Martes, 28 de julio de 2026
GEOPOLÍTICA

La nueva competencia entre Estados Unidos y China en América Latina

China ha convertido América Latina en un espacio central para su comercio, sus infraestructuras y sus cadenas de suministro. Sin embargo, el analista internacional Fernando Herrera plantea una advertencia: "La influencia económica y la influencia política no son necesariamente lo mismo", escribe. El puerto de Chancay, el giro de Honduras o el cobre chileno ilustran una nueva fase del pulso entre Pekín y Washington.

Fernando Herrera Ramos Fernando Herrera Ramos 3 de julio de 2026
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Donald Trump y Xi Jinping durante la última cumbre entre Estados Unidos y China. | Casa Blanca / Daniel Torok
Donald Trump y Xi Jinping durante la última cumbre entre Estados Unidos y China. | Casa Blanca / Daniel Torok
Durante años, la competencia entre Estados Unidos y China en América Latina se ha interpretado principalmente como una disputa económica. Pekín aumentó su comercio con la región, financió infraestructuras, expandió su presencia empresarial y logró que varios países rompieran relaciones diplomáticas con Taiwán para reconocer a China. Bajo esa lógica, la influencia económica debía traducirse gradualmente en influencia política. Sin embargo, esa premisa se está volviendo menos evidente.

El comercio entre China y América Latina alcanzó en 2024 un nivel récord de aproximadamente 518.470 millones de dólares, frente a apenas 12.000 millones de dólares en el año 2000. China se ha convertido en un actor comercial indispensable para buena parte de Sudamérica, especialmente en países como Brasil, Chile y Perú. Ahora bien, esa centralidad económica no equivale automáticamente a capacidad de alineamiento político.

"La competencia entre Washington y Pekín en América Latina parece estar entrando en una nueva etapa"
La hipótesis central de este artículo es que la competencia entre Washington y Pekín en América Latina parece estar entrando en una nueva etapa. China sigue compitiendo principalmente mediante comercio, inversión, infraestructura y financiamiento. Estados Unidos, por su parte, parece estar reconstruyendo influencia a través de instrumentos políticos: respaldo a candidatos ideológicamente cercanos, cooperación en seguridad, política migratoria, apoyo financiero selectivo y presión diplomática.


Conviene evitar una lectura exagerada: China no está perdiendo América Latina. Las empresas chinas seguirán operando en la región, el comercio continuará creciendo y los gobiernos latinoamericanos no tienen incentivos para abandonar una relación económica que les ofrece mercados, financiamiento e infraestructura. Lo que sí parece estar cambiando es la capacidad de Pekín para convertir esa presencia económica en alineamiento político duradero.

La influencia de China en América Latina ante el giro político regional

Honduras ofrece uno de los ejemplos más claros. En 2023, el gobierno de Xiomara Castro rompió relaciones diplomáticas con Taiwán y estableció vínculos con China. Para Pekín, la decisión representó una nueva victoria diplomática en Centroamérica. También reforzó la idea de que la promesa de comercio, inversión y desarrollo podía modificar la orientación internacional de países que históricamente habían mantenido relaciones con Taipéi.

La situación política hondureña cambió, sin embargo, tras la elección de Nasry Asfura, candidato respaldado públicamente por Donald Trump. Desde entonces, Honduras se ha acercado políticamente a Washington. El nuevo gobierno ha revisado acuerdos firmados bajo la administración anterior y han surgido debates sobre proyectos de telecomunicaciones vinculados a Huawei, así como la posibilidad de sustituir tecnología china por alternativas estadounidenses. En otras palabras, el reconocimiento diplomático a Pekín no garantizó una alineación política permanente.

Perú ofrece un segundo ejemplo, quizá más importante desde el punto de vista económico. El puerto de Chancay es uno de los proyectos de infraestructura más relevantes de China en América Latina. Desarrollado por Cosco Shipping, el megaproyecto busca convertir a Perú en un centro logístico del Pacífico sudamericano y facilitar el comercio entre Sudamérica y Asia. Desde la perspectiva china, Chancay es mucho más que un puerto: simboliza la capacidad de Pekín para construir infraestructura estratégica, conectar cadenas de suministro y ampliar su presencia comercial en el Pacífico.

"La infraestructura puede crear dependencia comercial sin producir necesariamente lealtad política"
La importancia económica de Chancay no impide, aun así, que el liderazgo peruano busque una relación estratégica más cercana con Estados Unidos. Una inversión china de gran escala puede permanecer intacta, ser comercialmente valiosa y coexistir con el gobierno entrante de Keiko Fujimori, quien ha decidido acercarse políticamente a Washington. El caso peruano demuestra que la infraestructura puede crear dependencia comercial sin producir necesariamente lealtad política. Pekín puede construir puertos, financiar obras y convertirse en un socio económico central, pero no controla el resultado de las elecciones ni la orientación estratégica de los gobiernos que llegan después.


Chile confirma la misma tensión desde otra perspectiva. Pocos países latinoamericanos están tan económicamente conectados con China como Chile. China compra casi un 40% de las exportaciones chilenas, especialmente cobre, un recurso fundamental para vehículos eléctricos, redes eléctricas, energías renovables y manufactura avanzada. Sin embargo, la elección de José Antonio Kast representa un giro político hacia la derecha y hacia una visión más cercana a Washington.

Ese giro no implica que Chile vaya a reducir drásticamente su comercio con China. Pekín seguirá siendo un comprador clave del cobre chileno y de otros productos estratégicos. Lo relevante es que la orientación política del gobierno chileno va a acercarse significativamente a Estados Unidos, incluso dentro de una relación económica profundamente marcada por el mercado chino.

La tendencia tampoco termina en estos casos. Argentina representa otro instrumento de influencia estadounidense. Washington reforzó su respaldo al gobierno de Javier Milei mediante un mecanismo de intercambio de divisas por 20.000 millones de dólares y la compra de pesos argentinos. La medida buscó apuntalar la estabilidad económica de un gobierno considerado estratégicamente cercano a Washington.

El Salvador constituye un ejemplo distinto, pero igualmente revelador. La cooperación entre Nayib Bukele y la Administración Trump en materia migratoria y de seguridad muestra que la competencia geopolítica también puede desarrollarse mediante acuerdos políticos. La disposición de El Salvador a recibir deportados desde Estados Unidos fortaleció la relación bilateral y convirtió la seguridad y la migración en instrumentos de influencia regional.

Estados Unidos y China disputan la influencia política en América Latina

Vistas en conjunto, estas experiencias revelan un patrón que hasta hace pocos años resultaba difícil de identificar. China continúa expandiendo su presencia económica, mientras Estados Unidos parece concentrarse cada vez más en recuperar influencia política. La diferencia es importante porque numerosos análisis asumieron durante años que la expansión económica china terminaría produciendo una alineación política permanente.

"China continúa expandiendo su presencia económica, mientras Estados Unidos parece concentrarse cada vez más en recuperar influencia política"
Los acontecimientos recientes sugieren algo más matizado. El comercio, la inversión y la infraestructura generan relaciones económicas duraderas, pero no determinan por sí solos la orientación estratégica de los gobiernos que llegan al poder mediante elecciones. La política responde a incentivos distintos: los problemas de seguridad, la migración, el narcotráfico, la inflación, el descontento con los gobiernos anteriores o los cambios ideológicos pueden modificar la política exterior mucho más rápidamente que cualquier acuerdo comercial.


En este contexto, la estrategia estadounidense resulta significativamente menos costosa que intentar competir directamente con Pekín en infraestructura o financiamiento. Estados Unidos no necesita construir puertos para competir con Chancay. Si consigue consolidar alianzas políticas con gobiernos que comparten sus prioridades estratégicas, puede preservar una posición privilegiada incluso en países profundamente integrados económicamente con China.

Pekín no está perdiendo América Latina, pero su capacidad para transformar presencia económica en influencia política estable ya no resulta tan evidente como hace apenas unos años. Desde esta perspectiva, la competencia entre Estados Unidos y China está entrando en esta nueva fase de peso económico chino y una competencia económica que cae del lado estadounidense.

No está claro cuál de las dos dimensiones terminará siendo más decisiva para definir el equilibrio de poder en América Latina durante la próxima década. Pero si los recientes casos de Honduras, Perú, Chile, Argentina y El Salvador confirman una tendencia más amplia, Pekín podría descubrir que mantener mercados resulta considerablemente más sencillo que conservar influencia política. Esa quizá sea la principal lección que América Latina comienza a ofrecer sobre la nueva etapa de la competencia entre las dos grandes potencias del siglo XXI.
Fernando Herrera Ramos
Fernando Herrera Ramos
Periodista internacional, abogado y analista geopolítico
Periodista internacional, abogado y analista geopolítico especializado en las relaciones entre Asia, Estados Unidos y América Latina. Cuenta con artículos publicados en medios como 'The Diplomat', 'South China Morning Post' o 'Taipei Times'. Actualmente reside en Taiwán
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