Lunes, 17 de agosto de 2026
MOMENTO AMÉRICA

Los noventa años del exilio republicano en México: memoria e historia de un pueblo roto

El exilio republicano de México es uno de los ecos más potentes, al otro lado del Atlántico, de la España que se partió hace, exactamente, noventa años. Muchas de aquellas personas que salvaron la vida refugiándose en ese país americano redefinieron la vida intelectual, cultural y universitaria en la tierra de acogida. "De alguna manera, el México de hoy es también hijo de aquel exilio, así como de tantos otros en su historia", reflexiona al respecto el periodista Mauricio Hdez. Cervantes.

Mauricio Hernández Cervantes Mauricio Hernández Cervantes 24 de julio de 2026
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Ciudad de México cuenta con una calle en recuerdo de los españoles exiliados. | Wikimedia
Ciudad de México cuenta con una calle en recuerdo de los españoles exiliados. | Wikimedia
El día que más miedo pasó en su vida fue en aquel viaje desde Francia hacia México: un submarino alemán siguió, durante veinticuatro horas, el barco que lo llevaba a él y a su familia a reinventarse a 10.000 kilómetros de su Catalunya natal. Y durante ese mismo día, aviones aliados sobrevolaban aquella embarcación. La tripulación —incluido él, que era un niño de apenas cinco años, cogido de la mano de su padre— permaneció con los chalecos salvavidas puestos, listos para saltar al mar en cualquier momento. Sin embargo, aquel miedo, en miedo quedó. Pero el recuerdo en trauma se convirtió. La Guerra Civil española ya era devastadora en Barcelona; no obstante, Durán, el protagonista de esta historia, recién había escapado de la barbarie, junto con sus padres y hermanos, refugiándose cerca de Montpellier; ahora tocaba marchar hacia las costas mexicanas de Veracruz. La guerra estaba por terminar; la persecución, no.

Su padre, un alto funcionario de la Segunda República, ya había sido señalado por el bando nacional. Durán recuerda que, cuando los maestros en la escuela le preguntaban a qué se dedicaba su padre, a él, en casa, le habían enseñado a responder: "Es bombero". Por otro lado, a un tío suyo, una bomba lo mató en su propia casa, mientras las tropas franquistas gritaban por la calle "¡Que viva Franco!". Para salvar la vida, la única vía era salir del país. Primero fueron hacia Francia y, de ahí, se decantaron por México, pues la orden del presidente mexicano Lázaro Cárdenas fue la de recibir, reconocer —al Gobierno y la moneda de la Segunda República— y dar asilo político a todos aquellos españoles que quisieran salir de la desolación y de la devastación que la guerra dejaba en casa. Lo mismo que Durán —que contó su testimonio hace unos años al periodista que escribe estas líneas—, otros más de 30.000 españoles tuvieron la oportunidad de reinventarse en México (según los datos de historiadores como Enrique Moradiellos o Dolores Pla Brugat, más de medio millón de españoles salió hacia el exilio).

Todo eso sucedió cuando, hace exactamente noventa años, tras meses de conspiración, el general Mola (y otros oficiales) se levantaron en armas en Melilla, confirmando el golpe de Estado, días después de que a José Calvo Sotelo le pegaran dos tiros en la nuca. Y las heridas de aquella contienda parecen no haber cicatrizado del todo. Suele decir el fotoperiodista Gervasio Sánchez que las guerras no terminan cuando lo dice la Wikipedia, sino cuando los ecos de estas no se escuchan más. Y el exilio republicano en México es uno de ellos.

"En un mundo que se cerraba bajo el avance del fascismo, México abrió sus puertas y se convirtió en una especie de laboratorio donde se fortaleció la identidad híbrida entre ambas naciones"
México fue más que un puerto seguro: fue una suerte de espejo roto en donde, a la vez, se reflejaban la derrota interna de España y la esperanza de un futuro mexicano promisorio. Entonces, Cárdenas entendió que acoger a los vencidos de aquella guerra, una de las más inciviles del siglo XX, no era solo un gesto humanitario, sino una oportunidad para recibir a lo mejor de un país hermano. Eso, claro, sin dejar de lado el gesto político que simbolizaba el propio exilio: en un mundo que se cerraba bajo el avance del fascismo, México abrió sus puertas y se convirtió en una especie de laboratorio donde se fortaleció la identidad híbrida entre ambas naciones, una que hoy sigue estando muy presente en universidades, centros culturales y editoriales fundados por aquellos republicanos que pudieron escapar para salvar la vida. Visto de esa manera, el exilio republicano no fue únicamente una diáspora: fue una semilla que germinó en la vida intelectual, democrática y cultural del país receptor.

Ahora bien, ¿por qué rescatar la memoria y la historia de gente como Durán, cuando hace casi un siglo que ocurrió aquello? La respuesta a esa interrogante admite muchos argumentos —además de incontables testimonios y documentos—, pero uno de ellos, indudablemente, es que la historia de México también se escribió —y se sigue escribiendo— gracias al trabajo y a los esfuerzos de aquellos vencidos de la España que se partió, dolorosísimamente, en dos. Y recordar ese pasaje histórico, en tiempos en los que la geopolítica se recompone desde los caprichos más irascibles de Washington, a ritmos vertiginosos, es meritorio e incluso necesario, porque nos obliga a reflexionar sobre qué significa acoger y qué significa expulsar. Ese episodio nos recuerda que las fronteras no son solo líneas en un mapa: son decisiones que cambian el devenir de los pueblos.

"La historia del exilio republicano en México se convierte en un espejo que también refleja el presente"
Hablamos de los noventa años que se han cumplido desde el estallido de la Guerra Civil española, pero hoy día seguimos siendo testigos de exilios que se multiplican: Siria, Venezuela, Ucrania o Sudán. Y, de esa forma, la historia del exilio republicano en México se convierte en un espejo que también refleja el presente. ¿Qué es lo que estamos haciendo con los que llegan a nuestras costas, a nuestros aeropuertos, con una lágrima de sangre en un ojo y una de esperanza en el otro? ¿Vivimos en tiempos tan aturdidos que no hemos hecho más que reducir a las personas a números en papeles y burocracia, a listas de potenciales votantes, a fichas dispensables en el cruel tablero de la política incendiaria? Estas son preguntas incómodas que, más que respuestas exactas, constituyen una invitación no solo a repensar el cumplimiento de las normas jurídicas respecto al asilo, sino también a definir cuáles son nuestras reacciones ante las personas que salvan, literalmente, la vida después de huir de las barbaries que en países como España ya nos resultan más una ficción que una realidad —o, mejor dicho, una verdad que nos duele demasiado tanto recordar como admitir—.

Ese ejercicio, el de pensar sobre cómo reaccionamos ante los desplazamientos forzosos, sobre nuestro papel como país receptor, no es algo estático ni mucho menos merecedor de una respuesta asfixiada; es algo que merece una consideración igual que la que merece la democracia misma, es decir, tomarla en cuenta como un ejercicio cotidiano.

El silencioso dolor de los desterrados: una herida y una oportunidad

Cuando se habla de este fenómeno, hay un personaje clave: León Felipe. Él nació como Felipe Camino Galicia (Tábara, Zamora, 1884-Ciudad de México, 1968) y llegó a México en 1939 con la derrota republicana a cuestas, convirtiendo su herida en una cicatriz con forma de palabra.

"El desterrado no solo pierde la tierra, pierde también la obediencia de las cosas, la posibilidad de mandar sobre su propio destino"
Para él, la oportunidad de reinventarse en la otra orilla también tenía otro ángulo: precisamente, el de la herida; y una muy profunda. La suya fue una mirada cruda y puesta al servicio del dolor de aquellos que supieron lo que era en carne propia el despojo y el destierro. En Español del éxodo y del llanto (1939), escribió con dureza lo siguiente: "Polvo y lágrimas. Nuestro gran tesoro". Aquella era la constatación de que el exilio se estaba convirtiendo, día tras día, en un presente y en una memoria que se movía inevitablemente dentro de los límites del dolor. De esa forma, su poesía fue un lamento y una advertencia: el desterrado no solo pierde la tierra (y su sentido de pertenencia a ella), pierde también la obediencia de las cosas, la posibilidad de mandar sobre su propio destino. No obstante, jamás dejó de agradecer al país que le salvó la vida. "Españoles del éxodo y del llanto, México os dará algún día una cama como a mí", escribió.

Por supuesto, no fue el único intelectual de aquel fenómeno migratorio. La lista es larga. Figuras como el asturiano José Gaos, que transformó la Casa de España en el actual Colegio de México —uno de los centros académicos más prestigiosos del país—, y el andaluz Adolfo Sánchez Vázquez, que dio un giro a los estudios filosóficos desde la UNAM —considerada como "la máxima casa de estudios" de México—, marcaron el rumbo intelectual del país. Junto a ellos, el barcelonés Pedro Bosch Gimpera impulsó la antropología moderna y la creación del INAH (el Instituto Nacional de Antropología e Historia). Por otro lado, el madrileño Félix Candela revolucionó la arquitectura con sus célebres cascarones de concreto. En el ámbito cultural, Luis Buñuel y Carlos Velo dieron nueva vida al cine mexicano, y críticos como Enrique Díez-Canedo fortalecieron editoriales como el Fondo de Cultura Económica. Su llegada, innegablemente, marcó un antes y un después en la vida cultural, universitaria, editorial e intelectual en el país.

¿Y cuál fue el eco de aquel fenómeno migratorio? Obviamente, el impacto de ese potente movimiento cultural resonó en la siguiente generación: la de los hijos de aquellos españoles, que ya eran mexicanos y españoles de segunda generación a la vez. Uno de ellos, sin duda alguna, es Juan Villoro, hijo de Luis Villoro, un filósofo catalán que se convirtió en uno de los intelectuales más influyentes de México. Juan heredó aquella memoria, pero desde otro ángulo. En La figura del mundo recuerda a su padre como un hombre que convirtió el destierro en un compromiso político. "¿Hasta dónde podemos recuperar una memoria ajena? Ser hijo significa descender, alterar el tiempo, crear un desajuste que se subsana con pedagogía, a veces con afecto", escribió. Para él, que está considerado como uno de los grandes cronistas del México de hoy, el concepto de exilio se convertía también en una suerte de extranjería permanente.

"El exilio no es un concepto que se define en el puerto de llegada, sino que es un largo y complejo proceso de constante reconocimiento propio"
Exilio, permanencia, ausencia y una constante incertidumbre sobre el arraigo. Tanto León Felipe como Juan Villoro coinciden en que el exilio no es un concepto que se define en el puerto de llegada, sino que es un largo y complejo proceso de constante reconocimiento propio. El zamorano habló del polvo y las lágrimas como tesoro; Villoro, sin embargo, abordó el tema desde el esfuerzo que hizo su padre por ser mexicano: "Tú no sabes el trabajo que cuesta ser mexicano", le dijo Luis, su padre, cuando le propusieron recuperar la nacionalidad española. ¿Qué es el exilio? Quizá sea, dicho de una forma muy simple, la experiencia de cada persona que se ve obligada a reinventarse en otra tierra, en otro tiempo.

La nostalgia. Muy pocos pueblos han entendido la falta que hace la tierra —y todo lo que ella significa— cuando se está lejos de ella como los gallegos. Incluso, han inventado un término que, si bien todos comprendemos, nadie más puede utilizarlo: la morriña. Que no es otra cosa que una profundísima falta de Galicia en la vida de cualquier gallego que se reinventa en ultramar. Y no vale si uno es de otro lado, o si uno extraña otra tierra, no, solo vale para Galicia y los gallegos. Pero, para fines de esta pieza, y de la presente reflexión, quizá lo más cercano a ese sentimiento de pérdida mezclado con distancia y condicionamiento, a ese vacío de lo propio, a ese lamento por haber sido arrancado por la fuerza del lugar de nacimiento, sea el exilio: esa extraña forma de seguir andando por el mundo, en un lugar distinto, intentando ser el mismo, aun sabiendo que, tras cada paso, la identidad, como todo lo demás en esta vida, cambia sin remedio. Con base en todo lo anterior, de alguna manera, el México de hoy es también hijo de aquel exilio, así como de tantos otros en su historia.
Mauricio Hernández Cervantes
Mauricio Hernández Cervantes
Periodista y escritor
Es autor del libro 'El silencio del diente que quiso ser una flor. Textos de un periodista mexicano en España: un país donde el pasado (siempre) es un tema de actualidad'. Actualmente, escribe en la sección internacional de 'El Confidencial' y en la revista 'ETHIC'. Ha colaborado en medios como 'El Mundo', 'La Vanguardia', 'La Voz de Asturias' o el diario mexicano 'Reforma'.
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