El auge de la soledad: la ironía de las sociedades hiperconectadas
La soledad es un fenómeno silencioso que daña fuertemente a nuestras sociedades. El aumento en el uso de las tecnologías, el distanciamiento pospandemia o el cambio en las formas de socialización han derivado en que más de tres millones de personas se sientan solas en España. Para combatir esta crisis, voces como la del escritor Andrés Ortega proponen recomponer nuestra relación con la tecnología y por las conexiones "directas y presenciales".
Recorte de la obra 'Automat' (1927) de Edward Hopper, artista reconocido por su representación de la soledad. | Flickr / Chic Bee
Nunca antes en la historia había sido más fácil comunicarse con otras personas. El impulso tecnológico y el cambio en las formas de relacionarse prometían una sociedad donde estar mucho más cerca los unos de los otros. No era el fin de la historia, pero quizá era el fin de la soledad.
Las relaciones interpersonales han sufrido una gran transformación que hace cuestión de dos décadas parecía impensable. Sin embargo, a pesar de que el mundo se puede abrir en la palma de la mano —gracias a un smartphone, un portátil o una tablet—, muchas personas continúan experimentando una soledad no deseada. Esta sensación afecta a cerca de tres millones de personas en España, y su incidencia es especialmente fuerte entre los más mayores y también los jóvenes. Empujada por su irremediable actualidad, la concienciación al respecto avanza: el pasado 1 de octubre fue el Día Internacional de las Personas de Edad, en el que se hace especial énfasis en la lucha contra la soledad, y este 10 de octubre es el Día Mundial de la Salud Mental, la cual está intrínsecamente vinculada a la sensación de abandono que deriva de una vida en soledad.
Como recuerda el escritor Andrés Ortega, el problema de la soledad es relativamente reciente. Ortega, que también es colaborador habitual de Agenda Pública, ha publicado el ensayo Soledad sin solitud(Ediciones Nobel), galardonado con el Premio Jovellanos 2025. En conversación con este medio, el autor habla del fenómeno de la soledad como un caso agravado por las tecnologías. Estas han "fomentado la soledad" y "nos han restado lo que yo llamo solitud, que es lo que otros llaman soledad buscada o deseada, y yo entiendo como el poder estar uno solo consigo mismo y con sus reflexiones".
"Existe una ruptura de los lazos familiares y de los espacios donde tener una relación personal, como podía ser antes en las fiestas de los pueblos"
Con la actualidad del debate, al ser preguntado por los efectos derivados de la inteligencia artificial (IA), Ortega destaca dos efectos. Por un lado, está la "intención de robar nuestra atención, porque cada vez te van dando lo que tú deseas". Por el otro lado, la IA también está estrechamente vinculada a un proceso de automatización, cuyo fin sería "acompañar a la gente sola".
Como consecuencia de que "estamos viviendo más años y cada vez hay menos gente para cuidarnos, las máquinas los pueden reemplazar, ya sea para una conversación, o para cuidados físicos". Si bien este último punto puede ser positivo, para Ortega la IA opera como un potenciador más de la "ruptura de los lazos familiares y de los espacios donde tener una relación personal, como podía ser antes en las fiestas de los pueblos".
Este giro hacia entornos donde la soledad puede aparecer con mayor facilidad también se acentuó tras la pandemia. El analista explica que a muchos jóvenes "les ha faltado esa socialización que es la universidad", y también pone su atención en cómo muchas empresas han continuado el modelo de trabajo desde casa que iniciar cuando llegó la Covid-19. Ortega condensa con una cita de su abuelo, el filósofo José Ortega y Gasset, su idea de solitud: "Si uno es capaz de concentrarse en algo diez minutos al día, acaba siendo el amo del mundo". Hay que transformar esa soledad no deseada en solitud y en "saber estar consigo mismo".
Qué hacer con la soledad
Ante un problema cada vez más grande que la tecnología no parece poder resolver por sí misma, iniciativas como el programa Siempre Acompañados, de la Fundación "la Caixa", son planes de contingencia acertados para revertir este fenómeno "invisible". Desde la fundación ya han logrado ayudar a más de 3.000 personas mayores que experimentaban el malestar contemporáneo que describe Ortega.
Este tipo de iniciativas tienen un impacto transformador, en tanto que son capaces de acercar un problema muchas veces pasado por alto y al mismo tiempo proponen una salida a las personas que lo experimentan. Acercando a los polos se logran buenos resultados: el 95% de las personas que admitían "encontrarse mal" al iniciar el programa, reconocen sentirse mejor en la actualidad. Que los más mayores tengan esta clase de problemas tiene sentido a juicio de Ortega, para quien la soledad posee efectos desiguales. Él señala que, a pesar de "ser una sensación, los que más se sienten solos son los más jóvenes y los más mayores".
En un contexto donde la digitalización también puede funcionar como un fuerte segregador, a lo que se suma haber atravesado recientemente una pandemia que afectó con especial virulencia a los más mayores, muchas de estas personas de edad se sienten vulnerables. Este es el caso de Javier, que se acogió al programa Siempre Acompañados después de la muerte de su esposa debido a la Covid-19. Para él, "lo más duro es no poder compartir con nadie lo que haces en el día a día". Como remedio, el acompañamiento del programa le ha servido para "sentir la satisfacción de que lo que a ti te ha pasado [en el día a día] le puede servir a otras personas".
Esa experiencia también la atravesó Teresa, que habla de la pérdida de un ser querido "como una ola que te ahoga". "No hablaba con nadie, cada vez conversaba menos. No hablaba ni con las personas a las que yo quería", contaba Teresa. Lo que explica la participante del programa es una de las claves, pues la soledad en muchas ocasiones termina por acabar haciendo que sea el solitario quien termina distanciándose del resto de su entorno, cuando precisamente lo que más necesita es acercarse. En palabras de Teresa, "no cogía el teléfono [...], la soledad te va envolviendo y nadie está preparado para ella".
"En el día a día se pueden marcar diferencias clave, construyendo entornos seguros para las personas e integrando a aquellos que, potencialmente, se sienten más desplazados
Estos testimoniosson tan solo una parte del acentuado problema que describe Ortega, pero también son un ejemplo de cómo combatir y superar el distanciamiento. Consultado por posibles recetas para tener un futuro con menos soledad, cree que el Estado tiene un rol limitado. Casos como el Ministerio de la Soledad en Reino Unido "no han dado resultados", admite. Dejando a un lado las soluciones "orgánicas", el escritor apuesta por "la sociedad", no en sentido amplio, pero sí "en vecindades o colegios, donde hay que fomentar más la relación directa y presencial". Este y otros enfoques podrían ayudar todavía más a que personas como Javier o Teresa reciban la ayuda que necesitan para que su soledad no sea más soledad sin solitud.
Al margen de los grandes planes o de la intervención de organismos,la soledad debe ser combatida a nivel micro. En el día a día se pueden marcar diferencias clave, construyendo entornos seguros para las personas e integrando a aquellos que, potencialmente, se sienten más desplazados. Es en esa respuesta de la sociedad que comenta Ortega donde más puede participar cada persona. Porque el sentimiento de soledad puede ser tan igualador como la muerte y afectar a cualquier persona en cualquier punto de su vida, pero no es menos cierto que cualquier persona puede ayudar a otra a poner fin a su soledad.