Ya no se hacen reyes así. Con la muerte del rey Harald V de Noruega,
las monarquías europeas entran en un nuevo capítulo y, con ellas, también lo hace la relación transatlántica.
Es cierto que el príncipe Hans-Adam II de Liechtenstein nació en febrero de 1945, unos meses antes del final de la Segunda Guerra Mundial, pero probablemente admitiría que no conserva ningún recuerdo del conflicto. Y, aunque ya no ocupa el trono,
el anterior rey Juan Carlos I de España nació en 1938 y pertenece también a la misma generación que el fallecido monarca noruego. Harald V nació el 21 de febrero de 1937 y, con apenas tres años, llegó a
Estados Unidos en 1940 junto con su madre, la princesa heredera Märtha, y sus hermanas, Ragnhild y Astrid,
los tres como niños refugiados que huían de la guerra en Europa.
El presidente Franklin D. Roosevelt acogió a la familia real noruega, que se instaló en la hoy célebre Pook's Hill, en Bethesda, Maryland. Durante una visita del presidente Bill Clinton a Oslo en 1999,
Harald V recordó en su brindis el tiempo que había pasado en Estados Unidos:
"Personalmente,
siento una afinidad especial por Estados Unidos que se remonta a mi infancia. Tras la ocupación de Noruega en 1940, mi madre aceptó una invitación del presidente Roosevelt para refugiarse en Estados Unidos.
Una de las cosas que recuerdo con bastante claridad es estar justo detrás del presidente Roosevelt cuando prestó juramento para su cuarto mandato".
Harald V no eligió una vida bajo los focos, pero
estuvo a la altura cuando le tocó ocupar ese lugar. Como estadounidense, mi primer y único recuerdo verdaderamente significativo de él en la vida pública se remonta a agosto de 2011, cuando pronunció un discurso en el acto celebrado un mes después de los atentados terroristas que habían sacudido Noruega aquel julio y provocado la muerte de 77 personas, muchas de ellas jóvenes y menores. En aquella intervención,
Harald V pronunció unas palabras especialmente hermosas y conmovedoras que merece la pena recordar:
"Sigo convencido de que la fe en la libertad es más fuerte que el miedo. Sigo creyendo en una democracia y una sociedad noruegas abiertas.
Sigo creyendo en nuestra capacidad para vivir libremente y con seguridad en nuestro propio país".
Fue una auténtica lección de valentía en un momento de incertidumbre.
Sabía que su pueblo estaba sufriendo y, cuando la emoción le quebró brevemente la voz en un momento anterior del discurso,
dejó claro que también él sentía ese dolor.
Se puede enseñar a alguien a pronunciar un discurso, pero no se puede enseñar a tener corazón. Se puede enseñar el protocolo, pero no el liderazgo.
En aquella intervención, Harald V mostró al mundo lo que significaba liderar con humanidad.
"Se puede enseñar a alguien a pronunciar un discurso, pero no se puede enseñar a tener corazón. Se puede enseñar el protocolo, pero no el liderazgo"
Entre los actuales monarcas reinantes de Europa,
solo cuatro han vivido durante algún tiempo en Estados Unidos. El hijo de Harald V, el rey Haakon VIII, se graduó en la Universidad de California en Berkeley. También está el rey Federico X de Dinamarca, que estudió durante un tiempo en la Universidad de Harvard; el príncipe Alberto II de Mónaco, que cursó estudios en Amherst College, en Massachusetts; y el
rey Felipe VI de España, que obtuvo un máster en la Universidad de Georgetown. Cabe destacar que
Felipe VI es el único de los monarcas vivos que, como Harald V, ha residido específicamente en Washington D. C.
El testigo ha pasado ahora a una nueva generación de miembros de las familias reales europeas, con sus propias experiencias vitales
a ambos lados del Atlántico. Ojalá esta nueva generación continúe ejerciendo su papel como lo hizo él: con humanidad, humildad y confianza en sus pueblos.
Aquí, en Estados Unidos,
dudo de que la muerte de Harald V vaya a recibir tanta atención como la de la reina Isabel II. Pero espero que sirva para recordar
los buenos amigos que tenemos al otro lado del Atlántico y la suerte que supone contar con esas amistades.
El rey ha muerto. Viva el rey.