Celebramos este año el centenario de la publicación de El proceso de Franz Kafka,
un libro póstumo del creador de un universo y un estilo que han influido en otras manifestaciones del arte y que también han servido para indagar en el escenario político. A Kafka se le ha presentado como
un profeta anticipador de los totalitarismos, en los que un rasgo común es el omnipotente poder de la burocracia, ante el que sucumben de modo inexorable algunos de los personajes de este autor.
El escritor no conoció el nazismo ni las purgas del estalinismo, aunque su obra estuvo prohibida en la Checoslovaquia comunista. Dos grandes escritores como Václav Havel y Milan Kundera encontraron inspiración en él. Tras la caída del régimen comunista, Havel aseguraba que en Kafka había hallado una parte de su propia experiencia, en referencia a los sentimientos de culpabilidad, alienación y opresión experimentados bajo el comunismo. Desde su exilio francés, Kundera escribió que "Kafka es un autor inaceptable para un mundo totalitario porque su obra es la imagen de dicho mundo". En esta época de populismos, a los que les molesta ser calificados de totalitarios, Franz Kafka sigue estando muy vigente.
A los populismos no se les cae de la boca la palabra "democracia" y se atreven incluso a declarar que ellos representan a la auténtica libertad. Lo justifican todo en el número, pero cuando se dan cuenta de que eso no es suficiente para apuntalar su poder solo les queda arremeter contra el Estado de derecho.
"El individuo puede ser derrotado, como lo es Josef K. en 'El proceso', pero no dejará de luchar contra la arbitrariedad del poder hasta el último instante"
El proceso lo escribió un hombre que era doctor en Derecho, quien, sin embargo, no ocultó su recelo ante la ley, pues pronto percibió que el derecho y la justicia no tenían por qué ser conceptos equivalentes. No fue abogado de tribunales y se ganó la vida como empleado del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo de Bohemia, un trabajo burocrático. Esto acentuó su escepticismo acerca de la ley, pues a menudo era testigo de toda clase de injusticias.
Muchos se fijan en el adjetivo "kafkiano" —convertido en lugar común para designar situaciones sin salida o angustiosas— y olvidan que Franz Kafka es un escritor de la libertad, dotado al mismo tiempo de un gran sentido de la justicia. Es el representante de la rebelión del individuo frente a un sistema burocrático, formalista y sin alma, que, dada su experiencia personal, podía existir indistintamente en el autoritario Imperio austrohúngaro o en la República de Weimar que había despertado unas esperanzas pronto truncadas. El individuo puede ser derrotado, como lo es Josef K. en El proceso, pero no por ello dejará de luchar contra la arbitrariedad del poder hasta el último instante.
Escepticismo hacia la ley
Franz Kafka probablemente no conoció la expresión "totalitario", empleada por primera vez en 1923 por el periodista Giovanni Amendola para calificar al régimen de Mussolini, aunque intuyó la naturaleza del totalitarismo. Incluido lo que podría calificarse de "totalitarismo blando", presente en los gobiernos populistas de nuestra época. Por eso, la ironía de Kafka se manifiesta al afirmar que el protagonista de El proceso vivía "en un Estado de derecho en el que reinaba la paz y se respetaban las leyes". El escepticismo de Kafka hacia la ley sería compartido por uno de sus admiradores, el filósofo Walter Benjamin, que antes fue un desilusionado estudiante de Derecho. Coincidía con Kafka en que
el derecho no conduce necesariamente a la justicia y, en consecuencia, reducía el sistema jurídico a un reflejo de las relaciones de poder.
"¿Cómo no pensar en Kafka en medio de esa cultura de la cancelación que arrasa en Occidente y que no conoce la presunción de inocencia y menos aún el perdón?"
Josef K. en El proceso se ve obligado a asumir progresivamente que su castigo es tan justo como inevitable. Humillación y condena, algunas veces con muerte física y otras con muerte civil. ¿Cómo no pensar en Kafka en medio de esa cultura de la cancelación que arrasa en Occidente y que no conoce la presunción de inocencia y menos aún el perdón? Una cultura de la cancelación que, además, lleva inevitablemente a deshumanizar a los que señala, pues nada quiere saber de dudas o matices.
Los cancelados no se pueden defender con argumentos de lógica racional. Tampoco es capaz de hacerlo Josef K.
Como bien señala Kafka en su novela, la ley no permitía la defensa del procesado. Tan solo se limitaba a tolerarla y son más decisivos los interrogatorios que todas las alegaciones. Uno de los personajes de la obra, el pintor Tinorelli, revela a Josef K. que la absolución real no existe en el sistema judicial en el que viven. Como mucho, se puede aspirar a una absolución aparente o a una prórroga indefinida del proceso. Pero, en ningún caso, se aleja del procesado la posibilidad de una nueva detención. Otro personaje, un sacerdote, intenta convencer al protagonista de que hay que tomar las situaciones no como ciertas sino como necesarias, pero Josef K. le replica que entonces la mentira se convierte en un principio universal.
Totalitarismos y populismos sin humor
La mentira y la arbitrariedad son rasgos esenciales de totalitarismos y populismos. Contra ellos se levantó el humor negro de los escritores checos, de Kafka a Kundera pasando por Havel. Sin embargo, las interpretaciones acerca de Kafka desembocan en una visión casi exclusiva de angustia existencial o de nihilismo. Olvidan un sentido del humor que a los amigos de Kafka, a quienes leía sus escritos, no pasaba desapercibido. Pienso que ni siquiera Orson Welles en su película El proceso logró captar su esencia, aunque es posible que su guion no lo pretendiera. El filme refleja magistralmente la angustia, pero hace pocas concesiones al humor negro kafkiano.
"La mentira y la arbitrariedad son rasgos esenciales de totalitarismos y populismos. Contra ellos se levantó el humor negro de los escritores checos, de Kafka a Kundera pasando por Havel"
El punto débil de totalitarismos y populismos es que carecen del sentido del ridículo, empezando por sus líderes. Lo ridículo llama a la risa y la risa es corrosiva. La risa puede contribuir a la desmembración de determinadas ideologías. Después de todo, la línea entre el humor negro y la disidencia siempre ha sido sutil. El rostro opresivo del discurso oficial empuja a las personas a reír. Cuanto más hablan los gobiernos en serio, entregados a una retórica en la que ellos mismos a lo mejor no saben si creen, no es extraño que, tarde o temprano, los ciudadanos terminen por reírse. A esos gobiernos quizás esto no les importe demasiado si los votantes siguen introduciendo maquinalmente su voto en las urnas para que no venga alguien peor. Están satisfechos con una nueva prórroga. Pero el verdadero enemigo de esos gobiernos que han hecho de la política todo un espectáculo no son tanto sus críticos sino el aburrimiento. Si el espectáculo resulta reiterativo y aburrido, los ciudadanos no acudirán a las urnas y no pocos lo harán con un profundo sentimiento de hastío e indolencia.