Por una política a la altura: del insulto a la discrepancia y del consenso al acuerdo
¿Cuál es el valor de disentir? Tras el Foro Next Gen, el popular Ignacio Catalá, diputado del PP en Asamblea de Madrid y Enma López, portavoz adjunta del PSOE y concejala en el Ayuntamiento de Madrid, conversan con 'Agenda Pública', demostrando que la discrepancia entre posiciones también es una vía útil que puede generar acuerdos y, sobre todo, responde a la necesidad de soluciones que reivindica la ciudadanía.
Enma López y Nacho Catalá conversan con 'Agenda Pública' en Granada. | Agenda Pública / Álex Cámara
Desde que el término polarización comenzó a popularizarse, políticos y ciudadanos han adoptado posiciones muy similares. A pesar de ser plenamente conscientes de sus desventajas y de que hay pocas virtudes en el enfrentamiento frontal y sistemático, los niveles de división no han hecho sino aumentar. En el Foro Next Gen, el encuentro anual de líderes emergentes impulsado por Agenda Pública y TALEÑTO ESPAÑA, uno de los objetivos principales era intentar visibilizar los porqués y las consecuencias de esta dinámica.
Para ello no basta con escoger a políticos de un lado y de otro para que expliquen su programa electoral. Es necesario que hablen de la metapolítica: que se comprenda por qué existe esa brecha —legítima y valiosa— que ahora se manifiesta de forma tan virulenta. Es decir, una discusión sobre la propia discusión y el desacuerdo, que haga ver a los propios implicados en la política dónde se encuentran los ciudadanos y por qué comienza a aparecer una fuerte apatía.
Esta fue la idea de la conversación que mantuvieron en Granada Ignacio Catalá y Enma López. Ambos, líderes generacionales. Una vez finalizado su debate —regido por las reglas de Chatham House—, accedieron a esta conversación especial que compartimos en Agenda Pública.
Además de diputado en la Asamblea, Catalá es secretario de Transportes del PP Madrid. Foto: Agenda Pública / Álex Cámara
¿Cómo afrontamos la discusión política sin el odio pero con distancia?
El punto de partida es la discrepancia. Parece obvio que los partidos deben diferenciarse, porque de lo contrario se estaría frente a una amalgama de formaciones que replican una oferta política similar. En palabras de Enma López, "es muy sano" que exista esta distancia. Sin embargo, el debate de "deshumanizar al contrario construye poco", donde se practica "el insulto por el insulto", cruza una frontera y acaba por limitar la capacidad transformadora de la política. En la misma línea, Catalá señala que "se pueden tener posiciones enormemente alejadas", pero aun así "el debate público te puede llevar a un acuerdo". "Eso es la sociedad", incide.
"La polarización es básicamente el insulto por el insulto, donde ya no hay un debate material"
"Hay que distinguir entre lo que es discrepancia, que creo que es super sano", defiende López, "y luego ya lo que es la polarización, que básicamente es el insulto por el insulto, donde ya no hay un debate material". Una democracia madura necesita conflicto. Lo que la erosiona es la deshumanización.
La distinción es crucial porque el diagnóstico dominante tiende a mezclarlo todo. Si cualquier desacuerdo intenso es etiquetado como polarización, el remedio implícito pasa a ser el consenso permanente. Y el consenso permanente, en sociedades complejas, es una ilusión. Nacho Catalá coincide con su compañera de mesa, aunque ampliando el foco: "Entender que se pueden tener posiciones enormemente alejadas y que, en todo caso, el debate público te puede llevar a un acuerdo o a la aceptación de que el otro está ahí. Tiene mayoría durante un tiempo y luego ya veremos", asevera. La política, en esta visión, no es la abolición del antagonismo, sino su domesticación institucional.
Ambos políticos se preocupan también por la calidad del debate porque, como explica López, "estamos frente a unos retos tremendos". Catalá está de acuerdo en la importancia del presente y lamenta que "exista una falta de diálogo" entre los dos grandes partidos. Con todo, el popular valora positivamente que aparezcan muchos temas en política exterior donde, en líneas generales, ha habido acuerdo: con la guerra de Ucrania o el viraje en la relación atlántica.
"En todo caso, el debate público te puede llevar a un acuerdo o a la aceptación de que el otro está ahí. Tiene mayoría durante un tiempo y luego ya veremos"
El problema, sin embargo, es que España vive la confrontación como permanente. Durante la Transición —con figuras como Adolfo Suárez o Alfonso Guerra en el epicentro del poder— el desacuerdo coexistía con una sensación de urgencia histórica. Había que diseñar un Estado democrático, integrar sensibilidades opuestas y estabilizar una economía frágil. La tensión no desaparecía, pero estaba subordinada a un objetivo compartido.
Hoy, sugiere López, la falta de esa presión existencial permite que el Parlamento derive con mayor facilidad hacia el gesto y la descalificación: "Quizá ahora la sensación de urgencia sea menor y nos podamos entretener en insultarnos en un Parlamento en vez de estar sacando adelante leyes básicas para modernizar un país", argumenta. La urgencia actúa como disciplinador. Cuando se diluye, el incentivo para la teatralización aumenta.
La comparación con el pasado es tentadora. También es engañosa. Catalá recordaba que los años ochenta tampoco fueron un remanso de armonía —la política del "Dóberman", el "váyase"— y advierte contra el catastrofismo: "Yo tampoco soy tan catastrofista: no estamos en el año 32, ni mucho menos".
López es secretaria federal de Estudios y Programas y concejala del PSOE en el Ayuntamiento de Madrid. Foto: Agenda Pública / Álex Cámara
Acuerdos para combatir los enormes retos del presente
La diferencia quizá no sea la intensidad, sino la constancia. El ecosistema digital ha convertido el desacuerdo en flujo continuo. Lo que antes eran campañas episódicas hoy es fricción diaria, amplificada por redes sociales que premian el agravio, la ironía punzante y la indignación instantánea. La política ha pasado de experimentarse en ciclos a consumirse en tiempo real.
Sin embargo, el debate más inquietante puede ser el generacional. Catalá lo formula sin ambages: "Puede haber una guerra civil generacional". La expresión apunta a una fractura entre quienes accedieron a vivienda en propiedad y estabilidad laboral durante las décadas de expansión y quienes hoy encadenan alquileres, precariedad y la sospecha de que las pensiones que financian quizá no existirán cuando las necesiten.
"Tengo mucho miedo a la quiebra generacional", reitera. La demografía no juega a favor. La tasa de dependencia aumenta. El mercado inmobiliario expulsa a jóvenes de los centros urbanos. La movilidad social, que fue motor del optimismo colectivo, muestra signos de agotamiento.
López rechaza el marco estrictamente etario y lo reubicó en términos más clásicos: "No es un tema generacional, sino un tema de clases de toda la vida: entre propietarios y no propietarios". No todos los mayores son privilegiados, señala, ni todos los jóvenes son precarios. El eje real atraviesa la estructura de propiedad.
La discusión es muy importante. Si el conflicto se define como guerra generacional, la solución tenderá a ser redistribución intercohortes. Si se define como desigualdad patrimonial, la respuesta pasará por fiscalidad, vivienda y regulación de mercados. Cambiar el marco altera la política pública.
"La historia económica muestra que las transiciones tecnológicas tienden a concentrar renta en fases iniciales. La política decide si esa concentración se consolida o se corrige"
Ambos coincidieron, sin embargo, en que los próximos retos pueden ser más disruptivos que los de la propia Transición. La digitalización y la inteligencia artificial se presentan como verdaderas fuerzas de reconfiguración productiva. "El tema de la digitalización nos va a llevar como país a unos retos que a lo mejor son incluso más grandes que los que vivimos en la época de la Transición".
La cuestión no es si habrá crecimiento, sino quién capturará sus frutos. "Tenemos el reto de redistribuir esos beneficios", prosigue, "porque si al final lo que va a hacer es hacer mucho más ricos a los que ya son ricos y al resto mucho más pobres, creo que no". La historia económica muestra que las transiciones tecnológicas tienden a concentrar renta en fases iniciales. La política decide si esa concentración se consolida o se corrige.
Catalá introduce otro matiz relevante: la continuidad del Estado más allá del ruido. Señala que, pese a la falta de acuerdos sustanciales entre Gobierno y oposición en los últimos años, "el país va a seguir avanzando". Quizá el problema no sea la existencia del conflicto, sino su encuadre permanente como crisis existencial. Una democracia no se mide por la ausencia de desacuerdo. Se mide por su capacidad de procesarlo sin romperse. España ha atravesado tensiones mayores —económicas, territoriales, institucionales— y ha salido de ellas con ajustes graduales que evitaron el colapso.
López ofrece una metáfora clara en esta línea: "Las tertulias que funcionan son las tertulias en las que los tertulianos se conocen, se respetan y se aprecian con independencia de que discrepen". El respeto no elimina la discrepancia; la hace productiva. Sin reconocimiento mutuo, cualquier negociación se convierte en un juego de suma cero.
La lección final es menos dramática de lo que sugiere el ruido. España no sufre por debatir demasiado. Sufre cuando confunde confrontación con demolición. La discrepancia es el combustible de la política. La polarización estéril, su humo. El consenso no es la ausencia de conflicto, sino el acuerdo sobre las reglas para gestionarlo.
El riesgo no es que existan dos polos. El riesgo es que desaparezca el espacio compartido donde esos polos puedan hablar sin negar la legitimidad del otro. Si ese espacio se preserva, el desacuerdo será señal de vitalidad democrática.
"Para poder gobernar ese futuro, es urgente abandonar el ruido junto a los incentivos tóxicos del «insulto gratis»"
En el ambiente existe cierto grado de optimismo. Los debates, acompañados de discrepancias pero también de respeto y de conversaciones que continúan más allá del escenario, son la prueba de que hay un deseo de hacerlo mejor. Los líderes llamados a impulsar el mañana demuestran estar a la altura de la situación y que, en contextos como el Foro Next Gen, pueden surgir acuerdos, o discrepancias, positivos para el país. "Aquí estamos hablando del futuro del país y no solamente de nuestro país", concluye López, pensando también en el componente europeo. Para poder gobernar ese futuro, es urgente abandonar el ruido junto a los incentivos tóxicos del "insulto gratis" y entrar, por fin, a debatir y resolver los problemas de un momento histórico que ya nadie pone en duda.
Tan necesario es que existan discrepancias entre los partidos como saber detectar qué es lo que falla o dónde es preciso hacer hincapié. Es el paso previo a cualquier política pública con vocación transformadora. De este intercambio, Enma López asegura que sale "más conectada", tanto con los distintos partidos como con "el mundo de la empresa", también presente en el encuentro. "O vamos de la mano" con "un consenso de país, o no vamos a ningún lado", asegura la socialista. Nacho Catalá, por su parte, también valora el poder "desdramatizar" el debate: "Hemos tenido una charla acalorada, pero llevamos un día y medio y hemos hablado durante horas, también de otras cosas. No somos gente que se mate", apostilla.