Un día recibo un mail con la invitación a la primera edición del Foro Next Gen, evento que estaba llamado a ser el punto de encuentro de los líderes políticos y empresariales emergentes de la generación millennial y
zeta. Mi vida en política fue muy discreta como para ser tenido por líder; mi trayectoria letrada muy bisoña aún para ser referente de nadie;
hasta mi generación, la del 95, cabalga desencajada entre las que nos rodean. ¿Qué podía yo aportar en esta conversación? Quizás esta contracrónica; quizás una mirada de foráneo; quizás un recado de académico; quizás se confundieron de Ignacio.
Muchos quizás, sin duda, pero nos subimos a ese avión.
Nueve de la mañana, 20 de febrero. Recibe Granada. Un sol inapelable y un frío gentil. Serían el comité de bienvenida, en el Carmen de los Mártires el arrullo de las fuentes, las vistas privilegiadas, algunas caras conocidas y un copioso ambigú. El teatro de este conciliábulo se desplegaba organizado con esmero y mimo. Todas las puntadas estaban hechas con hilo: el escenario impecable, los invitados expectantes, el aparataje técnico presto y la ausencia de horario premeditada, llamando a los asistentes a desembarazarse de los corsés que, allende, suelen ordenar su atribulada vida.
Pablo González Ruiz de la Torre y Marc López Plana, con modales de quien ha merendado en las mejores magistraturas, dejaron en la inauguración un recado a la concurrencia: que se atrevieran —nos atreviéramos— a pensar en un mañana mejor, en el que el diálogo es algo más que una palabra sobada.
"La charla debía abordar la sencillita cuestión de la búsqueda de la verdad —¿política?— en tiempos de incertidumbre"
Puestos los deberes, comenzaba la primera ponencia, con vértigo y profundo placer. Vértigo y placer porque me tocaba a mí participar en ella; porque mi partenaire en la cuestión no era otro que el mucho más locuaz
Nacho Corredor; y porque la charla debía abordar la sencillita cuestión de la búsqueda de la verdad —¿política?— en tiempos de incertidumbre.
Ignacio Rigau es abogado, profesor y fue coordinador general de NNGG en Catalunya. Foto: Agenda Pública / Álex Cámara
En el espacio de lo que no llegó a media hora, los tocayos pudimos pergeñar las que creíamos nuestras recetas para un siglo en el que la incerteza —en la sociedad, en el futuro, en el rival, en la vivienda, en la economía, en Europa, en los etcéteras— es el denominador de los comunes. Dicen que, en una conversación apócrifa, Zygmunt Bauman, sentenció que, abonando sus grandes éxitos, en una sociedad condenada a ser líquida, los amores deben ser sólidos y parece que algo de ese escolio hizo poso en estos dos ponentes. Corredor arraigó sus reflexiones en el agradecimiento a las generaciones que nos han llevado hasta donde estamos, para lanzar al público una reivindicación de la verdad y la belleza, ante la duda. La verdad debe aspirar a ser compartida, especialmente en una época donde no quedan vigencias, ni sacralidades. Nacho empalabró el camino, con la finura que le es propia, hacia una teoría de la utilidad política: la batalla cultural no ayuda a nadie, por concebirse como batalla y por librarse desde lo contrario a la cultura, así que librémonos, nos exhortaba, de la soberbia para construir una sociedad mejor.
"La concesión no es un signo de debilidad y, citando a Ortega y Gasset, el político lo es de verdad cuando sabe añadir «al audaz obligado el lujoso brinco»"
Seguramente, con menos talento que mi codemandado, quise pedir a la comunidad política —al menos, a la ahí representada— que, si la verdad de hoy está por reconstruir, que este esfuerzo se haga desde la dignidad y la elegancia (¡y sin cursiladas!). Lealtad en el discurso y parresía en su despliegue, valentía (que no temeridad) en los posicionamientos y dignidad en los fondos que los motiven. La concesión no es un signo de debilidad y, citando a Ortega y Gasset, el político lo es de verdad cuando sabe añadir "al audaz obligado el lujoso brinco". Ah, pero
Pablo, moderador de esta agradable charleta, aún tendría una pregunta de cierre con la que desestabilizar a los facundos Ignacios:
¿Qué certeza deberíamos abandonar este siglo?
No os mentiré: sigo mascando la preguntita, aun escribiendo estas líneas. No solo porque merece toda la reflexión, sino porque fue, a su manera, el vector de todo el foro. Si la certeza secular que debemos abandonar —y así lo creo— es la del calor ideológico y la comodidad de la trinchera (la "reivindicación de la explicación total", en palabras de Arendt);
si la certeza de la que despojarnos deben ser las pegatinas, colorines e idiosincrasias de la ideología, para explorar sinceros las ideas y las verdades, un foro de los distintos era la plaza indicada para poner el primer peldaño. Y el segundo. Y el tercero.
Así, las siguientes ponencias y dinámicas permitieron a los (s)electos (alcaldes, parlamentarios, ejecutivos y asesores), oponentes fuera, concurrir y dudar y compartir los males que les aquejan, ya fuesen estas las fatigas de la política local, los sinsabores de las redes o los miedos cernidos sobre Europa. Invocando de nuevo a Ortega, parece que la Alhambra ejerció sobre esta coalición de dispuestos un efecto sanador sobre las formas de la hemiplejía moral.
El Foro Next Gen en Granada fue algo más que un programa de sesiones y debates: fue el reencuentro con la energía que uno olvida cuando se pasa demasiado tiempo entre estrecheces y ecos. Agenda Pública y TALEÑTO ESPAÑA nos ofrecieron una visión y un espacio; los participantes, la generosidad de sus ideas y su sinceridad en el diálogo. Si esto ha de ser una larga conversación, esos dos días certificaron que hay una generación que, lejos de buscar atajos, está dispuesta a no dar nada por inevitable.