Sucedió el pasado 15 de septiembre en el programa Todo es mentira de Risto Mejide.
La secretaria general de Podemos, Ione Belarra, y la abogada Paula Fraga mantuvieron el siguiente diálogo:
—Tengo una pregunta para Paula Fraga: ¿una mujer trans es una mujer? —preguntó la dirigente política.
—No —respondió la abogada.
—No deberías darle hueco a la transfobia en tu programa, Risto. Es un delito de odio y lo único que hace es darle alas a la violencia contra las personas trans —pidió Belarra, dirigiéndose al presentador.
"¿Cómo puede ser que una idea tan insólita como que se puede cambiar de sexo por mera declaración de voluntad haya convencido a partidos políticos y sociedades científicas?"
Me parece un buen punto de partida para hacernos una pregunta que, al menos a mí, me ronda desde hace tiempo: ¿cómo puede ser que una idea tan insólita como que se puede cambiar de sexo, y por mera declaración de voluntad sin modificación corporal alguna, haya convencido a partidos políticos, cámaras legislativas, sociedades científicas, medios de comunicación y buena parte de la opinión pública, hasta el punto de pretender silenciar a quien discrepa? Creo que se trata de una tormenta perfecta en la que muchos y variados factores conducen a un mismo resultado. Intentaré resumir algunos de ellos.
Empatía y confusión
Para una sociedad que valora la ética y la justicia social, las personas trans, en tanto que pequeña minoría sometida a grandes sufrimientos —crisis de identidad, tratamientos médicos agresivos, discriminación o agresiones—, suscitan el deseo de acogerlas y protegerlas.
Ese impulso noble y generoso es, sin duda, el motivo principal de la popularidad de su causa. Y conduce, casi inevitablemente, a un segundo paso: aceptar cualquier demanda del colectivo. Concretamente, la de considerar, a todos los efectos, a
las personas trans como pertenecientes al sexo opuesto al de su nacimiento.
Mucha gente que
acata la idea de que se puede cambiar de sexo apenas se ha informado. Es comprensible, dado que el tema es extraordinariamente complejo y parece poco relevante por afectar a un número reducidísimo de individuos.
Solo a medida que las leyes de autoidentificación despliegan sus efectos en deportes, aseos, listas electorales, cárceles, investigación o salud de quienes transicionan,
la sociedad empieza a comprenderlas. Entonces disminuye el apoyo que inicialmente recibieron.
Deseo de ser moderno
Aunque no se entienda bien en qué consiste, el llamado
cambio de sexo parece algo novedoso, emancipador y progresista, mientras que
afirmar que el sexo es binario e inmutable suena rancio, pasado de moda y de derechas. Como decía el
influencer Daniel Valero, creer que solo hay hombres y mujeres "es una catetada". ¿Y quién quiere pasar por cateto?
Ideología neoliberal
Decía antes que la empatía hacia el sufrimiento de las personas trans era el motivo principal del amplio apoyo social a su causa. Lo es. Pero
resulta llamativo que quienes se preocupan por su bienestar muestren, en cambio, tan poco interés en saber si los tratamientos médico-quirúrgicos —bloqueadores de pubertad, hormonas cruzadas, amputación de pechos o genitales, construcción de vaginas o penes no funcionales— realmente lo mejoran.
Sorprende que la existencia de los llamados
detransicionadores, que son personas que tras iniciar o completar una transición se echan atrás, genere no solo indiferencia —la ley trans, por ejemplo, no contempla recursos médicos o de otro tipo para ellas—, sino negacionismo, irritación e incluso hostilidad.
Da la impresión de que buena parte de la sociedad desea menos la mejor vida posible —con o sin cambio de sexo— para estas personas que la demostración de que el cambio de sexo es factible y positivo. ¿Por qué?
"En la mentalidad neoliberal, conviven la exaltación de la libertad individual y de lo subjetivo, el olvido de las condiciones materiales y la fragmentación social"
La respuesta está en la mentalidad neoliberal. En el discurso de quienes defienden el cambio de sexo nunca queda claro si lo justifican como verdad —autoidentificación: adecuar el sexo social y legal al sexo sentido, el auténtico—
o en nombre de la libertad —autodeterminación: cada uno puede ser lo que quiera—. En ambos casos se mueven en el marco del neoliberalismo: exaltación de la libertad individual y de lo subjetivo, olvido de las condiciones materiales, fragmentación social, singularidad identitaria, fantasía de omnipotencia, negación de límites.
Lo llamativo es que las izquierdas hayan adoptado ese marco. Quizá porque este pensamiento mágico parece ofrecer una solución fácil a los dilemas y desafíos del feminismo. Si el sexo es un espectro que fluye y puede cambiarse a voluntad, si no hay dos sino docenas de géneros, las injusticias que denuncia el feminismo parecen resolverse. La realidad, por supuesto, es que no sucede así.
Características del colectivo LGTBI y comparación con otros
Son muchos los grupos necesitados de derechos
. ¿Cómo explicar el protagonismo alcanzado por ese conglomerado LGTBI visto como un todo, que mezcla orientación sexual y negación de la realidad biológica de forma conveniente para el transactivismo? Quizá porque se presenta como un grupo pequeño, mediáticamente atractivo y no conflictivo, a diferencia de inmigrantes, personas con discapacidad, la clase obrera representada por los sindicatos o las mujeres representadas por el feminismo.
Al tratarse de pocas personas, la opinión pública cree que concederles cualquier demanda no afecta al resto de la sociedad. No advierte de que las acciones de unos pocos influyen en muchos, del mismo modo que pocos hombres son violadores pero el temor a ser violada condiciona la vida de todas las mujeres. Basta con que en una categoría deportiva femenina participen varones para privar a todas las deportistas de seguridad y juego limpio. Cambiar las reglas para proteger a una diminuta excepción afecta al conjunto. Si la palabra "mujer" se redefine para incluir a cualquier varón que lo desee, todas las leyes y políticas de igualdad, desde la paridad en listas electorales hasta la investigación científica, se vuelven papel mojado.
Utilidad política
Para los partidos de izquierda,
el colectivo LGTBI ofrece un nuevo sujeto político muy popular, que encaja con tendencias actuales como la preeminencia de las posturas morales sobre los programas políticos y el culto a la víctima. Algunos lo utilizan para presentarse como feministas, apropiándose del prestigio y poder del feminismo, pero con nuevos protagonistas —el colectivo LGTBI, que suplanta a las mujeres como sujeto político— y nuevo contenido —la teoría
queer, que borra mujer como concepto y categoría relevante—.
Así, disputan al centroizquierda la hegemonía en el feminismo. Es el caso de Podemos y Sumar frente al PSOE.
En cuanto a los partidos de derechas, hoy avergonzados de haberse opuesto al matrimonio gay, aprobar leyes de autoidentificación de género les sirve para darse un barniz progresista, con la ventaja de que no supone coste presupuestario ni, al menos al principio, coste político.
Antifeminismo y misoginia
La adhesión a la teoría queer y el apoyo a las personas trans sirven a muchos para atacar a las feministas, ahora etiquetadas como
terfs (
trans-exclusive radical feminists) o en su versión castellanizada,
terfas.
Muchos varones de izquierda pasan así de ser cuestionados por el feminismo a poder atacarlo en nombre de un supuesto feminismo inclusivo y de un sujeto supuestamente más discriminado que las mujeres cis, llamadas así para distinguirlas de las mujeres trans y calificadas de privilegiadas.
"Que muchas mujeres compartan ese discurso creo que se debe a varias causas como sentirse halagadas de que las 'mujeres trans' las tomen como modelo o la validación masculina"
Que muchas mujeres compartan ese discurso creo que se debe a varias causas. Se sienten halagadas de que las "mujeres trans" las tomen como modelo. Obtienen validación masculina —de los hombres del colectivo trans y de sus compañeros varones—, lo que les facilita la vida. Pretenden distinguirse de las feministas mayores, en la ilusión de que así escaparán al desprecio y marginación que estas sufren, como explica Victoria Smith en su ensayo Hags. Y prefieren verse como quienes acogen, protegen y conceden derechos antes que como vulnerables o víctimas. "A mí nadie me borra", o "No me da miedo compartir espacios con mujeres trans", proclaman.
No advierten de lo que esas mismas situaciones pueden suponer para mujeres menos empoderadas, como adolescentes, mujeres musulmanas o víctimas de malos tratos.
Miedo a la cancelación
El transactivismo da miedo. Todas recordamos el monigote ahorcado con el nombre de Carmen Calvo. Hemos visto carteles y tuits con "Kill the terf" (Muerte a la terf) o "Terfa muerta, abono pa'mi huerta". Nunca sus autores han sido condenados por delito de odio. Todas conocemos insultos, cancelaciones, acosos callejeros y marginación profesional hacia quienes afirman que "mujer" es una categoría material imprescindible para defender sus derechos. Y hemos descubierto cuántos voluntarios hay para silenciar a una adversaria política o enemiga personal —lo digo en femenino porque las canceladas son casi siempre mujeres— con la buena conciencia de hacerlo en nombre de una causa moralmente intachable.
Por suerte, cada vez más personas entienden que se puede, y debe, respetar a las personas trans y garantizar sus derechos, los mismos que cualquier ciudadano, sin acatar dogmas de fe ni renunciar a debatir sus consecuencias políticas. Como profetizó Joanna Williams en How woke won (
Cómo ganó lo woke),
no será el establishment político, mediático o académico, sino la gente común quien diga que el rey está desnudo. Nos costará sudor y lágrimas —espero que sangre no—, pero recobraremos la libertad de pensamiento y expresión y la posibilidad de un debate abierto y racional sobre este tema.