En Colombia, la democracia volvió a mostrar su rostro más áspero:
una elección que se decidió por menos de un punto porcentual, donde cada voto parecía un grano de arena en un reloj que no terminaba de marcar la hora. Abelardo de la Espriella,
outsider de la derecha,
celebraba ya prematuramente su triunfo, mientras Iván Cepeda preparaba impugnaciones y la izquierda se aferraba a la idea de que aún quedaban mesas por revisar. El país, como tantas veces, quedó suspendido en un limbo electoral que es también un espejo de la región:
la fragilidad de las instituciones, la desconfianza en los conteos, la certeza de que nada está del todo definido. Pero, en esta vida, no hay plazo que no se cumpla ni fecha que no llegue:
Abelardo de la Espriella, el "Milei colombiano", ya es el nuevo presidente electo.
Colombia eligió, y lo hizo con ruido. De la Espriella, un abogado convertido en político, se alzó con la presidencia en un resultado que confirma la deriva hacia proyectos de derecha dura en la región. De esa manera,
la victoria no fue solo un acto electoral: fue un gesto simbólico en un país que, tras décadas de violencia y desencanto,
busca orden en la promesa de un líder que se presenta como implacable. El triunfo, certificado ya por las autoridades,
marca un giro que reverbera más allá de Bogotá.
"De la Espriella, un abogado convertido en político, se alzó con la presidencia en un resultado que confirma la deriva hacia proyectos de derecha dura en la región"
Latinoamérica, siempre atenta a sus espejos, ve en Colombia
un nuevo capítulo de la novela continental. La elección se suma a la secuencia de gobiernos conservadores que resurgen en distintos países, como si la región oscilara entre
la esperanza de transformaciones sociales y el miedo a perder lo poco que se ha ganado. Colombia se convierte en otro laboratorio —como ya lo está siendo la Argentina de Milei— y en una advertencia:
lo que allí ocurre no se queda solo allí; puede expandirse aún más en una región en la que prácticamente Brasil y México quedan como estandartes de proyectos no alineados con la ultraderecha.
Una
fotografía típica de la región. Durante semanas,
Iván Cepeda vivió una incertidumbre de la que se alimentó su rival. Desde el inicio del escrutinio —semanas atrás—, él denunció una serie de irregularidades y pidió revisar actas. Además, formuló afirmaciones duras y lanzó acusaciones graves, como decir que
el proceso electoral estaba siendo manchado por la manipulación. Su postura no fue otra que la de un opositor que nunca se resigna: convocó a sus seguidores e insistió en la defensa de cada voto; sobre todo,
se acogió a la línea de que la democracia se defiende con transparencia y no con procesos que dejan más preguntas que respuestas. Pero cuando el resultado fue oficial y confirmó la victoria de Abelardo de la Espriella, Cepeda se enfrentó al dilema clásico de la política latinoamericana:
reconocer la derrota o alimentar la sospecha.
¿Qué opción tomó? Como suele suceder en América Latina,
la suya fue una postura ambigua que, si bien respeta el resultado final, también subraya que
"la mitad de la población no se siente representada". No obstante, hasta el momento no ha abandonado su posición conciliadora: habló de hacer una resistencia democrática, de construir una oposición firme y de no abandonar la lucha contra la corrupción y la violencia. De esa manera, Cepeda ha aceptado su derrota en las urnas, pero,
sabiendo que cuenta con la otra mitad, con la otra Colombia, se ha lanzado a la continuidad de un relato que
se resiste a morir en manos de un proyecto que ganó por un puñado de votos.
¿Y las reacciones tras la confirmación de los resultados electorales? Uno de los primeros en felicitar al "Tigre" Abelardo de la Espriella fue Javier Milei: escribió
"el león y el tigre rugen en Latinoamérica". En México, por ejemplo,
las manifestaciones estuvieron divididas: mientras miembros de la oposición (de los dos principales partidos, el PAN y el PRI) felicitaron al ganador de las elecciones colombianas, sosteniendo argumentos como que
"el populismo corrupto fue derrotado en Colombia, como también lo será en México", en el despacho de Claudia Sheinbaum la apuesta ha sido por la cautela. Fuentes cercanas al Gobierno mexicano han contado a
Agenda Pública que la llegada de un gobierno de derecha en Colombia podría enfriar las relaciones entre ambos países.
Lo cierto es que, hoy,
Colombia ha cambiado de rumbo. ¿Cuál será el resultado de esa decisión? Solo el tiempo lo dirá, pero, tras estas tres semanas de incertidumbre política en
un proceso ensombrecido por las dudas, las acusaciones y los reclamos partidistas, solo queda advertir que
De la Espriella no lo tendrá fácil a la hora de querer imponer la mano dura que tanto ha prometido: la mitad de la población prefirió un sendero político completamente distinto, y eso, en América Latina,
define muchas cosas.
¿Y Washington? La perspectiva más allá de América Latina
Estados Unidos es un elemento clave en esta nueva
fotografía regional. Como suele suceder, hay una imagen (un gesto, una comunicación) que vale más que mil palabras:
Marco Rubio, el secretario de Estado estadounidense, ya felicitaba a De la Espriella antes de que su triunfo electoral gozara de la oficialidad. Por tanto, ese es otro eje inevitable. Washington, como no podía ser de otra manera, celebra la victoria de un aliado en temas de seguridad, de narcotráfico y de migración. ¿Por qué? Sencillamente porque
Trump encuentra en De la Espriella a un socio dispuesto a alinearse con sus prioridades y con su discurso, uno que está dispuesto a abrirle más puertas en una región en la que se pasea ya como si fuese su casa, gracias a los portones de Buenos Aires y de Caracas. En pocas palabras,
las felicitaciones de la Casa Blanca llegan hasta Bogotá porque saben que allí tendrán un puerto seguro para los intereses del resto del mandato trumpista.
"Fuentes cercanas al Gobierno mexicano han contado a 'Agenda Pública' que la llegada de un gobierno de derecha en Colombia podría enfriar las relaciones entre ambos países"
Ahora bien, si algo nos ha enseñado la historia —sobre todo, la colombiana— es que las alianzas con Estados Unidos nunca son lineales: lejos están de ser una idílica luna de miel y más parecen terminar en noches desoladoras donde las promesas suelen quedarse en el aire. Lo que hoy se festeja como cercanía, mañana puede convertirse en
una suerte de dependencia problemática —en el mejor de los casos; recordemos cómo se transformó la relación con Washington durante los años noventa, cuando
la narcoviolencia se recrudeció y se expandió a otras zonas de la región como México—. Si ganó la férrea propuesta de orden y de un uso implacable de la fuerza (al más puro estilo de Bukele en El Salvador) es porque, hoy,
Colombia no vive precisamente una situación idílica. El país enfrenta una situación crítica:
su economía cayó del puesto 184 al 91 en el Índice de Libertad Económica 2026; la competitividad global descendió al lugar 59 (desde el puesto número 70); y la corrupción (a pesar de la Estrategia Nacional Anticorrupción, adoptada en 2024) ha sido señalada popularmente como el principal freno al desarrollo. También la inseguridad sigue siendo alarmante:
en el periodo preelectoral, se registraron más de 3.100 hechos violentos vinculados a grupos criminales.
Con esas cifras,
la relación con Estados Unidos queda bajo la lupa. Porque si algo jamás le ha agradado a Washington (independientemente de Trump) es el olor a inestabilidad. Es decir,
cabe advertir que el beneplácito de la Casa Blanca llegará una vez que las duras políticas del nuevo presidente den algún tipo de resultado.
"Las felicitaciones de la Casa Blanca llegan hasta Bogotá porque saben que allí tendrán un puerto seguro para los intereses del resto del mandato trumpista"
Por el momento, Trump, tras sus felicitaciones, habló de
"una relación poderosa", y el secretario de Guerra, Pete Hegseth, invitaba a reforzar la cooperación bilateral en materia de seguridad.
Marco Rubio, siempre atento a la política hemisférica, habló de acciones conjuntas en temas prioritarios como
la seguridad y la migración. Además, la congresista estadounidense María Elvira Salazar describió a De la Espriella como
un socio orientado hacia el libre mercado, aunque advirtió que
la dependencia excesiva de Washington podría volverse problemática.
Ahora bien, independientemente de los resultados, esta jornada electoral exhibió que, en Colombia,
ya conviven dos proyectos irreconciliables. Allí, en el país que se construirá a partir de este resultado electoral, el presente y el futuro están marcados por
una profunda fractura política, económica y social que nació hace varias décadas, en un pasado tan violento que
las generaciones actuales aún no han podido olvidar.