Martes, 28 de julio de 2026
'THE ECONOMIST'

Los aliados de EE. UU. deben ayudarle a salir de una guerra ilegal, afirma el negociador entre Trump e Irán

La superpotencia "ha perdido el control de su política exterior", escribe el ministro de Exteriores de Omán, Badr Albusaidi. En este análisis que 'Agenda Pública' a través de 'The Economist' ofrece en abierto para España, el encargado de mediar entre EE. UU. e Irán en sus pasadas negociaciones sobre política nuclear sostiene que "los intereses nacionales tanto de Irán como de EE. UU. pasan por poner fin a las hostilidades lo antes posible".

Badr Albusaidi Badr Albusaidi 19 de marzo de 2026
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Badr Albusaidi es diplomático desde el año 1988 y actual ministro de Exteriores del Sultanato de Omán. | Ilustración: Dan Williams /  The Economist
Badr Albusaidi es diplomático desde el año 1988 y actual ministro de Exteriores del Sultanato de Omán. | Ilustración: Dan Williams / The Economist
Dos veces en nueve meses, EE. UU. e Irán han estado al borde de alcanzar un acuerdo real sobre la cuestión más difícil que los separa: el programa nuclear iraní y el temor estadounidense a que pueda tener fines militares. Por eso, fue un shock, aunque no una sorpresa, que el 28 de febrero —apenas unas horas después de las conversaciones más recientes y sustantivas— Israel y EE. UU. volvieran a lanzar un ataque militar ilegal contra una paz que, por un momento, había parecido realmente posible.

La represalia iraní contra lo que Teherán considera objetivos estadounidenses en territorio de sus países vecinos fue un resultado inevitable, aunque profundamente lamentable y completamente inaceptable. Ante lo que tanto Israel como EE. UU. describieron como una guerra orientada a poner fin a la República Islámica, probablemente era la única opción racional al alcance de la dirigencia iraní.

Los efectos de esa represalia se notan con especial intensidad en la ribera sur del Golfo, donde los países árabes que habían depositado su confianza en la cooperación de seguridad con EE. UU. experimentan ahora esa cooperación como una vulnerabilidad aguda, que amenaza su seguridad presente y su prosperidad futura.

Para los Estados del Golfo, un modelo económico en el que el deporte global, el turismo, la aviación y la tecnología iban a desempeñar un papel importante está ahora en peligro. Los planes para convertirse en un centro mundial de datos quizá deban revisarse. Los efectos de la represalia iraní ya se dejan sentir a escala global, puesto que el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz se ha visto gravemente alterado, impulsando al alza los precios de la energía y amenazando con una profunda recesión. Si quienes diseñaron esta guerra no previeron este escenario, se trataría sin duda de un grave error de cálculo.

"Esta no es la guerra de EE. UU. y no existe un escenario probable en el que tanto Israel como EE. UU. obtengan de ella lo que desean"
El mayor error de cálculo de la Administración estadounidense fue, por supuesto, el dejarse arrastrar a esta guerra en primer lugar. Esta no es la guerra de EE. UU. y no existe un escenario probable en el que tanto Israel como EE. UU. obtengan de ella lo que desean. Cabe esperar que el compromiso estadounidense con un cambio de régimen sea solo retórico, mientras que Israel persigue de forma explícita el derrocamiento de la República Islámica y probablemente le importe poco cómo se gobierne el país, o por quién, una vez alcanzado ese objetivo.


Con ese propósito en mente, los líderes israelíes parecen haber convencido a EE. UU. de que Irán había quedado tan debilitado por las sanciones, las divisiones internas y los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre sus instalaciones nucleares el pasado junio, que una rendición incondicional seguiría con rapidez al ataque inicial y al asesinato del líder supremo. Pero ya debería estar claro que, para que Israel alcance su objetivo declarado, será necesaria una larga campaña militar a la que EE. UU. tendría que comprometer tropas sobre el terreno (troops on the ground), abriendo un nuevo frente en las guerras eternas que el presidente Donald Trump prometió en su día terminar. Esto no es lo que quiere el Gobierno estadounidense. Tampoco lo quiere su población, que desde luego no percibe este conflicto como su guerra.

La pregunta para los amigos de EE. UU. es sencilla: ¿qué podemos hacer para sacar a la superpotencia de este enredo no deseado? En primer lugar, los amigos de EE. UU. tienen la responsabilidad de decir la verdad. Y esa verdad empieza por reconocer que hay dos partes en esta guerra que no tienen nada que ganar con ella, y que los intereses nacionales tanto de Irán como de EE. UU. pasan por poner fin a las hostilidades lo antes posible. Es una verdad difícil de expresar, porque implica señalar hasta qué punto EE. UU. ha perdido el control de su propia política exterior. Pero hay que decirla.

"Una evaluación calmada de esos intereses indicaría que estos deben incluir un final definitivo y concluyente a la proliferación de armas nucleares en la región"
A continuación, los líderes de EE. UU. deberán decidir dónde se encuentran realmente sus intereses nacionales y actuar en consecuencia. Una evaluación calmada de esos intereses indicaría que estos deben incluir un final definitivo y concluyente a la proliferación de armas nucleares en la región, unas cadenas de suministro energético seguras y nuevas oportunidades de inversión en el contexto de la creciente importancia económica global de la zona. Todo ello se lograría mejor con un Irán en paz con sus vecinos. Tal vez esos objetivos puedan identificarse como metas compartidas por todos los países del Golfo. El reto consiste en encontrar cómo llegar hasta ahí desde la catástrofe actual.


Puede resultar difícil para EE. UU. volver a unas negociaciones bilaterales de las que fue apartado en dos ocasiones por la tentación de la guerra. También será difícil para el liderazgo iraní retomar el diálogo con una Administración que cambió dos veces, de forma abrupta, las conversaciones por bombardeos y asesinatos. Pero el camino para alejarse de la guerra, por arduo que resulte para ambas partes recorrerlo, quizá deba pasar precisamente por esa reanudación.

Imaginar una energía positiva

Las partes necesitan un incentivo que les permita reunir el valor necesario para volver a comprometerse. Ese incentivo podría surgir si se vinculan las negociaciones bilaterales, indispensables para resolver el núcleo del problema entre EE. UU. e Irán, con un proceso regional más amplio, diseñado para establecer un marco de transparencia sobre la energía nuclear —y sobre la transición energética en un sentido más amplio— en la región. Dado que todos los países de la zona miran hacia un futuro poscarbono en común, una innovación y un desarrollo seguros pueden depender de algún acuerdo básico sobre el papel que desempeñarán las tecnologías nucleares.

"Unas conversaciones iniciales podrían dar paso, con el tiempo, a medidas que generen confianza y a un consenso sobre el papel que debe desempeñar la energía nuclear en la transición energética"
¿Podría esto ofrecer una recompensa lo bastante importante como para que todos los actores principales acepten de buen grado las dificultades del diálogo y traten de alcanzarlo juntos? Desde luego, es algo que Omán y sus vecinos del Consejo de Cooperación del Golfo pueden proponer. Unas conversaciones iniciales podrían dar paso, con el tiempo, a medidas que generen confianza y a un consenso sobre el papel que debe desempeñar la energía nuclear en la transición energética. El destino último de un proceso así es, por supuesto, imposible de determinar, especialmente en medio de una guerra. Pero quizá sí sea posible, tal vez en el marco de un tratado regional de no agresión, asegurar un acuerdo regional sustantivo sobre transparencia nuclear.
Badr Albusaidi
Badr Albusaidi
Ministro de Exteriores de Omán
Es ministro de Exteriores de Omán. Ha sido mediador en las conversaciones sobre política nuclear entre EE. UU. e Irán.
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