Martes, 28 de julio de 2026
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Con Irán, la UE está pagando la primera gran factura de la nueva era global

Es probable que el mundo haya entrado en una nueva etapa con la guerra en Irán. Para el corresponsal en Bruselas, Nacho Alarcón, los europeos están viviendo por primera vez los efectos directos del nuevo mundo basado en la fuerza bruta y el desdén a las formas del viejo orden.

Nacho Alarcón Nacho Alarcón 11 de mayo de 2026
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La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de izquierda a derecha, el primer ministro Mark Carney, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, conversan antes de una reunión sobre la situación en Ucrania durante la VIII Cumbre de la Comunidad Política Europea celebrada en Ereván, Armenia. | Sean Kilpatrick / Zuma Press / Europa Press
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de izquierda a derecha, el primer ministro Mark Carney, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, conversan antes de una reunión sobre la situación en Ucrania durante la VIII Cumbre de la Comunidad Política Europea celebrada en Ereván, Armenia. | Sean Kilpatrick / Zuma Press / Europa Press
La crisis de Oriente Medio, y muy especialmente los efectos de la guerra que Estados Unidos e Israel han lanzado contra Irán y que ha llevado a que Teherán bloquee el estrecho de Ormuz, lo que está provocando una grave crisis en los precios de la energía, sigue dominando la agenda europea. Será uno de los grandes temas cuando los ministros de Asuntos Exteriores se reúnan este lunes en Bruselas, y será otro de los grandes temas cuando los ministros de Energía celebren un encuentro informal en Chipre a finales de la semana.

Todo el mundo en la capital comunitaria es consciente del impacto directo que la situación tiene sobre Europa, que ya afrontaba importantes retos mucho antes de que se lanzara la operación contra Irán: precios de la electricidad estructuralmente más altos que los de sus competidores, una crisis de competitividad, un crecimiento económico anémico y una necesidad de destinar una importante cantidad de recursos al rearme ante el regreso de la guerra al continente con la invasión rusa de Ucrania en 2022. La última vez que Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ofreció una cifra sobre el coste que estaba generando la guerra contra Irán, la alemana explicó que los europeos están teniendo que gastarse 500 millones de euros adicionales al día para comprar la misma cantidad de hidrocarburos que antes de la crisis. Pero esa factura económica es solamente la punta del iceberg.

"Mientras queda a la vista de todos que EE. UU. ha fracasado en su operación contra Irán, es la Unión Europea la que se enfrenta a una situación mucho peor que antes de la guerra"
Europa está pagando una factura que va mucho más allá del aumento de precios de los hidrocarburos. Está pagando el precio de la decisión de, presa de sus divisiones, sus dependencias y su falta de visión geopolítica conjunta, haber asumido el papel de espectadora pasiva respecto a sus propios intereses directos. Mientras queda a la vista de todos que EE. UU. ha fracasado en su operación contra Irán, es la Unión Europea la que se enfrenta a una situación mucho peor que antes de la guerra: los ya citados precios disparados de la energía, la caótica situación en Líbano, un socio clave que es ahora mucho más inestable, la amenaza de una crisis humanitaria y un debilitamiento de la seguridad en toda la región.

El último y triste capítulo de ese conformismo, producto de la psique de un continente cansado de la historia y con un deseo profundo de mantenerse al margen de los acontecimientos globales, se vivió con la respuesta al lanzamiento del ataque contra Irán. Exceptuando al Gobierno español, que apostó por un mensaje más frontal contra las acciones de la Administración estadounidense, el resto de capitales apostaron por un abanico de reacciones que fueron desde la queja con la boca pequeña —a la que se unieron poco a poco Francia o Italia— hasta el apoyo total a la operación, como hizo Alemania, creyendo que el respaldo sería útil para un verdadero cambio de régimen o, al menos, facilitaría un conflicto corto.

Ante la primera prueba del rol de EE. UU. en esta nueva era de fuerza bruta desprovista de los moldes y formalismos del orden global anterior, Europa ha podido comprobar dos cosas: que todos los instrumentos retóricos usados en el pasado son inútiles y que EE. UU. no se hará responsable de las consecuencias negativas para los demás de proyectar su poder. Cuando se habla de la ruptura del lazo transatlántico, se suele reducir únicamente a la supervivencia de la OTAN, pero también consiste en esa falta de interés o de sensibilidad hacia los aliados que se está viendo en la crisis de Irán. EE. UU. atacó a Irán en coordinación con Israel sin ni siquiera informar al Consejo Atlántico, pero acto seguido la Casa Blanca quiere que sean otros quienes asuman la responsabilidad de resolver los efectos adversos de sus acciones unilaterales.

"El nuevo mundo de la fuerza bruta consiste en la desaparición de los mecanismos de mitigación y contrapesos que establecían límites teóricos que, al menos, obligaban a disimular"
Por supuesto, EE. UU. ha actuado fuera del marco legal en el pasado. El nuevo mundo de la fuerza bruta no consiste en obviar el uso de la agresión en el pasado por parte de las grandes potencias, sino en la desaparición de los mecanismos de mitigación y contrapesos que establecían límites teóricos que, al menos, obligaban a disimular. "Se podría argumentar que los poderosos siempre han hecho lo que les ha dado la gana, sin tener en cuenta las limitaciones de la ley. Pero [...] antes de Trump, los presidentes de EE. UU. seguían considerando la ilegalidad como un problema que había que resolver o, al menos, disimular. La necesidad de parecer legítimos ante el mundo, y sobre todo ante el propio pueblo estadounidense", escribía a mediados de abril Hans Kribbe, analista del think tank Brussels Institute for Geopolitics (BIG).

Europa debería extraer tres conclusiones urgentes de esta situación. La primera y más obvia es que la transición verde es una cuestión prioritaria desde una perspectiva geoestratégica. Los defensores de un repliegue del Pacto Verde dedican demasiado tiempo a lamentarse de que el resto de competidores fuera de la UE disfrutan de precios de la energía más bajos y de estándares y normativas mucho más laxos, que hacen que tengan menos costes. Ante ese argumento hay que preguntarse: ¿es Europa acaso EE. UU. o China? La respuesta, obvia, es no. Lamentarse porque la realidad es diferente a como nos gustaría no tiene demasiado sentido. Si Europa extiende su dependencia de unos hidrocarburos que no puede obtener en su propio territorio, se expone a nuevas crisis como la actual.

La segunda tiene que ver con el poder. Cuando Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, expresó que Europa no podía seguir defendiendo un "orden global obsoleto", la alemana intentó poner sobre la mesa un discurso con el que pretendía defender una visión europea más realista y dura de las relaciones internacionales. Fue una intervención desafortunada en la que muchos interpretaron que Von der Leyen explicaba que el derecho internacional había quedado obsoleto. Aunque su discurso provocara una enorme polvareda, había ideas en él que eran sólidas y que llevan tiempo cocinándose.

"Las potencias medianas, a las que ahora pertenece Europa, deben hacer lo posible por protegerse de los efectos negativos de este nuevo orden"
Europa debe entender que en este nuevo mundo de fuerza desnuda necesita ser capaz y estar lista para hacer uso de todo el abanico de instrumentos disponibles para ejercer poder. No por el simple hecho de proyectar fuerza, no como un mero juego de suma cero, sino como una forma precisamente de defender un modelo multilateral y el derecho internacional, sin que necesariamente ese sistema deba ser el mismo de después de 1945 o de 1989, claramente superados. Las grandes potencias ya no están dispuestas a fingir que juegan con esas normas, por lo que las potencias medianas, a las que ahora pertenece Europa, deben hacer lo posible por protegerse de los efectos negativos de este nuevo orden y tratar de hacer emerger un nuevo mecanismo de gestión.

La tercera es que tratar de acomodarse a EE. UU. confiando en que las consecuencias sean limitadas es naíf. Los líderes europeos salieron de la crisis de Groenlandia convencidos de que haber sido contundentes y claros con la Administración estadounidense había evitado una crisis sin precedentes. Deberían aplicar la misma lógica para aquellos asuntos que, sin ser cuestiones internas de la UE, también tienen un impacto directo sobre Europa, como ha ocurrido con la crisis del Golfo. Pero también deben dar un salto adicional: todo aquello que alimente la ley del más fuerte, que acelere el proceso de demolición del respeto al derecho internacional, sea donde sea, va directamente en contra de los intereses europeos, incluso cuando el que sufre de manera directa los efectos negativos es un rival tan directo y salvaje como el régimen de los ayatolás.
Nacho Alarcón
Nacho Alarcón
Corresponsal en Bruselas y experto en política europea
Corresponsal en Bruselas de 'El Confidencial' y autor de la 'newsletter' de asuntos europeos Nexo Europa. Premio de periodismo europeo Salvador de Mariaga 2024.
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