Isabel Díaz Ayuso
Presidenta de la Com. de Madrid
La Conferencia de Presidentes del 6 de junio en Barcelona ha dejado una imagen que resume dos formas antagónicas de entender España. La jornada comenzó con Ayuso negando el saludo a la ministra de sanidad con un "¿Vas a saludar a una asesina?", necesitando la intervención del protocolo para separarlas. Pero
fue su abandono teatral de la sala cuando el lehendakari Pradales habló en euskera, y después cuando el president Illa lo hizo en catalán, lo que mejor ilustra su concepción política. Mientras el lehendakari mantenía la compostura institucional que analizamos en
La cara buena,
Ayuso ejecutaba un gesto calculado que confirma cómo ha convertido la confrontación en su única seña de identidad política.
"Quien aspira a ser una voz política nacional no puede permitirse desdeñar la riqueza lingüística que conforma España"
La estrategia de Ayuso responde a una lógica electoral que ha encontrado en la
polarización su combustible más eficaz. Su negativa a usar los auriculares de traducción, sus salidas selectivas —marchándose con Pradales e Illa, pero permaneciendo cuando Rueda habló en gallego o Prohens en mallorquín— y su posterior
retweet victimista sobre "el derecho de hablar en español en Euskadi" revelan una cuidadosa puesta en escena. Como señaló el ministro Ángel Víctor Torres, "no la ha secundado ningún otro presidente del PP": ni Prohens, ni Mazón, ni López Miras abandonaron la sala, optando varios por usar los auriculares.
Esta soledad política evidencia que su afirmación de que "se quiere visibilizar un Estado plurinacional que no somos" no responde a una convicción compartida, sino a un cálculo personal que instrumentaliza las instituciones e incluso la
enfrenta a su propio partido. Como señaló Illa, "entender las lenguas cooficiales es entender España", algo que Ayuso parece incapaz de comprender.
La presidenta madrileña sí encuentra comprensión hablando su propio idioma. Los gestos constantes de Ayuso hacia la galería mediática aún hoy resultan incomprensibles para muchos defensores de los principios de la democracia liberal. Es como intentar leer japonés: donde unos ven degradación institucional, otros perciben autenticidad; donde unos identifican populismo ramplón, otros reconocen valentía. No obstante,
este código comunicativo parece conectar perfectamente con gran parte de los madrileños, que según las encuestas de mitad de legislatura le otorgarían una nueva mayoría absoluta.
La misma teatralidad que erosiona las instituciones democráticas se convierte en capital electoral. Pero quien aspira a ser una voz política nacional no puede permitirse desdeñar la riqueza lingüística que conforma España, confundiendo la defensa legítima del castellano con el ataque gratuito a las demás lenguas españolas.
En una Conferencia que terminó sin ningún acuerdo —ni sobre vivienda, ni sobre financiación, ni sobre ninguna de las propuestas de los distintos gobiernos—,
el gesto de Ayuso simboliza perfectamente el estado de ruptura total en que ha entrado la política española. Cuando las instituciones democráticas se convierten en escenarios para el espectáculo personal, se erosiona su capacidad para servir como espacios de encuentro y negociación. Ayuso no solo abandonó una sala;
abandonó la posibilidad de construir consensos en un país que necesita recuperar la cultura del pacto. Su "espectáculo bochornoso", en palabras de Pradales, degrada no solo su propia figura, sino las instituciones que dice defender.
La democracia española merece representantes que entiendan que la grandeza de un país no reside en su uniformidad forzada, sino en su capacidad para integrar la diversidad sin renunciar a la unidad.