer ministro francés, Michel Barnier, se enfrenta este miércoles a un voto que, previsiblemente, acabará en la censura a su ejecutivo. El economista Miguel Ortiz —que desarrolló parte de su labor investigadora en SciencesPo Paris— analiza la situación política francesa y la disyuntiva que se le presenta a Emmanuel Macron para intentar salvar su legado político: darle el Gobierno a la izquierda o permitir un Gobierno conservador con ministros de Marine Le Pen.
Michel Barnier se enfrenta a la que podría ser su última votación como primer ministro hoy en la Asamblea Nacional. | Antonin Burat / Zuma Press / ContactoPhoto
Michel Barnier asumió el puesto de primer ministro hace apenas mes y medio con el enorme reto de dotar a Francia de un Gobierno estable. El mandato de Barnier se basa en impulsar las reformas necesarias para que la última legislatura de Emmanuel Macron no destruya su legado como presidente. En concreto, emprendiendo el camino de la reducción de un déficit estructural que no deja de crecer y reducir el ratio de deuda que lastra la economía francesa y dificulta su capacidad de financiación, haciendo incluso crecer la prima de riesgo sobre los bonos franceses hasta prácticamente los noventa puntos básicos, niveles no vistos desde 2012.
Nada más asumir el cargo, el nuevo Gobierno francés se puso en marcha con un plan de ajuste fiscal para presentar a la Comisión Europea. En apenas un mes desarrolló un proyecto creíble de reducción del gasto que incluye cambios en la administración pública con el objetivo de devolver al país a la senda de la estabilidad.
El plan fiscal busca reducir el déficit al 3% en 2029 y se articula en tres leyes clave. La primera, la de finanzas públicas, contempla recortes significativos en el gasto público, eliminando programas sociales y subsidios considerados menos prioritarios, aunque incluye medidas para atraer el apoyo de sectores de izquierda. La segunda, la de Seguridad Social, ajusta las cuentas en áreas como salud y pensiones, aunque podría aumentar la vulnerabilidad de los sectores más desfavorecidos. La tercera, la de cierre presupuestario anual, permite realizar ajustes finales en el presupuesto para garantizar el cumplimiento de los objetivos financieros.
"Le Pen ha trabajado en los últimos años para construir un perfil más social y distanciarse de los planteamientos económicos tradicionales de la derecha"
Ante la falta de consenso, Barnier ha optado por recurrir al artículo 49.3 de la Constitución francesa para hacer pasar la reforma de la Seguridad Social, que permite al Gobierno aprobar una ley sin votación en la Asamblea Nacional, salvo que prospere una moción de censura. Este mecanismo, que acelera la tramitación legislativa en situaciones de bloqueo parlamentario, tiene un alto coste político, ya que si la moción es aprobada, el Gobierno cae.
La decisión ha suscitado fuertes críticas al Ejecutivo por haber evitado el debate parlamentario y ha llevado al Rassemblement National, el partido de Marine Le Pen, a respaldar la moción de censura promovida por las fuerzas de izquierda.
Ni la izquierda ni el partido de Le Pen están dispuestos a asumir el desgaste social que implicaría apoyar estos recortes, especialmente en el ámbito de la Seguridad Social. En particular, Le Pen ha trabajado en los últimos años para construir una imagen más orientada hacia lo social y alejarse de los enfoques económicos tradicionales de la derecha.
La caída de Barnier no es, en realidad, culpa suya. El gran responsable es el propio Macron, cuya última legislatura será recordada como un auténtico desastre, salvo que cambie pronto su rumbo, algo que no parece previsible. El presidente de la República se presentó al mundo como el renovador del sistema, el hombre que devolvería la fe al pueblo francés uniendo las distintas voces y sensibilidades del país, reduciendo la brecha económica mediante una política de igualdad de oportunidades y aplicando las reformas necesarias para que Francia asumiera su papel como economía líder de Occidente.
Pronto quedó claro que no sería así, y el presidente francés no tardó en decepcionar. Si bien hay medidas rescatables e interesantes como el plan France 2030, que prevé una nación industrialmente competitiva con una gran independencia en materia energética, su gestión política ha dado como resultado un fracaso.
Macron no ha sabido responder a las múltiples voces que reclamaban reformas capaces de cohesionar políticamente un país cuya sociedad es cada vez más diversa en términos étnicos, religiosos e ideológicos.
"Macron no ha sabido responder a las múltiples voces que reclamaban reformas capaces de cohesionar políticamente un país cuya sociedad es cada vez más diversa en términos étnicos, religiosos e ideológicos"
Además, sus ciudadanos sienten una creciente desafección hacia el homogéneo sistema de la V República y su monolítica identidad francesa, que parece poco adaptada a los tiempos actuales. El insistente apoyo al Estado de Israel —a pesar de la actuación del país en Gaza y el Líbano— no ha ayudado a calmar las aguas en un país donde una parte importante de la población empatiza altamente con el pueblo palestino, lo que ha contribuido a incrementar las tensiones sociales.
Macron se presentó también como la persona que solucionaría la crisis migratoria y los enormes problemas de integración de las minorías en el país. Como salta a la vista, nada de esto ha ocurrido: el presidente ha basculado entre posiciones conservadoras y ultraconservadoras, sin concretar ninguna medida en la práctica y dando palos de ciego.
Además, su creciente autoritarismo en política exterior ha dañado la imagen de Francia y ha perjudicado los intereses nacionales. Por ejemplo, su insistencia en prolongar el conflicto armado en Ucrania a cualquier precio ha deteriorado su relación con terceros países, que ahora ven a Francia como una potencia hostil e intervencionista.
Esto ha llevado a naciones tradicionalmente vinculadas al soft power francés a buscar nuevas alianzas en economía y seguridad. Un caso evidente es el de la Françafrique, que ya se vio sumida en una serie de golpes de Estado de carácter antifrancés y a cuya escalada se han sumado ahora Senegal y Chad, pidiendo la salida de las tropas francesas.
No obstante, cabe decir que la pérdida de relevancia en África y Asia no es algo exclusivamente francés, sino europeo. Fuera de nuestra burbuja —o jardín, en palabras del ya ex alto representante Borrell—, Occidente se ve como un ente agresivo que aplica políticas neocoloniales que restan autonomía a los países que las sufren.
China, sin embargo, se ha ganado a pulso ser considerado un aliado confiable para la mayoría de las naciones del sur global, pues sin disparar un solo tiro ha conseguido ganar una enorme influencia comercial y política mientras actúa como el principal inversor en dichos países, contribuyendo a su desarrollo.
"El país galo vive inmerso en una sensación de tiempo perdido y desaprovechado, de haber pasado de ser un país relevante y respetado a un segundo plano, dentro de una Unión Europea inoperante que no responde a sus intereses"
En términos nacionales, además, el país galo vive inmerso en una sensación de tiempo perdido y desaprovechado, de haber pasado de ser un país relevante y respetado a un segundo plano, dentro de una Unión Europea inoperante que no responde a sus intereses. Esto, aprovechado por Marine Le Pen, ha convertido a Rassemblement National en la gran alternativa en la derecha del espectro político, solo frenada por la unión in extremis de las distintas formaciones de izquierda.
Si todo esto fuera poco, Macron decidió adelantar las elecciones "a lo Pedro Sánchez", pensando que esta estrategia beneficiaría sus intereses. Sin embargo, olvidó que la mayoría parlamentaria que sostenía al presidente español se basaba en una compleja red de alianzas, algo difícilmente replicable en Francia, al menos por ahora.
El resultado fue el previsible: un parlamento altamente fraccionado, donde la gobernabilidad es prácticamente imposible, como en tiempos de la III y IV Repúblicas, donde se vieron gabinetes verdaderamente inoperantes, y cuya inestabilidad el sistema actual venía a corregir.
"Macron debería elegir entre dar la responsabilidad de Gobierno a la izquierda, que tiene una mayoría relativa; o ceder ante las presiones de Rassemblement National y permitir un Gobierno conservador que incluya ministros del partido de Le Pen"
Si finalmente cae el Gobierno Barnier, Macron se encontraría ante una compleja disyuntiva. No puede convocar elecciones hasta que se cumpla un año natural desde la convocatoria de las anteriores. Entonces, debería elegir entre dar la responsabilidad de Gobierno a la izquierda, que tiene una mayoría relativa; o ceder ante las presiones de Rassemblement National y permitir un Gobierno conservador que incluya ministros del partido de Le Pen. Esto significaría que, por primera vez en la historia de la V República, la extrema derecha entraría en el Gobierno.
Esto, además, beneficiaría enormemente a Marine Le Pen, pues sin necesidad de quemarse políticamente (es muy probable que ni ella ni su segundo, Jordan Bardella, entrasen en dicho gabinete), influirían de forma decisiva en las decisiones políticas que se tomasen en Francia hasta el fin de la era Macron en 2027. De ser así, esta era terminaría en una gran claudicación, un presidente debilitado y con el peso de haber fracasado en su intento de construir un nuevo Estado en el que el pueblo francés pudiese confiar.
Miguel Ángel Ortiz-Serrano
Profesor de Historia de la Empresa en CUNEF Universidad.
Es doctor en Historia Económica por la Universidad Carlos III de Madrid y fue profesor de Economía en la Universidad de Sussex (Reino Unido). Ha desarrollado el grueso de su actividad investigadora en Sciences Po Paris, donde se ha especializado en el estudio de los mercados financieros en Francia y Europa a finales del siglo XIX.