Martes, 28 de julio de 2026
DOS CIUDADES, DOS FERVORES

La visita del Papa León XIV ha mostrado las diferencias entre Madrid y Barcelona

Josep Adolf Martí, filósofo y teólogo por la Universidad de Edimburgo, observa en Madrid y Barcelona dos formas distintas de relacionarse con el catolicismo: una marcada por el "fervor de masas" y otra más institucional, cultural y contenida. En su análisis, se pregunta si España vive una "vuelta a Dios" o si más bien existen varias formas contradictorias de digerir la trascendencia.

Josep Adolf Martí i Bouis Josep Adolf Martí i Bouis 17 de junio de 2026
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El Papa León XIV ofreció una misa en la Sagrada Familia. | Matteo Secci / Zuma Press / Europa Press
El Papa León XIV ofreció una misa en la Sagrada Familia. | Matteo Secci / Zuma Press / Europa Press
Los grandes eventos generan una polvareda que siempre tarda unos días en asentarse. Y la reciente visita del Papa León XIV a España no ha sido una excepción. Durante una semana, la crónica diaria tomó posesión de todos los medios de comunicación. No es de extrañar, ya que eran más de 5.000 los periodistas acreditados de todo el mundo.

Había muchos kilómetros que amortizar. Y muchas expectativas que cumplir.

Pasada la inmediatez del seguimiento continuado al que se ha sometido al lector, oyente y espectador, entramos en un nuevo tercio. El análisis más profundo de lo que significa, o ha significado, la visita del Pontífice a Madrid, Barcelona y Canarias. Y hay debate para rato.

Desde el rol que debe jugar un líder religioso en el debate público de un país aconfesional hasta la visión sobre la persona humana que sostiene la recién aprobada ley de eutanasia. Pasando por si los jóvenes son cada vez más religiosos y de derechas o si España sigue siendo un país católico.

Pero a esos debates hay que sumarles otro análisis muy relevante. Porque el paso del Santo Padre ha evidenciado una radiografía sociológica que trasciende la polarización política: la existencia de dos almas institucionales y sociales en la Península a la hora de relacionarse con el hecho religioso en pleno siglo XXI.

Una brecha de mentalidad y gestión que tiene a Madrid y a Barcelona como sus máximos exponentes. Más allá de qué ciudad organizó el mejor evento, la visita de León XIV ha desvelado la salud y las particularidades del sustrato espiritual de ambas.

"El paso del Santo Padre ha evidenciado una radiografía sociológica que trasciende la polarización política"
El primer contraste asoma en el diseño de los eventos y la respuesta ciudadana. En Madrid, la visita papal adquirió un tono de movilización masiva, recordando a las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ). La misa dominical demostró que el catolicismo en la capital sigue fuertemente integrado en el ADN social. Es un fenómeno identitario y de masas, empujado por realidades jóvenes como Hakuna o Effetá, que han hecho de Madrid un oasis de religiosidad.

Vale la pena preguntarse por la importancia de que este fenómeno esté ligado a una cierta clase socioeconómica. Pero, hoy por hoy, la realidad es la que es: el catolicismo social, desnortado después de las derrotas de principios de siglo en cuestiones como el matrimonio igualitario o el derecho al aborto, goza de una cierta pujanza entre la juventud castellano-madrileña. Faltó Taburete en la Vigilia de los Jóvenes en la Castellana, pero no sus fans.

Catalunya, sin embargo, abrazó un perfil marcadamente distinto: más institucional, más litúrgico. Aunque sería injusto obviar que el evento de Montjuïc tuvo lugar un día entre semana frente a la festividad del escenario madrileño, la diferencia de afluencia evidenció que el grado de irreligión en las bases populares catalanas es considerablemente mayor. También en sus jóvenes.

Mientras en Madrid los actos tuvieron un componente de baño de masas y fiesta de villa (hasta la despedida matutina de los voluntarios en IFEMA parecía una fiesta), en Barcelona imperó el "silencio, por favor". Los actos parecían preparados para admirar, íntimamente, la recolección de regalos que la sociedad catalana había preparado para el Papa: en tres días le ofrecieron sus presos, sus pobres, sus niños cantores, su historia y cultura. De uno en uno, por favor.

"El catolicismo social, desnortado después de las derrotas de principios de siglo en cuestiones como el matrimonio igualitario o el derecho al aborto, goza de una cierta pujanza entre la juventud"
Con tal planteamiento, en Catalunya la visita del Papa no ha servido para que un millón de personas se den cita en la avenida Diagonal a decirse lo mucho que creen. Así se quiso desde la organización del viaje, y los comentaristas sugieren todos que fue un acierto. Porque el formato de visitas más íntimas e institucionales, siempre con acreditación, ha tenido su utilidad. Ha servido para que los catalanes, con la Generalitat aconfesional a la cabeza, hagan las paces con el hecho de que son un país católico. Al menos, de momento.


Para entender esta dicotomía, es útil rescatar el análisis que el pensador y sacerdote Carles Cardó plasmó en Les dues tradicions (1937). Un libro cargado de controversias, pero que demuestra, como mínimo, que el contraste viene de lejos.

Cardó diferenciaba entre una tradición histórico-política, tendente a utilizar la religión como un elemento de poder, masa y afirmación nacional, y una tradición espiritual-humanística, mucho más interiorizada, proclive al diálogo con la cultura y la modernidad, pero expuesta a la intemperie de la secularización.

Madrid ha vuelto a ser el triunfo de la primera; Catalunya, el refugio de la segunda.

Si Cardó hubiera seguido la visita del Papa, se habría sentido reafirmado en su teoría. Diría que, en la visita a Madrid, el catolicismo social ha operado como fervor de masas; en Catalunya, como sustrato de valores.

El propio president de la Generalitat, Salvador Illa, en una entrevista concedida a la organización conelpapa.es, reflejó este carácter que para Cardó era una virtud.

"Yo soy católico practicante y esto… bueno, es sorprendente que esto genere a veces un excesivo revuelo, ¿no? Bueno, pues para mí en mi vida es claro que es muy importante, es fundamental (...). Expresa mi compromiso con una manera de ver el mundo e intento conducirme de acuerdo con esta fe en mi desempeño", dijo.

En Illa, se elija la entrevista que se elija, se revela un catolicismo casi privado, en el que la fe se mueve en un ámbito personal. Con consecuencias en la gestión y en la mirada sobre lo público, pero sin banderas. Un tono que contrasta, por ejemplo, con el de la otra gran protagonista de entre los presidentes autonómicos, la popular Isabel Díaz Ayuso.

Pese a que la presidenta madrileña se ha declarado intermitentemente creyente, el catolicismo social tiene un gran peso en su presencia pública, como denotan sus mensajes pascuales o su participación representativa en actos eclesiales. Algo difícil de imaginar, al menos con tal asiduidad, en Catalunya, que, por otro lado y paradójicamente, conserva en su sede ejecutiva una capilla católica en activo.

"En Illa, se elija la entrevista que se elija, se revela un catolicismo casi privado, en el que la fe se mueve en un ámbito personal"
El segundo gran contraste de la visita se produjo en la esfera de la recepción política. En Madrid, el discurso del Papa en el Congreso de los Diputados obtuvo un aplauso histórico de siete minutos. Periodistas como Carlos Alsina subrayaron en sus editoriales la extraña anomalía que suponía ver a una sede parlamentaria laica jaleando un mensaje de corte confesional. También El País o la SER intentaron colocar en la agenda pública la polémica alrededor de los abusos sexuales en la Iglesia, con cierto éxito.

Pero el consenso estético y afirmativo fue casi absoluto. Y logró camuflar, temporalmente, la hostilidad de bloques que caracteriza la actual legislatura.

Entra en escena Catalunya, donde el ruido de sables no dejó de oírse ni antes ni durante la visita del Santo Padre. El debate tomó formas diversas, en clave identitaria o ideológica: primero, las cuotas del catalán en los textos papales; luego, el uso de dinero público (cosa absolutamente normal para eventos masivos) en la visita; y finalmente, el incidente de los cantantes expulsados de la Sagrada Familia ante la sospecha de que planeaban interpretar Els Segadors con banderas reivindicativas.

Sin embargo, frente a ese ecosistema mediático tensionado, las administraciones protagonizaron un ejercicio de lealtad curiosísimo. Tanto la Generalitat de Salvador Illa como el Ayuntamiento de Barcelona pusieron facilidades logísticas y económicas para que el paso por Catalunya fuera el éxito que finalmente fue.

"El consenso estético y afirmativo fue casi absoluto. Y logró camuflar, temporalmente, la hostilidad de bloques que caracteriza la actual legislatura"
En este espíritu institucional e institucionalizante subyace el peligro de la museización de la fe católica, su conversión en un hecho puramente cultural. Para evitarlo, la jerarquía eclesial catalana lleva semanas recordando que el paso del Papa y el legado de Gaudí son mensajes profundamente cristocéntricos. León XIV pareció entenderlo, uniendo el espectáculo de la Sagrada Familia con el descenso al humanismo de los márgenes: la visita a la prisión de Brians y a los migrantes del Raval.

Pero tanto la lectura global del espectáculo en la Sagrada Familia como la concentración del relato público alrededor del uso de la lengua muestran que los obispos catalanes no tienen el relato de su lado. La religión tiene un componente distinto, hoy por hoy, en Catalunya.

¿Qué nos queda, entonces, del paso de León XIV por Madrid y por Barcelona?

Más allá de los análisis políticos y teológicos, la organización y la recepción del viaje en sus dos principales destinos apuntan a un hecho significativo. Porque la aparente vuelta a Dios que se vive en distintos grupos sociales de España no es uniforme. La geografía y la cultura siguen mandando por encima de las conversiones personales y del giro católico de la cultura.

España no tiene una única forma de digerir la trascendencia. El modelo madrileño recuerda el poder de la tradición histórica y la movilización de masas. El catalán evidencia una actitud que abraza a la Iglesia como garante de su patrimonio cultural y de valores, más que como mediadora de gracias sobrenaturales.

Dos visiones distintas que, esta semana, se han mirado de frente ante el espejo de León XIV.
Josep Adolf Martí i Bouis
Josep Adolf Martí i Bouis
Cofundador de la agencia Carisma Comunicació
Filósofo y teólogo por la universidad de Edimburgo. Autor del estudio 'Las Salinas, Lanzarote: In Paradisus' sobre la obra del arquitecto Fernando Higueras en Canarias.
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