Martes, 28 de julio de 2026
NEGOCIAR TRAS LA GUERRA

Por qué el conflicto entre Irán y EE. UU. sigue sin salida

"La guerra parece haber reforzado la posición de Irán en las negociaciones". Con esta afirmación, el investigador principal de CIDOB Moussa Bourekba empieza su análisis sobre el presente y un posible futuro de la guerra en Irán. Dado que Donald Trump "sigue apostando por la presión económica y militar" y Teherán ha logrado mostrar su impacto con el bloqueo del estrecho de Ormuz, "el equilibrio podría derivar en una tregua prolongada sin acuerdo".

Moussa Bourekba Moussa Bourekba 29 de abril de 2026
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El vicepresidente de EE. UU., J. D. Vance, aterriza en Islamabad para proseguir las negociaciones de paz con Irán. | Wang Shen / Xinhua News / Europa Press
El vicepresidente de EE. UU., J. D. Vance, aterriza en Islamabad para proseguir las negociaciones de paz con Irán. | Wang Shen / Xinhua News / Europa Press
Tras dos meses de guerra, EE. UU. e Irán negocian prácticamente lo mismo que antes del conflicto. Mientras Donald Trump insiste en que las negociaciones avanzan, en Teherán predomina la desconfianza y las autoridades iraníes acusan a Washington de buscar su rendición. Aunque la vuelta a la mesa puede interpretarse como una señal alentadora, hay pocos motivos para pensar que estas negociaciones resolverán cuestiones que llevan años discutiéndose. Tras dos meses de guerra entre EE. UU., Israel e Irán, ¿qué ha cambiado realmente?

La respuesta corta es que, en lo esencial, muy poco. Las discusiones entre las partes se centran en exactamente los mismos elementos que antes del conflicto: el programa nuclear iraní, sus capacidades balísticas y su papel en la región. Pero hay algo más preocupante: si el objetivo de Trump era forzar concesiones mediante la fuerza, el resultado apunta en la dirección contraria. Lejos de haber moderado las demandas iraníes, esta guerra las ha endurecido. En consecuencia, Teherán no solo sigue reivindicando el derecho a desarrollar su programa nuclear, sino que ha añadido un elemento nuevo a la ecuación: el control del estrecho de Ormuz como arma de negociación.

"Un régimen que hace apenas dos meses se percibía como debilitado vuelve a negociar con posiciones tan maximalistas o más que antes del conflicto"
Este punto es fundamental. Irán no ha cerrado completamente el estrecho, pero ha demostrado que puede generar suficiente disrupción como para elevar el coste económico del conflicto a escala regional y global. Esa capacidad, que algunos analistas interpretan como la base del poder regional renovado de Irán, se traduce ahora en leverage en la mesa de negociación. Esto explica por qué un régimen que hace apenas dos meses se percibía como debilitado internamente y en la región vuelve a negociar con posiciones tan maximalistas o más que antes del conflicto. Así, paradójicamente, la guerra parece haber reforzado la posición de Irán en las negociaciones.

Vista desde la lógica de un conflicto asimétrico, esta aparente contradicción deja de serlo. Para Irán, el actor más débil, sobrevivir a esta guerra ya constituye una forma de victoria. No necesita imponerse militarmente para reforzar su posición; le basta con resistir y demostrar que el coste de doblegarlo es demasiado alto. Para EE. UU., no alcanzar sus objetivos equivale a perder porque su superioridad militar solo tiene sentido si se traduce en resultados políticos concretos. En este contexto, retomar las negociaciones pone en evidencia el fracaso de la coerción: EE. UU. vuelve a la mesa porque no ha logrado mediante la fuerza lo que buscaba. Pero ello no implica que Trump haya ajustado sus objetivos, pues continúa tratando de imponer sus condiciones a Irán.

"Para el presidente estadounidense, la negociación no es un proceso destinado a acercar posiciones, sino una herramienta más dentro de una lógica de presión"
Aquí radica un segundo problema, menos visible pero igual de determinante: la incompatibilidad entre las formas de negociar. Para el presidente estadounidense, la negociación no es un proceso destinado a acercar posiciones, sino una herramienta más dentro de una lógica de presión. No se negocia para evitar la guerra; se negocia cuando la guerra no ha producido los resultados esperados. Y Trump lo hace con la misma lógica que la guerra. Es decir, busca obtener una victoria rápida, que pueda explotar políticamente y, en la medida de lo posible, humillar al adversario. Este patrón se ha repetido en las últimas semanas. Trump presentó el alto el fuego del 8 de abril como el resultado de una presión efectiva sobre Irán y trató de presentarlo como señal de debilidad de la República Islámica. Poco después, cuando Teherán anunció la reapertura del estrecho de Ormuz, Washington, lejos de interpretarlo como un gesto de buena voluntad, lo entendió como una confirmación de que su estrategia estaba funcionando. Y cuando Irán volvió a endurecer su postura en el estrecho, la respuesta estadounidense fue elevar el tono y amenazar con nuevas acciones militares. La secuencia es siempre la misma: presión, anuncio de victoria, nueva presión. Este patrón, errático e impulsivo, introduce un grado de imprevisibilidad que dificulta cualquier negociación sostenida en el tiempo. Además, esta lógica rompe con la de Teherán. Como quedó reflejado con el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) de 2015 —tras más de una década de negociaciones—, los diplomáticos iraníes son más de procesos largos (a veces interminables), extremadamente detallados y técnicos, y en los que cada palabra cuenta.

Por qué las garantías siguen bloqueando un acuerdo con Irán

Además, para Irán, el objetivo va más allá de negociar minuciosamente los términos del acuerdo, porque quiere conseguir garantías. Y para que haya garantías, hace falta un mínimo de confianza entre las partes. Ese mínimo hoy no existe. Cabe recordar que, en menos de un año, la República Islámica fue atacada dos veces por EE. UU. e Israel en medio de negociaciones que parecían prometedoras. Así, para Teherán, el temor a que EE. UU. y Tel Aviv utilicen las negociaciones como pausa táctica no es una hipótesis, sino un precedente reciente. De ahí que el jefe del equipo negociador iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, haya reconocido que Teherán no confía en EE. UU. y da por hecho que los combates pueden reanudarse en cualquier momento, incluso durante las negociaciones.

"Las demandas estadounidenses en materia nuclear implican compromisos duraderos, cuando no irreversibles, mientras que las contrapartidas ofrecidas pueden revertirse con cierta facilidad"
Este contexto explica por qué Irán insiste en garantías firmes y evita concesiones difíciles de revertir. Esta insistencia se debe a otro problema estructural de la negociación que la República Islámica trata de superar: la asimetría entre concesiones y garantías. Las demandas estadounidenses en materia nuclear —entregar o eliminar el stock de uranio— implican compromisos duraderos, cuando no irreversibles, mientras que las contrapartidas ofrecidas —levantamiento de sanciones o desbloqueo de activos— pueden revertirse con cierta facilidad. Conviene recordar que la guerra actual tiene su origen en la retirada unilateral de Donald Trump del PAIC en 2018. A la luz de ese precedente, para Teherán este intercambio de concesiones irreversibles frente a contrapartidas reversibles equivale a asumir un coste seguro a cambio de un beneficio incierto.

En estas condiciones, el margen para el compromiso es extremadamente estrecho y lo es aún más tras dos meses de guerra. En otras palabras, el problema es que las premisas de ambos actores siguen siendo incompatibles en lo esencial. La actitud de Teherán sigue siendo la misma y la guerra ha puesto de manifiesto su capacidad de disrupción en la región, en Ormuz y en la economía global, reforzando así los incentivos para mantener su posición. En paralelo, Trump —guiado por la creencia de que la fuerza lo resuelve todo— sigue apostando por la presión económica y militar con la expectativa de que Irán termine cediendo. Entre ambas premisas, no hay base real para un compromiso que aborde las cuestiones de fondo.

Por tanto, mientras las premisas de cada parte sigan siendo las mismas, el alto el fuego no puede ser más que precario. El único elemento que invita a cierto optimismo es que, a pesar de las tensiones en Ormuz, el alto el fuego se mantiene. Esto sugiere que ambas partes prefieren, por ahora, evitar una escalada mayor debido a los costes acumulados. El equilibrio podría derivar en una tregua prolongada sin acuerdo: una pausa indefinida que permita a Trump dar por cerrada una guerra costosa sin haber resuelto el problema de fondo, mientras Irán conserva sus principales palancas de presión sin obtener el alivio económico que necesita. No es un resultado satisfactorio para ninguno de los dos, pero sí susceptible de ser presentado como un éxito político por ambas partes.
En alianza con
Moussa Bourekba
Moussa Bourekba
Investigador principal de CIDOB
Moussa Bourekba es investigador principal de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs). También es profesor asociado en Relaciones Internacionales en la Facultad de Blanquerna (Universitat Ramon Llull) y en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona donde enseña Relaciones Internacionales. También trabajó como consultor para el Institut Français des Relations Internationales (IFRI, París)
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