Son muchos los intereses geoestratégicos y de otra índole que España e Italia comparten, como dos de los principales países de la Europa del sur. Más en particular, ambos Estados necesitan de una política común en el Mediterráneo (vecindad con el norte de África, regulación de las migraciones, coordinación en materia de seguridad y otros) y aunque existen mecanismos de cooperación se echa en falta una mayor eficacia ejecutiva en varios ámbitos.
La clave radicaría en añadir al indispensable eje franco-alemán para la construcción europea el eje hispano-italiano (sin olvidar a Polonia, hoy más cerca de Alemania), puesto que ello daría más autonomía a España e Italia y podría redundar a la postre en una aceleración de la integración europea. Italia está incluso en mejores condiciones para liderar este eventual segundo eje complementario por ser país fundador, tener más peso económico que España y ser miembro del G7, aunque hoy este club ya no sea tan relevante como en el pasado.
En otras palabras, está en el interés de ambos países configurar este posible segundo eje impulsor del proyecto europeo.
"La clave radicaría en añadir al indispensable eje franco-alemán para la construcción europea el eje hispano-italiano"
Se trata de dos países que comparten una gran cantidad de instituciones supranacionales y que tienen una alta sintonía en cuestiones políticas, económicas y culturales (de raíz latina y católica en estas últimas dimensiones).
España e Italia se sienten próximos, pero colaboran menos de lo deseable: las relaciones oficiales (y no oficiales) son excelentes, pero se les saca poco partido más allá de los beneficios bilaterales inmediatos.
España e Italia son dos Estados con una extraordinaria variedad interior (desde las nacionalidades españolas hasta el agudo foso histórico norte/sur en Italia) que han experimentado fuertes sacudidas políticas: el radical cambio del sistema de partidos en España tras 2015 y los asombrosos fenómenos del
berlusconismo y el Movimento 5 Stelle en Italia, laboratorio político donde los haya.
España e Italia tienen estructuras económicas relativamente similares y formarían parte del segundo bloque de países de la UE, es decir, de renta intermedia, tras los de más productividad, sin ignorar que representan respectivamente la cuarta y la tercera potencia económicas. El PIB per cápita en España está sobre los 33.000 euros y el de Italia en unos 37.000 euros, si bien el primer país crece más que el segundo, aunque el nivel de vida es más alto en Italia.
Los dos países se benefician de los fondos estructurales y la presión fiscal es más alta en Italia que en España, país que está por debajo de la media europea al respecto, pese a que PP y VOX afirman que la situación nacional es de "infierno fiscal". Los dos países padecieron gravemente la crisis de la deuda soberana tras 2008 (fueron despectivamente incluidos en el grupo de los "PIGS"), a la vez que España tiene un porcentaje de paro mayor e Italia de deuda.
En cualquier caso, son altos los intercambios comerciales entre ambos países, si bien España invierte más en Italia que al revés (50.000 millones frente a 15.000 en un caso y otro), aunque Giorgia Meloni ha anunciado que incrementará la cooperación con España en varios ámbitos (vid. los datos económicos en Antonio Garrido y Esteban Sanromá —coordinadores—
Las economías europeas en el siglo XXI, Mc Graw Hill, Madrid, 2024). Más en particular,
ambos países están interesados en la transición energética y digital y España ha avanzado más que Italia en renovables, toda vez que Italia renunció a las nucleares tras dos referéndums al respecto.
Más allá de la economía, debe señalarse que las relaciones sociales entre ambos pueblos son muy altas:
el turismo entre ambos países es enorme (cinco millones de italianos visitan España cada año, así como 2,5 millones de españoles viajan a Italia) y el intercambio de estudiantes es cada vez más alto. Sí que hay un llamativo desequilibrio en los residentes nacionales en el otro país, pues 250.000 italianos viven en España, frente a tan solo 30.000 españoles en Italia.
"Italia fue un país eurooptimista, pero hoy es europragmático con muchas reservas, mientras que en España se mantiene alto el europeísmo"
Ahora bien, para configurar un posible eje España/Italia deben analizarse sus prioridades en política exterior y europea. Para España las claves son el Magreb (Marruecos en primer lugar) y siempre América Latina (Estrategia de Acción Exterior 2021-2024, Gobierno de España), mientras que para Italia sus objetivos están en tener buenas relaciones con Argelia y Libia, además de los Balcanes occidentales y
especialmente Albania.
No obstante, para ambos es crucial redefinir su posición en la UE (y en la OTAN): en España el PSOE es decididamente
europeísta, el PP lo es con moderación y VOX es cada vez más
euroescéptico, mientras que en Italia
Fratelli d'Italia es pragmáticamente europeísta y con más claridad atlantista, pero la Lega de Matteo Salvini es muy euroescéptica y próxima a Vladímir Putin.
No deja de llamar la atención el cambio de la opinión pública italiana en contraste con la española a propósito de la integración europea. Italia fue un país eurooptimista, pero hoy es europragmático con muchas reservas, mientras que en España se mantiene alto el europeísmo, pese a un ligero retroceso a causa del ascenso de la derecha radical.
Pese a que los gobiernos centrales de los dos países están en las antípodas ideológicas (Pedro Sánchez al frente de una coalición progresista y Meloni al frente de otra de las derechas ultraconservadoras),
los intereses comunes deberían imponerse por encima de las legítimas rivalidades políticas. Sánchez es más favorable a la integración política supranacional federalizante de la UE, mientras que Meloni es mucho más intergubernamental y soberanista.
Ahora bien, puesto que los dos países forman parte de la zona euro están más condicionados y, en este sentido,
los dos gobiernos deberían asumir que no es práctico no culminar la unión económica y monetaria. En este sentido, pese a las previsibles reticencias nacionalistas de
Meloni —que no es favorable a una verdadera unión fiscal, algo que no rechaza Sánchez— los dos gobiernos pueden entender que no es lógico no tener un fondo de garantía de depósitos, ni un mercado único de servicios bancarios, así como carecer de
instituciones financieras transnacionales competitivas.
En realidad, Meloni rechaza más bien que la UE pueda interferirse en cuestiones como el aborto, los derechos LGTBI o la eutanasia y exige —con bastante éxito, por lo demás— que se endurezcan las políticas migratorias y de asilo comunitarias. En este ámbito,
es un tanto incomprensible que también Sánchez esté empezando a adoptar algunos criterios restrictivos, un error que varios partidos socialdemócratas europeos están cometiendo y que no les va a representar la menor ganancia electoral.
"Está en el interés de ambos países avanzar en una senda europeísta gradualista y cooperativa y podrían tener mucha más capacidad de influencia si confluyeran en la configuración de un segundo eje impulsor y reequilibrador de la política europea"
Con algunos matices diferenciales, Sánchez y Meloni han aceptado aumentar el gasto en defensa y consideran la posibilidad de crear a largo plazo un ejército europeo, pero para ninguno de los dos es un objetivo urgente. En suma, de un lado, Sánchez apuesta por seguir avanzando de forma indefinida en la integración europea, y de otro, Meloni no es tan disruptiva como Salvini y, por tanto, acepta de modo instrumental y pragmático el actual proceso de construcción europea siempre que no pretenda dar paso explícito a un Estado federal. La realidad es que
está en el interés de ambos países avanzar en una senda europeísta gradualista y cooperativa y podrían tener mucha más capacidad de influencia si, al margen de las obvias y altas diferencias ideológicas entre ambos gobiernos, confluyeran en la configuración de un segundo eje impulsor y reequilibrador de la política europea.