Hace cuatro años, el canciller Scholz anunció un
"cambio de época". Desde entonces,
el continente no se pregunta si debe esforzarse y reforzarse en defensa. Los países europeos lo saben y ahora se cuestionan si han asumido realmente el alcance de esta pretendida transformación. La respuesta a la segunda invasión rusa de Ucrania en el siglo XXI es que España ha hecho más, pero
no está claro que piense de forma suficientemente distinta a cómo lo hacía antes de 2022.
El concepto alemán (
Zeitenwende) remitía a
algo más que un aumento presupuestario o a una reacción ante la coyuntura de la guerra, por intensa que fuese. Señalaba
una revolución del marco mental en el que los Estados europeos —comenzando por la propia Alemania— habían de entender su seguridad, sus vulnerabilidades y su papel en un escenario internacional más agresivo y más competitivo.
¿Qué significa realmente la 'Zeitenwende' para España?
En efecto, España ha incrementado su gasto consignado como defensa, ha mantenido o incrementado su participación en el llamado "flanco oriental", y se presenta públicamente como
aliada comprometida en la OTAN y en la UE —además, en medio de graves tribulaciones con Estados Unidos—. Todo eso importa. Sin embargo,
la magnitud del cambio europeo exige algo más que cumplir (tarde) con compromisos adquiridos hace más de una década y continuar la senda de participación internacional bajo el paraguas del "socio fiable".
"El presente exige concretar qué capacidades militares se aportan, qué riesgos se asumen y qué papel se quiere desempeñar en una defensa de Europa"
El presente exige concretar qué capacidades militares se aportan, qué riesgos se asumen y qué papel se quiere desempeñar
en una defensa de Europa que dependerá menos de inercias transatlánticas (en un Estado que mantiene —y anhela mantener— una pretendida fuerte vocación atlántica con la potencia norteamericana) y más de
la voluntad material de los propios europeos. España corre el riesgo de quedar situada en los márgenes de ese debate. La razón es que no termina de decidir, hasta sus últimas consecuencias,
lo que significa la nueva situación estratégica.
Que la amenaza rusa no se percibe igual desde Tallin, Varsovia, Lisboa o Madrid es ya un lugar común. El "equilibrio de la amenaza", según el cual
los Estados se alían militarmente para defenderse contra el país que perciben como la mayor amenaza para su seguridad y no contra el país que acumula más poder, es el acelerador de este fenómeno. Para el Gobierno español, por ejemplo, que enarbola un discurso europeísta basado en los valores europeos y en el proyecto de la Unión Europea, resulta cada vez más complicado sostener la renuencia a una mayor ambición en defensa bajo el argumento de la distancia geográfica, cuando
lo que se resiente es la continuidad misma de la "casa europea".
Para nuestros aliados,
la defensa de la democracia, de los derechos humanos y del orden liberal basado en reglas queda hueca si no existen instrumentos materiales de poder (militar, pero no solo) para respaldarlos. Esta lógica, expuesta por
mi colega de la Universidad de Vilna Margarita Seselgyte en València, refleja perfectamente
el espíritu de esta nueva época.
Desde España corremos el riesgo de convertir
la distancia geográfica en distancia estratégica. La guerra en Ucrania ha alterado el otro equilibrio, el de poder, en el continente europeo;
seguir leyendo este cambio como si afectara solo a otros es un error de interpretación.
"El 2% se ha convertido en una meta política que todavía se comunica como si bastara para demostrar adaptación al nuevo escenario"
Así, anunciamos nuestra llegada a la meta del 2% de gasto en defensa. Esto es, bienvenidos a 2014. Por positiva que sea, dadas las constricciones presupuestarias y fiscales, disiento en la valoración de
Ignacio Molina cuando celebraba este logro comparando el crecimiento con respecto a países del G20 u otros foros no exclusivamente europeos.
Puesto que hablamos de Europa, la valoración más adecuada sería hacerla con respecto a los aliados europeos: ahí la posición en los
rankings queda lejos de ser positiva para España. El horizonte del 3% de gasto en defensa no era presión estadounidense, sino
una métrica compartida por la mayoría de los socios; ese era el consenso previo a La Haya. Tampoco sirve medir ese crecimiento en volumen absoluto, pues el interrogante es quién golpea por encima de su peso y,
al respecto, España no lo hace. En fin,
el 2% se ha convertido en una meta política que todavía se comunica
como si bastara para demostrar adaptación al nuevo escenario.
No todo el gasto tiene el mismo significado. Subidas salariales, gastos vinculados a emergencias o partidas de carácter dual pueden ser legítimas y necesarias, pero
no responden automáticamente a la pregunta central: qué capacidades militares adicionales genera España para la defensa de Europa (defensa aérea, movilidad, mando y control, guerra electrónica, sostenimiento logístico, drónica...), sobre todo si es cierto que queremos "sustituir" la aportación norteamericana.
No parece que estemos mentalizados para un escenario de "crisis o guerra", parafraseando el documento publicado por el Gobierno sueco.
El flanco oriental y el riesgo de convertir la solidaridad en señal política
Tampoco todo despliegue militar en el exterior tiene el mismo significado. España presenta su implicación en el flanco oriental como
una prueba de su compromiso. Hay razones para subrayarlo, en efecto. Pero esta muestra de solidaridad y confianza se queda en señal política cuando
ni el debate sobre el rol de nuestras fuerzas aborda todas las consecuencias de dichos despliegues, ni se asume públicamente el escenario de fricción en
la zona gris en el que nos encontramos inmersos.
Los términos en los que justificamos nuestra presencia en Lituania o en Letonia se mantienen prácticamente inalterados. 2014 sigue en nuestro marco mental en este frente también.
"La pregunta correcta es si ha cambiado su manera de entender la defensa y la época que atravesamos"
En conclusión, la pregunta no consiste solo en si España gasta más o despliega más. La pregunta correcta es si ha cambiado su manera de entender la defensa y la época que atravesamos. Si la respuesta sigue siendo cumplir con mínimos —algunos, firmados hace más de una década—, modular el lenguaje para evitar costes internos y confiar en que otros sostengan el centro de gravedad de la defensa europea, entonces
no habrá verdadero Zeitenwende. Ha habido reacción y muchos movimientos inerciales, buscando una adaptación parcial. Mas no
una transformación estratégica completa.
El Mediterráneo, el Sahel o el Atlántico no deben desaparecer de la agenda española ni europea. Pero
no pueden servir como argumento para tratar la amenaza rusa como asunto de segundo orden. Madrid debe leer adecuadamente, desde su compromiso pretendidamente europeísta, la transformación que vivimos. Y actuar en consecuencia.