El motivo, aparentemente, fue un encuentro deportivo:
España jugaba contra Uruguay. No era un partido cualquiera, era uno
en el Mundial de la FIFA. Y el anfitrión tampoco podía pasar desapercibido:
México, el de Claudia Sheinbaum y la Cuarta Transformación. Pero detrás de la excusa deportiva se escondía otro motivo:
la reconciliación de dos países, tras ocho años de distancia, de una
pausa diplomática, de silencios incómodos.
Felipe VI, como acostumbra, llegó a México con la discreción y la propiedad de quien sabe que
su presencia es, en toda regla, un símbolo. Asistió al partido en Guadalajara (México), sí, pero, para efectos diplomáticos y de restablecimiento de las buenas relaciones,
lo que realmente importaba era la cita en el Palacio Nacional (la residencia presidencial y sede del Gobierno mexicano). Allí lo esperaba Sheinbaum, con la intención de
cerrar un ciclo de desencuentros y malentendidos, iniciado con su antecesor, López Obrador, por las cuestionables formas con las que él eligió exigir disculpas por la Conquista, algo que derivó en una extendida tensión en materia de cooperación.
"Sheinbaum esparaba a Felipe VI con la intención de cerrar un ciclo de desencuentros y malentendidos, iniciado con su antecesor, López Obrador"
Un acto ceremonioso y simbólico. El encuentro entre Felipe de Borbón y la presidenta mexicana fue breve, protocolario, pero cargado de significados. Los himnos, las fotos, las palabras medidas, un paseo digno de un buen anfitrión para un invitado de honor: todo funcionó como
un ritual de normalización, de restablecimiento del buen trato y la distinción. La mandataria habló de la importancia de los pueblos originarios de su país —y le dio a ese tema
una prioridad indiscutible sobre el resto de asuntos a tratar—, además de la cooperación cultural, así como de la próxima Cumbre Iberoamericana —que se celebrará en noviembre, en Madrid, y en la que ponderó una mesa de trabajo sobre el tema de los pueblos originarios y su reconocimiento—, a la que aceptó la invitación. Pero,
sobre todo, se habló de pasar la página a una tensión que, a todas luces y con base en el actual y convulso tablero geopolítico, resulta inútil e innecesaria. En pocas palabras, en la política, como en el fútbol, hay gestos necesarios que permiten imaginar que
los encuentros, independientemente de las diferencias, son parte de una misma celebración.
Lo que simbolizó ese acto fue el final de la pausa, del alejamiento (cabe destacar que las relaciones entre México y España jamás se rompieron oficialmente ni las embajadas fueron retiradas; solo se atravesó por una etapa de discursos incómodos, de peticiones fuera de tiempo y forma, y de malentendidos).
Durante décadas, ambos países dieron muestras al mundo de que la relación entre ambos gobiernos solo era producto del hermanamiento de dos pueblos que se han ido construyendo conjuntamente durante más de cinco siglos, y, como ejemplo de ello, basta con mencionar
el nombre del expresidente mexicano Lázaro Cárdenas (que recibió al exilio de la Segunda República, reconociendo a su Gobierno y su moneda, para salvar la vida de todas aquellas personas amenazadas durante el franquismo).
Siguiendo la misma línea, cabe destacar la figura de Íñigo Noriega:
un asturiano que, como tantos otros miles de españoles, encontró en México una tierra y una oportunidad para reinventarse, tras haber huido de las durísimas condiciones que había en sus lugares de origen hacia finales del siglo XIX y principios del XX. Él se convirtió en uno de los hombres más ricos del continente, pero no fue el único que encontró en tierras americanas la posibilidad de hacer fortuna:
entre 1876 y 1910, grandes oleadas migratorias llegaron al país azteca, y la colonia española allí vivió una "edad de oro". Eran tiempos de
intensos intercambios comerciales y financieros, así como culturales y de desarrollo conjunto.
Después vino la Guerra Civil española y las relaciones se rompieron. No obstante, durante el franquismo, aunque el vínculo diplomático no existía, las grandes comunidades gallegas, asturianas y catalanas en México sí que fueron restableciendo, poco a poco, el puente
con los pueblos, ciudades, universidades y empresas de origen en España. Y fue así hasta que, tras la muerte de Francisco Franco, las relaciones diplomáticas se restablecieron y España y México pasaron más de cuatro décadas de relaciones intensas y de efectiva cooperación. No obstante, en 2018, Andrés Manuel López Obrador llegó al Gobierno y, al cabo de un par de meses de haber iniciado su proyecto de la Cuarta Transformación, dio el primer paso para que
las relaciones con España entraran en una etapa incómoda. Luego, un par de años después, saltó la polémica por el exgobernador de Sinaloa que fue nombrado embajador, y
una lista de declaraciones desde el Gobierno de López Obrador tensó la relación en ambos lados del Atlántico.
"Durante el franquismo, aunque el vínculo diplomático no existía, las grandes comunidades gallegas, asturianas y catalanas en México sí que fueron restableciendo, poco a poco, el puente"
Pero en los casi dos años que su sucesora lleva al frente del Gobierno mexicano, la situación ha cambiado radicalmente. Como ya lo contamos en
Agenda Pública,
la visita de Sheinbaum a Barcelona en abril, con motivo de la IV Cumbre por la Democracia,
y su acercamiento con Pedro Sánchez supuso un cambio radical en una relación marcada por la incomodidad gestada ocho años atrás. Meses después, el rey ya había reconocido los abusos de la Conquista en una exposición en Madrid, y su presencia, ahora, en México como una de las sedes del Mundial de la FIFA, y el encuentro con Sheinbaum en el Palacio Nacional
abren un nuevo sendero diplomático entre ambas naciones. Sin duda, los gestos antes mencionados representan ya un antes y un después en la relación bilateral.
En el fondo, el partido entre España y Uruguay fue apenas el pretexto.
El verdadero juego se disputó en los salones de la sede gubernamental mexicana: allí se decidió que la distancia había terminado, que
la diplomacia volvería a ser puente y no muro. El fútbol dio la excusa, la política puso el sentido. Y el apretón de manos entre ambos jefes de Estado puso fin a
una distancia, a una incomodidad, que había durado demasiado.
Ahora bien,
¿qué retos enfrenta la relación México-España en esta nueva etapa?
Ayuso y la otra diplomacia
Como ya lo abordamos en este medio, semanas atrás, hoy día vemos que en España hay
dos corrientes diplomáticas que marcan, particularmente, la relación con México:
la oficial —por supuesto, la del Gobierno— y la que ejerce unilateralmente Isabel Díaz Ayuso desde la Comunidad de Madrid.
El tropezado viaje de la presidenta madrileña a México expuso más
las debilidades de los puentes que ella intentó trazar con grupos empresariales y líderes de la oposición al Gobierno de Claudia Sheinbaum. Una de las hipótesis del periodista que escribe estas líneas es que
la apuesta de Ayuso por trazar vínculos con base en la revisión histórica fue demasiado arriesgada, ya que
el tema de la Conquista sigue siendo extremadamente delicado, uno que, incluso, los académicos más renombrados en ambas orillas tocan con extremo cuidado.
El motivo, según el Gobierno madrileño, fue un viaje institucional: "Madrid se va a México" fue el pretexto. Pero lo que realmente se jugó en esa visita fue
un partido de otra diplomacia: la de Isabel Díaz Ayuso, que quiso presentarse como emisaria no de España, sino de su propia comunidad convertida en liberalismo económico, como si pudiese
abrir un canal paralelo al de la Moncloa, como si la "Villa y Corte" fuese capaz de hablar por sí misma.
"La apuesta de Ayuso por trazar vínculos con base en la revisión histórica fue demasiado arriesgada, ya que el tema de la Conquista sigue siendo extremadamente delicado"
Ayuso no llegó a México para reforzar la relación bilateral en términos oficiales; lo hizo para disputarla:
para mostrar que existen otras formas de diplomacia, unas que son más personales, más de compadrazgo y de contactos empresariales, más ideológicas y más arriesgadas. En sus discursos, como lo mencionamos antes, apostó por
la reivindicación del mestizaje y de la herencia hispana como lazos de unión, pero olvidó que ese tema (que en España difícilmente pasa de los despachos de los académicos y del folclore popular), en México,
es espinoso y que aún sigue abriendo heridas de muy difícil cauterización.
En ese sentido, España y México no son ajenos a
la polarización extrema que recorre el mapa geopolítico. En ambas orillas hay dos
equipos: los que apuestan por la oficialidad y los que están por la labor de destruirla. Sin embargo, lo único cierto es que, en el caso de esta relación,
el puente que el Gobierno de Claudia Sheinbaum está construyendo con el Gobierno de Pedro Sánchez y con Felipe VI tiene cimientos mucho más fuertes que los proyectos alternativos entre particulares y gobiernos locales, como el de la pasada visita de la presidenta madrileña a México.