Martes, 15 de septiembre de 2026
HISTORIA DE DOS NORMAS

Por qué un centro de datos no es de izquierdas ni de derechas y qué pasa cuando se le trata como si lo fuera

El proyecto español para regular los centros de datos sitúa en primer plano el equilibrio entre inversión, sostenibilidad y protección del consumidor. Luis Quiroga, coautor de 'El ecologista de derechas', rechaza una lectura partidista del debate y advierte: "la norma corre el riesgo de fallar en sus múltiples objetivos declarados".

Luis Quiroga Luis Quiroga 15 de septiembre de 2026
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La construcción de un gran centro de datos en California. | SOPA Images / Zuma Press / Europa Press
La construcción de un gran centro de datos en California. | SOPA Images / Zuma Press / Europa Press
La vuelta de las vacaciones no fue tranquila para el debate español sobre los centros de datos. El día 27 de agosto se abría a audiencia pública el proyecto de real decreto que fija sus requisitos de sostenibilidad; la patronal del sector (SpainDC) advertía de que las nuevas exigencias podían poner en riesgo entre el 80% y el 90% de la inversión prevista; el Gobierno de Aragón, donde se encuentran algunos de los principales proyectos, acusaba a Madrid de ahuyentar inversiones con inseguridad jurídica y requisitos imposibles; y organizaciones ecologistas sostenían justo lo contrario, que el decreto se queda corto.

La controversia es, en realidad, un eco patrio de tensiones globales. En Estados Unidos, el 31 de agosto, Donald Trump publicaba en Truth Social que las comunidades estadounidenses que no quieran centros de datos en su territorio "acabarán siendo atrasadas y pobres", mientras que una encuesta de POLITICO a nivel nacional mostraba que el rechazo de los hogares a un centro de datos en la propia localidad había subido del 28% al 41% en seis meses. El tema es tan candente que se espera que en las próximas elecciones, las midterms de noviembre, la posición de los candidatos sobre los centros de datos juegue un papel importante.

Con este percal, es fácil que el debate sobre los centros de datos se acabe leyendo en clave puramente ideológica: quien defiende exigencias duras es "antiprogreso" o está del lado de la izquierda decrecentista; quien las critica es un lacayo de las grandes tecnológicas. Es un error, y vale la pena decirlo con claridad antes de entrar en los detalles: un centro de datos no es, en sí mismo, ni de izquierdas ni de derechas. Es una pieza de infraestructura industrial —y una muy grande— de una industria nueva y en expansión acelerada. Que un país renuncie a ellos tiene, muy previsiblemente, implicaciones para su desarrollo futuro y soberanía tecnológica. Que los beneficios de su llegada a un país o región compensen los inconvenientes depende del caso concreto y de cómo se regule: cuánto valor real deja en el territorio, quién paga el refuerzo de red que exige, cuáles son las inversiones alternativas para ese territorio, etc. Reducir esa pregunta técnica a un enfrentamiento entre las grandes tecnológicas y "la gente" —o, en la versión de Trump, entre "el progreso" y "los atrasados"— es un error de categoría, y los extremos del espectro político caen en él con la misma facilidad.

"Que un país renuncie a los centros de datos tiene, muy previsiblemente, implicaciones para su desarrollo futuro y soberanía tecnológica"
Un ejemplo reciente de cómo superar la polarización viene también de Estados Unidos. Mientras Trump lanzaba su exabrupto, el Congreso llevaba semanas tramitando un borrador de ley que consigue gran parte de lo que reclaman las protestas —que los centros de datos paguen su propia infraestructura eléctrica, no el vecino—, y lo hacía con un respaldo bipartidista casi unánime. Merece la pena entender por qué esa ley logra ese consenso y por qué el decreto español, en cambio, no lo tiene.

El problema de fondo, sin ideología

Antes de comparar las dos normas, conviene explicar el problema real que ambas intentan resolver, porque es puramente técnico y no depende de qué lado del espectro político se ocupe.

Un centro de datos grande consume electricidad de forma prácticamente constante, las veinticuatro horas del día. Ese patrón de consumo tan plano choca con un sistema eléctrico cada vez más renovable, cuya generación varía según sople el viento o luzca el sol. Cuando la red tiene que cubrir ese consumo constante en las horas en que la renovable no alcanza, recurre a centrales de gas. Y en la mayoría de los mercados eléctricos europeos, incluido el español, el precio de la última central que entra a cubrir la demanda (habitualmente de gas) marca el precio para todos los consumidores de esa hora. Además, ese respaldo hay que pagarlo: la capacidad de generación firme, el almacenamiento y el refuerzo de las líneas de transporte y distribución no son gratis, y alguien tiene que asumir esos costes.

"Cuando la red tiene que cubrir ese consumo constante en las horas en que la renovable no alcanza, recurre a centrales de gas"
Nada de esto es una opinión política. Es la mecánica básica de cómo funcionan los mercados eléctricos marginalistas, y cualquier ingeniero o economista de la energía la reconocería con independencia de afiliaciones ideológicas. La pregunta que sí es objeto de debate legítimo —y aquí es donde entra la política, en el buen sentido— es cómo repartir esos costes y qué exigir a cambio de dar acceso a una red que, en muchos puntos, ya está saturada.

España responde con una regla excesivamente exigente, de propósito ambiguo

El proyecto de real decreto español exige a los centros de datos superar dos condiciones para obtener y mantener la conexión a la red: que el 80% de su consumo anual esté cubierto por generación renovable nueva, construida expresamente para ellos, y que el 80% de lo que consuman en cada hora concreta coincida, esa misma hora, con producción renovable. Uno de los objetivos declarados es justamente el que se acaba de explicar: evitar que un consumo tan plano acabe apoyándose en el gas y encareciendo la factura del resto del país. Pero no es el único: el mismo decreto persigue a la vez que la industria crezca apoyada en generación renovable adicional —no limitándose a repartirse la que ya existe—, que los centros de datos alcancen determinados niveles de eficiencia energética e hídrica, y que contribuyan a la "soberanía digital" del país y de la Unión Europea. Son objetivos legítimos por separado, pero el decreto usa el mismo indicador para hacer dos trabajos distintos dentro de ese conjunto de objetivos, y eso es lo que explica buena parte de lo que sigue.

"El decreto persigue que la industria crezca apoyada en generación renovable adicional. no limitándose a repartirse la que ya existe"
Si un centro de datos se queda corto en su cobertura renovable, puede recibir un recargo económico sobre sus peajes de red —un mecanismo de precio: paga más quien más le cuesta al sistema—. Pero si el incumplimiento se considera "significativo y reiterado", ese mismo indicador puede acarrear la pérdida directa del permiso de acceso —un mecanismo de expulsión: deja de operar, y las inversiones de cientos de millones se van a la basura—. Usar una sola vara para decidir a la vez cuánto paga un proyecto y si puede seguir existiendo tiende a hacer peor las dos cosas: un centro de datos que aporte mucho empleo y proveedores locales, pero que no encuentre encaje renovable fino en su zona, puede acabar expulsado por completo cuando bastaría con cobrarle el coste real que impone. Al mismo tiempo, uno que cumpla de sobra el umbral, pero que apenas deje valor en el territorio, sigue adelante sin que nada en la norma se pregunte si merecía la pena cederle el hueco. A partir de ahí, quedan varias preguntas sin responder con la claridad que deberían.

¿Por qué el listón español es más exigente que el que la propia UE está reconsiderando?

El decreto reconoce en su propia exposición de motivos que copia el modelo de correlación horaria y adicionalidad que la UE aplica al hidrógeno renovable. Pero lo copia endurecido: a los electrolizadores de hidrógeno, Bruselas les da correlación mensual hasta 2030, y solo horaria a partir de entonces; a los centros de datos españoles se les exige correlación horaria desde el primer día. Y ese mismo reglamento europeo de referencia lleva desde julio en revisión, precisamente para relajar los requisitos de adicionalidad y correlación horaria que en su día resultaron demasiado rígidos. España está importando un estándar justo cuando su propio autor empieza a dudar de él —y lo está importando en su versión más dura, no en la que probablemente resulte de esa revisión.

Segunda: ¿protección al consumidor o moratoria prematura?

España no es el único país europeo tentado por restringir los centros de datos: en 2022 Irlanda impuso requisitos que detuvieron el desarrollo del sector. Pero lo hizo cuando el país ya estaba trufado de centros de datos y estos habían llegado a suponer el 23% de la demanda eléctrica en 2025 (en España, estamos en torno al 1%). La patronal española calcula que la exigencia draconiana del decreto podría poner en riesgo entre el 80% y el 90% de la inversión que, de otro modo, llegaría al país. En un contexto en que la prosperidad europea está amenazada por la pérdida de competitividad tecnológica (Mario Draghi, difícilmente sospechoso de tecnooptimismo libertario, ha alertado de la necesidad estratégica para Europa de contar con infraestructuras digitales), ¿puede permitirse España frenar en seco el desarrollo del sector?

Nadie ha explicado con números cuánto resuelve realmente el 80%

El propio umbral admite que hasta un 20% del consumo, tanto en el cómputo anual como en cada hora, puede no estar cubierto por renovable nueva. Ese margen no se reparte por igual a lo largo del día: es precisamente en las horas de tarde-noche —cuando el sol desaparece y el sistema está más tensionado— donde un centro de datos tiene más probabilidades de recurrir a ese 20% no cubierto, que es justo cuando el gas fija el precio para todos. No se ha publicado ningún análisis público del Ministerio, la CNMC o Red Eléctrica que cuantifique qué parte del efecto sobre el precio mayorista queda efectivamente neutralizada con este umbral concreto, ni por qué se ha fijado en el 80% y no en el 60% o el 95%.

Estados Unidos responde con una sola herramienta para un solo problema

Frente a esa mezcla de objetivos en un único instrumento, el Ratepayer Protection Act —la ley que el Congreso de EE. UU. sacó adelante en comité por 52 votos a 0 el 21 de julio— hace justo lo contrario. No se hace ninguna de las preguntas sobre el origen de la electricidad que sí se hace España. No exige renovable adicional, ni correlación horaria, ni ningún compromiso sobre el mix energético del centro de datos o la soberanía digital. Exige solamente una cosa: si conectar a un gran consumidor exige ampliar la generación, el transporte o la distribución, ese consumidor paga el coste íntegro e incremental de la ampliación —no el resto de los abonados—. La eléctrica, además, debe exigir garantías financieras antes de empezar la obra, y esa obligación de pago sobrevive aunque el centro de datos acabe cancelando el contrato más adelante, para que el coste no quede varado sobre el resto de la red.

"Si conectar a un gran consumidor exige ampliar la generación, el transporte o la distribución, ese consumidor paga el coste íntegro e incremental de la ampliación"
Y aquí está el punto que interesa subrayar, porque el debate se está polarizando rápidamente en España: esta ley no es un capricho de la izquierda contra las tecnológicas, ni una concesión de la derecha a Silicon Valley. La impulsan conjuntamente un republicano (Gabe Evans, de Colorado) y una demócrata (Kathy Castor, de Florida), y salió de comité sin un solo voto en contra. "Que la factura de las grandes tecnológicas no la paguen las familias trabajadoras" es, en el Congreso de EE. UU., de las poquísimas cosas de esta legislatura en las que republicanos y demócratas están de acuerdo —incluso mientras su propio presidente intenta convertir el asunto en una trinchera cultural más.

Eso no significa que el sector esté encantado: la patronal estadounidense (Data Center Coalition) se ha quejado de que, en la versión aprobada, la ley se acotó específicamente a los centros de datos (su argumento —¿por qué solo a nosotros?— es razonable) cuando la propuesta original se aplicaba a cualquier gran consumo industrial superior a 100 megavatios. Un recordatorio de que el consenso en la política no siempre es garantía de equidad.

El contraste que mejor resume la diferencia: qué pasa con lo que ya existe

Si hay un punto donde las dos normas se separan con más nitidez, es en cómo tratan a los proyectos que ya estaban en marcha antes de aprobarse.

Las disposiciones transitorias del decreto español alcanzan hacia atrás: un proyecto que ya tenga el permiso de acceso concedido, pero que aún no se haya conectado, dispone de solo seis meses desde la entrada en vigor para acreditar que cumple los nuevos requisitos, o pierde el permiso y las garantías ya depositadas. Es, exactamente, la queja de fondo de Aragón: capital comprometido bajo unas reglas que cambian a mitad de partida.

Y ese plazo no es solo corto: es, para la mayoría de los proyectos, sencillamente imposible de cumplir. Cerrar un contrato de compra de electricidad renovable a plazo (PPA) —el instrumento que el propio decreto exige para acreditar la adicionalidad— puede llevar un año de trabajo, incluso para volúmenes mucho más modestos que los consumidos por los centros. Pedirle a un proyecto que ya estaba en marcha que resuelva todo eso en seis meses es misión imposible. La mayoría no podrá cumplir por mucho empeño que ponga, lo que convierte a la "ventana para adaptarse" en poco más que un trámite antes de la pérdida del permiso.

La ley estadounidense hace lo contrario, y de forma explícita: solo se aplica a quien firme un contrato de suministro a partir de la entrada en vigor de la norma. Quien ya tenga un contrato en marcha queda al margen.

La regla de Tinbergen

El episodio deja, de entrada, una lección que trasciende los detalles técnicos de cada norma, y que en la teoría de la política económica tiene incluso nombre propio: la regla de Tinbergen. Formulada en los años cincuenta por el economista neerlandés Jan Tinbergen, la regla establece que, para cada objetivo de política independiente, hace falta un instrumento independiente. Cuantos más objetivos se le exijan a una sola herramienta —en este caso, un umbral de cobertura renovable llamado a hacer de filtro industrial, mecanismo de precio e instrumento de mix energético a la vez—, peor tenderá a cumplir cada uno de ellos por separado. Es, en el fondo, la misma lección que deja la comparación anterior: separar la pregunta de quién paga de la pregunta de qué mix energético es deseable no es un matiz técnico menor, sino la diferencia entre una norma que funciona y una que no.

"Cuantos más objetivos se le exijan a una sola herramienta, peor tenderá a cumplir cada uno de ellos por separado"
Hay, además, una lección política, más allá de la puramente regulatoria: proteger al consumidor de una factura eléctrica más cara por culpa de un centro de datos es una idea que, planteada sola, une a republicanos y demócratas sin esfuerzo. No hay ninguna receta que garantice evitar la polarización que ya asoma en Trump llamando "atrasado" a quien proteste, o en quien esté tentado de convertir cualquier exigencia de sostenibilidad en una batalla identitaria contra las tecnológicas; pero separar con más cuidado lo que es protección del consumidor de lo que es una política industrial de futuro parece, cuando menos, un punto de partida más prudente que mezclarlo todo en la misma norma.

Ahí está, en realidad, el problema de fondo del decreto español: la norma corre el riesgo de fallar en sus múltiples objetivos declarados —contener el coste para el resto de los consumidores, entre ellos— mientras funciona, en la práctica, como el filtro más duro de Europa, que, por imposible de cumplir, puede acabar abortando —¿un objetivo no declarado?— un sector clave que en nuestro país apenas ha tenido tiempo de despegar.
Luis Quiroga
Luis Quiroga
Cofundador de Asper Investment Management
Inició su carrera profesional en The Boston Consulting Group (Munich y Madrid) antes de incorporarse al equipo europeo de banca de inversión en energía de Credit Suisse. Luis tiene un Máster en Asuntos Exteriores (Fulbright) por la Universidad de Georgetown y una doble licenciatura en Derecho y en Administración y Dirección de Empresas por ICADE Madrid. Habla con fluidez inglés, francés, alemán, portugués y español.
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