El debate sobre una posible guerra en el estrecho de Taiwán suele girar en torno a una pregunta:
¿qué países estarían dispuestos a intervenir militarmente si China intentara tomar la isla por la fuerza? Para Estados Unidos, Japón o Australia es una cuestión inevitable. En cambio,
Europa parte de una posición distinta.
La mayoría de los países europeos difícilmente serían protagonistas militares de una guerra en torno a Taiwán, pero sí disponen de una herramienta con la que podrían contribuir a la disuasión sin desplegar fuerzas en Asia:
el peso económico de la Unión Europea.
"La UE dispone de una herramienta con la que podrían contribuir a la disuasión sin desplegar fuerzas en Asia: su peso económico"
La UE, como
actor geopolítico,
tiene un interés directo en preservar el statu quo en el estrecho de Taiwán y se opone a cualquier intento unilateral de modificarlo mediante la fuerza o la coerción. Además, el debate sobre si debería apoyar directamente a Taiwán en caso de conflicto ya
ha sido planteado.
Asimismo, existe un
interés económico propio.
La estabilidad del estrecho afecta directamente a la prosperidad europea. Taiwán ocupa una posición fundamental en las cadenas internacionales de semiconductores y las propias autoridades europeas han señalado la importancia estratégica del estrecho para el
comercio y la economía de Europa.
Dicho interés ofrece margen para
desarrollar una estrategia económica específicamente dirigida a elevar el coste que tendría para China iniciar una guerra. Este no es un terreno nuevo para Europa, que cuenta ya con algunos precedentes e instrumentos sobre los que trabajar.
En 2021, Lituania profundizó sus relaciones con Taiwán y empresas del país comenzaron después a denunciar problemas con contratos, envíos y solicitudes de importación en China. En respuesta,
el Parlamento Europeo identificó explícitamente esas medidas como coerción económica china contra Lituania. La reacción europea convirtió una disputa que inicialmente podía parecer bilateral, entre China y un Estado pequeño, en un problema para el conjunto de la Unión.
Por aquellas fechas, la UE desarrollaba además una herramienta de mucho mayor alcance: el
Instrumento Anticoerción, adoptado por el Consejo en octubre de 2023 para
disuadir a terceros países de utilizar medidas comerciales o de inversión con el fin de ejercer coerción económica contra la Unión o sus Estados miembros. El mecanismo contempla respuestas comerciales
cuando un tercer país trata de condicionar mediante presión económica una decisión política soberana.
Ese principio podría trasladarse a una cooperación más amplia entre socios. China cuenta con una ventaja evidente cuando presiona a una economía pequeña: puede concentrar una parte considerable de su poder económico sobre un solo país.
La relación cambia si enfrente no está únicamente Lituania —o cualquier otro Estado de tamaño similar—, sino una coalición formada por algunas de las mayores economías del mundo.
"La relación cambia si enfrente no está únicamente Lituania —o cualquier otro Estado de tamaño similar—, sino una coalición formada por algunas de las mayores economías del mundo"
Europa, Estados Unidos, Japón, Australia, Taiwán y otros socios podrían
crear mecanismos para repartir las consecuencias de esa coerción. Si China restringiera las importaciones procedentes de un país como respuesta a una decisión política, los demás participantes podrían facilitar mercados alternativos para los productos afectados y explorar otras acciones como proporcionar financiación temporal, acelerar inversiones, reducir determinadas barreras comerciales o ayudar a las empresas a reorganizar sus cadenas de suministro.
Un sistema así no podría garantizar que ningún país perdiera un solo euro por enfrentarse a China. Tampoco estaría concebido para aislar económicamente al país. La UE define a China, al mismo tiempo, como socio, competidor y rival sistémico, y
su política oficial consiste en reducir dependencias y vulnerabilidades críticas cuando sea necesario. El Consejo Europeo ha dejado explícitamente fuera de esa estrategia el desacoplamiento. Entonces, la finalidad sería más limitada porque se trataría de dificultar que China pueda aislar económicamente a otros países uno por uno.
Las consecuencias de un mecanismo semejante irían más allá de las disputas comerciales y
podrían entrar en los cálculos de Pekín sobre Taiwán. Una coalición militar para defender la isla sería necesariamente limitada. Muchos gobiernos europeos podrían condenar una invasión china sin estar dispuestos a enviar soldados, aviones o buques de guerra al Pacífico. La participación económica exige un umbral político considerablemente menor.
"Muchos gobiernos europeos podrían condenar una invasión china sin estar dispuestos a enviar soldados, aviones o buques de guerra al Pacífico"
España, Alemania, Francia, Italia y otros países europeos podrían participar de formas distintas.
Algunos podrían imponer restricciones financieras; otros, contribuir a mantener cadenas de suministro esenciales, facilitar mercados alternativos, proporcionar financiación o coordinar controles tecnológicos. No todos tendrían que asumir exactamente las mismas obligaciones.
Europa dispone además de una relación económica considerable con Taiwán. En 2025,
el comercio bilateral de bienes alcanzó los 68.700 millones de euros y la UE fue el cuarto socio comercial de la isla. Ambas partes mantienen también un Diálogo sobre Comercio e Inversión que incluye cuestiones relacionadas con cadenas de valor críticas y
seguridad económica.
Sobre esa base podría formarse
una coalición de disuasión económica mucho más amplia que cualquier posible coalición militar. Su efecto tendría que producirse precisamente antes de una guerra. Antes de ordenar una operación contra Taiwán, los dirigentes chinos no solo tendrían que calcular la capacidad del Ejército Popular de Liberación para conquistar la isla o impedir una intervención estadounidense, sino también las consecuencias económicas posteriores.
"Antes de ordenar una operación contra Taiwán, los dirigentes chinos no solo tendrían que calcular las consecuencias económicas posteriores"
Si las posibles respuestas estuvieran acordadas de antemano,
una parte de esas consecuencias sería más previsible. Pekín sabría que incluso gobiernos que jamás participarían militarmente podrían responder en el terreno económico y que tratar de castigarlos individualmente podría activar mecanismos de apoyo entre ellos. Europa no tendría que convertirse en una potencia militar del Pacífico para formar parte de ese cálculo.
Esos mecanismos también podrían funcionar antes de cualquier conflicto armado,
protegiendo a países pequeños sometidos a coerción económica por mantener relaciones con Taiwán, profundizarlas o adoptar otras decisiones soberanas contrarias a las preferencias de Pekín.
Lituania permite apreciar la diferencia de escala. Frente a un Estado pequeño que actúa solo,
la enorme distancia de tamaño económico otorga a China una ventaja extraordinaria. Cuando interviene la UE, la relación cambia. El Parlamento Europeo recurrió precisamente al conflicto entre China y Lituania para defender la necesidad de mejores instrumentos frente a la coerción económica.
La Unión
ya ha reconocido jurídicamente el principio de que un tercer país incurre en coerción económica cuando utiliza medidas que afectan al comercio o la inversión para impedir o conseguir que la UE o uno de sus Estados miembros adopte, modifique o retire una determinada decisión.
La propuesta consistiría en extender la capacidad de respuesta más allá de las fronteras europeas mediante la cooperación con otros socios.
La política europea ante una crisis en Taiwán
no se reduce así a mantenerse al margen o enviar fuerzas militares al otro extremo del mundo. Entre ambas posiciones existe margen para utilizar una capacidad que la UE ya posee.
La integración de China en la economía mundial le proporciona influencia, pero también implica que
una confrontación con una coalición suficientemente amplia tendría costes enormes para su propia economía. Europa puede contribuir a que esos costes resulten más previsibles.
La UE ha reiterado que la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán tienen
importancia estratégica para la seguridad y la prosperidad regionales y mundiales, y que
tiene un interés directo en preservar el statu quo. Si considera realmente que esa estabilidad forma parte de sus intereses, su contribución no tiene por qué medirse únicamente por el número de barcos que podría enviar a Asia. También puede medirse por el coste económico que China tendría que asumir si decidiera atacar Taiwán.
Europa quizá nunca forme parte del principal escudo militar de Taiwán, pero
sí puede contribuir a construir su escudo económico.