

"El fuego que estos días devora España puede entenderse como el enemigo a batir, pero habría que conceder también que es un indicio poderoso de procesos mucho más inquietantes"El necesario y conveniente proceso histórico de desguace del centralismo franquista hizo que la Constitución de 1978 recogiera en su artículo 148, apartado 3.º, que la ordenación del territorio, el urbanismo y la vivienda figuraran entre las competencias que podían asumir las comunidades autónomas. Y así se hizo. Nadie deberá pensar que estoy defendiendo una recentralización mediante la recuperación de competencias, pero es indudable que el Gobierno central podría haber asumido, con el paso del tiempo, competencias generales de coordinación de la ordenación territorial de España dentro de un plan indicativo global (federal, si quieren) que, posteriormente, cada comunidad autónoma desarrollara en su territorio. Curiosamente, el artículo 149 reservó al Gobierno central —aunque el texto habla del Estado, como si ambos fueran equivalentes— competencias que, sin ordenar el territorio, tienen, en cambio, una enorme capacidad estructurante del mismo, como los puertos de interés general, los ferrocarriles y transportes terrestres que transcurran por más de una comunidad autónoma, los aprovechamientos hidráulicos, la legislación básica sobre protección del medio ambiente o las obras públicas de interés general…
"Es indudable que el Gobierno central podría haber asumido, con el paso del tiempo, competencias generales de coordinación de la ordenación territorial de España dentro de un plan indicativo global"¿De aquellos polvos, estos lodos? Me apresuro a decir que una interpretación estrictamente normativa del problema de los incendios es insuficiente para entender su dramática magnitud: el cambio climático o los nuevos estilos de vida deben ocupar un puesto de primer orden en este caso. Y si no, véase el caso de Francia, cuya tradición de aménagement du territoire —practicada con conciencia al menos hasta hace no mucho— no ha impedido incendios devastadores. Pero no es menos cierto que, por no existir política de ordenación territorial en España digna de tal nombre, procesos de la geografía humana española que han alterado profundamente el territorio en estas últimas décadas están desbocados y no han sido atendidos con la suficiente presteza. No hay alarma que dar cuando nadie contempla el cuadro de mando desde la atalaya institucional. Mientras tanto, procesos como el abandono del campo, la despoblación, el crecimiento forestal desordenado, la urbanización difusa, que avanzaba como los tentáculos de un pulpo, la mercantilización extrema de la producción agraria con maquinaria de todo tipo, el modelo de segunda residencia que desbordaba el estricto ámbito metropolitano, el lucro en la dotación de vivienda o la dramática conversión de nuestras ciudades en espacios invivibles que obligan a escapar los fines de semana campaban por sus fueros.
"Procesos de la geografía humana española que han alterado profundamente el territorio en estas últimas décadas están desbocados y no han sido atendidos con la suficiente presteza"España necesita orden y concierto, es verdad. Pero me temo que no los que algunas fuerzas extremistas están deseando. En primer lugar, necesita orden (ordenación). El territorio peninsular español, de casi 500.000 km², no debe ser observado de manera fragmentaria, seccionado entre las competencias autonómicas y las del Gobierno central. Se necesita un esquema general de ordenación territorial "federal" integrado, a su vez, en una escala superior —la de la Unión Europea, cada vez más relevante—, y la misma lógica que aconseja tener criterios comunes de ordenación entre, pongamos, Madrid y Castilla y León aconsejaría dialogar entre España y Portugal. Y, en segundo lugar, se requiere también concierto (concertación). La estructura constitucional española obliga a ello, aunque cerremos los ojos a la evidencia. O modificamos la Constitución o hay que hablar más y mejor entre el Gobierno central y las autonomías para que el territorio no sea un escenario donde pasan cosas (ahora se inunda, ahora se quema), sino un actor y un productor de bienestar y futuro para toda la sociedad.

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