

Es sabido que una de las principales paradojas de la Unión Europea (UE) consiste en que ni se desintegra —pues son ya demasiado profundas sus interrelaciones— ni se federaliza del todo, porque tal eventual desenlace resulta hoy muy divisivo. En efecto, es muy difícil avanzar políticamente a fondo en la integración europea porque la Unión está formada por veintisiete Estados nacionales con derecho de veto en asuntos vitales y porque amplios sectores de las opiniones públicas y de las élites políticas (no puede ignorarse que en 2024 el 26% de los votantes europeos optó por partidos de derecha radical euroescéptica e incluso eurófoba) están en contra de federalizar hasta las últimas consecuencias tal entidad, con todo lo que ello implicaría. Además, al no existir ni un genuino Gobierno europeo ni un pueblo europeo hay que proceder siempre mediante complejas y opacas negociaciones sectoriales que buscan el mínimo común denominador con métodos decisorios híperconsensuales, resultado de que los gobiernos nacionales solo responden ante electorados nacionales.
"Al no existir ni un genuino Gobierno europeo ni un pueblo europeo hay que proceder siempre mediante complejas y opacas negociaciones sectoriales que buscan el mínimo común denominador con métodos decisorios híperconsensuales"Sin embargo, el segundo mandato de Donald Trump en los Estados Unidos de América (EE. UU.) ha supuesto una fuerte sacudida toda vez que, por primera vez, ese país ha dejado de resultar confiable para sus aliados y para la UE es crucial reformular sobre todo tres de sus principales dimensiones: la unión económica y monetaria (UEM), la política de seguridad y defensa y la reorganización institucional. La primera —en la que más se ha avanzado— sigue sin culminar, la segunda solo ahora empieza a formularse y la tercera es muy complicada porque afecta al núcleo duro de las competencias soberanas de los Estados miembros, pero un enfoque que aspire a ser resolutivo debe abordar estas tres dimensiones paralelamente.
"En la dimensión de la defensa la UE lleva más de treinta años afirmando querer ser un relevante actor geoestratégico mundial sin haberlo conseguido nunca"En la dimensión de la defensa la UE lleva más de treinta años (desde las guerras que desintegraron Yugoslavia) afirmando querer ser un relevante actor geoestratégico mundial sin haberlo conseguido nunca. Ante el casi abandono trumpista de Ucrania, la UE ha entendido que debe aspirar a ser autónoma (que no independiente) de los EE. UU. en este ámbito, pero es muy discutible el modo escogido para intentarlo. En efecto, la Comisión presidida por Ursula Von der Leyen apuesta por incrementar el presupuesto de defensa de los veintisiete Estados para pasar de los 326.000 millones de euros actuales a unos 800.000 (para igualar a los EE. UU.) con una fórmula mixta, nacional y europea, de préstamos a largo plazo y reglas fiscales flexibles que —ahora sí— permitirían saltarse los rígidos topes de la deuda. Al margen de que no se justifica tal cantidad, la fórmula no resuelve la cuestión de fondo: los veintisiete ya gastan mucho en defensa y la suma de todos sus ejércitos da la cifra de 1,5 millones de soldados (igual que los EE. UU. —sin sus reservistas— y algo más que Rusia), pero quedarse aquí hace prácticamente inútil el esfuerzo. La clave no es cuantitativa, sino cualitativa: lo que se requiere es la interoperabilidad entre los veintisiete ejércitos, la creación de un mando coordinado y la potenciación de una industria militar común, hoy relativamente reducida.
Precisamente es en esta última dimensión donde radica la principal dificultad y es dudoso que la UE sea capaz hoy de intentar superar su actual estadio de una confederación de Estados nacionales soberanos. La UE dispone de un sistema institucional disfuncional y poco eficiente, poco transparente y bloqueado por vetos cruzados. Como mera especulación teórica, una estricta federalización política debería implicar ir hacia un Gobierno europeo representativo y responsable (¿resultado de la fusión de la Comisión y el Consejo Europeo?), responsable ante un nuevo Parlamento bicameral (con una Cámara de los Ciudadanos —el actual Parlamento, pero potenciado— y una Cámara de los Estados —el actual Consejo de la Unión—) y un Tribunal de Justicia asimilado a un Supremo/Constitucional nacional. Como es evidente, solo la enunciación de unos objetivos como estos deja claro que hoy es imposible dar paso a algo similar.
"Hace falta un grupo impulsor de Estados decididos a ir hacia una mayor integración política, aunque no se atrevan a formalizar el lógico desenlace federal"¿Qué hacer? Hace falta un grupo impulsor de Estados decididos a ir hacia una mayor integración política, aunque no se atrevan a formalizar el lógico desenlace federal. Como recuerda Percy Allum (State and Society in Western Europe, Polity Press, Cambridge, 1995) los Estados grandes cuentan, en principio, con más fuerza y ventajas que los pequeños, de ahí que en este hipotético escenario solo si Alemania, Francia, España y Polonia se ponen al frente podría iniciarse. En Alemania, Francia y Polonia tienen gobiernos de centroderecha moderada y europeísta y en España, uno progresista favorable a una mayor integración. Obviamente, habría que incluir Italia, pero el Gobierno de derecha radical de Giorgia Meloni es claramente antifederalista y la opinión pública italiana es hoy mucho más euroescéptica que en el pasado. Ahora bien, un cambio político como el insinuado requeriría la tan complicada reforma de los Tratados, algo hoy inviable entre otras circunstancias, porque gobiernos eurófobos como el del húngaro Viktor Orbán lo bloquearían. No obstante, si de verdad la UE aspira a ser algo más que un civilian power en un mundo dominado por Estados imperiales, no puede seguir anclada en su actual estadio político.

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