Más de veinte países se dieron cita el domingo 25 de mayo de 2025 en Madrid, convocados por el ministro de Asuntos Exteriores de España, para expresar su apoyo a la solución de los dos Estados como única vía justa y sostenible para poner fin al conflicto entre Israel y Palestina. Con el telón de fondo de la tragedia humanitaria en Gaza y la creciente erosión del
orden internacional,
esta cumbre representa algo más que una reunión diplomática: es un acto de reafirmación de principios en tiempos en los que el derecho internacional retrocede ante la fuerza.
"Israel encontró su lugar en el concierto de las naciones gracias al consenso internacional; Palestina sigue esperando el cumplimiento de esa promesa"
La solución de los dos Estados no es una consigna vacía ni un deseo ingenuo. Es, desde hace décadas, la vía respaldada por Naciones Unidas y por la inmensa mayoría de la comunidad internacional. Fue una resolución de la propia ONU (resolución 181, de 29 de noviembre de 1947) la que permitió la creación del Estado de Israel, y fue también esa resolución la que establecía un hogar nacional para el pueblo palestino, la que propugnaba la creación de dos Estados, uno judío y uno árabe. Israel encontró su lugar en el concierto de las naciones gracias al consenso internacional; Palestina sigue esperando el cumplimiento de esa promesa.
La cumbre de Madrid llega en un momento especialmente crítico. En tiempo real,
estamos asistiendo a la disolución del orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, un sistema basado en reglas, instituciones multilaterales y resoluciones comunes. Hoy ese marco se resquebraja. La invasión de
Ucrania por parte de Rusia, así como la respuesta desproporcionada del Gobierno israelí a los ataques de Hamás en octubre de 2023, muestran
un mundo donde la lógica del uso de la fuerza está desplazando a la de los acuerdos y la legalidad internacional.
En ese contexto, la iniciativa diplomática española ha sabido ejercer un papel constructivo. La cumbre no solo contó con países que ya reconocen a Palestina —como Noruega, Catar o Irlanda— sino también con actores clave como Alemania, Francia e Italia, que aún no han dado ese paso, pero que sí defienden activamente la solución de los dos Estados. Este enfoque merece ser destacado:
la diplomacia española ha sabido construir un perímetro de consenso amplio, incorporando distintas sensibilidades en torno a un objetivo común. Una estrategia que podríamos llamar
diplomacia de los círculos concéntricos, capaz de sumar apoyos diversos sin exigir adhesiones inmediatas ni uniformes.
Esta capacidad de forjar alianzas plurales en defensa de principios compartidos es hoy más necesaria que nunca. Porque
lo que se diluye no es solo el respeto a las fronteras o a los tratados, sino también la idea misma de que los pueblos —todos— tienen derecho a vivir en paz, con dignidad, y bajo instituciones propias. Como recordaba el historiador y expresidente del parlamento israelí Avraham Burg, "Israel no podrá ser plenamente libre mientras los palestinos no lo sean también".
Desde su fundación en 1948, cuando contaba con aproximadamente 806.000 habitantes, Israel ha multiplicado por más de doce su población. Hoy supera los 10 millones de habitantes. Este crecimiento ha sido impulsado por sucesivas olas migratorias: primero desde países árabes, y después —especialmente tras el colapso de la Unión Soviética— con la llegada de cientos de miles de judíos del Este. El Israel fundacional tenía una base comunitarista y mayoritariamente socialista, liderado por una generación que participó en las grandes guerras del país: la guerra de la Independencia (1948), la guerra de los Seis Días (1967) y la guerra de Yom Kipur (1973).
Fue esa generación la que mostró voluntad para alcanzar la paz a través de la solución de los dos Estados. Sin embargo, las transformaciones demográficas y políticas han cambiado el mapa ideológico del país.
Hoy, la agenda de la derecha extrema domina al Gobierno israelí, y la situación personal del primer ministro Benjamín Netanyahu —cercado por causas judiciales y presiones internas— condiciona poderosamente la agenda nacional.
"Reivindicar la solución de los dos Estados es, en este sentido, una forma de recordar que hay alternativas a la guerra, y que los derechos de los pueblos no caducan porque una parte tenga superioridad militar"
Es bueno recordar que no hace muchos años
la solución de los dos Estados era la posición oficial también del Gobierno israelí. En las conversaciones de Camp David del año 2000, bajo el auspicio del presidente Bill Clinton, la paz en forma de reconocimiento de los dos Estados estuvo muy cerca. Basta leer
Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli–Arab Tragedy de Shlomo Ben Ami, exministro de Exteriores israelí, o
Madam Secretary de Madeleine Albright, exsecretaria de Estado de EE. UU., para recordar la proximidad de aquel acuerdo en el año 2000, frustrado, entre otras cosas, por el estatus de Jerusalén Este y un veto final muy al límite de Arafat. Si alguien quiere conocer en detalle aquellos momentos, es indispensable la lectura de
Profetas sin honor: La lucha por la paz en Palestina y el fin de la solución de dos Estados, escrito también por Shlomo Ben Ami.
¿Qué impide hoy ese acuerdo?
El clima actual no solo carece de voluntad política, sino que sufre de un alarmante desdén hacia los principios que deberían regir las relaciones internacionales. Reivindicar la solución de los dos Estados es, en este sentido, una forma de recordar que hay alternativas a la guerra, y que los derechos de los pueblos no caducan porque una parte tenga superioridad militar.
No se puede construir una paz verdadera ignorando el sufrimiento del otro.
El pueblo palestino tiene derecho a un hogar, como hace casi 80 años la comunidad internacional defendió el derecho del pueblo judío a tener el suyo. La simetría no está en las circunstancias materiales, sino en los derechos fundamentales.
Defender hoy la existencia del Estado palestino no es negarle nada a Israel, sino ofrecer a ambos pueblos la posibilidad de coexistir.
Y debemos analizar el momento actual en el contexto regional. La región vive una transformación geopolítica trepidante. El periodista y analista Robert D. Kaplan lo señala con claridad en su reciente libro
Tierra baldía: la nueva realidad de Oriente Medio es la de
una alianza israelí-suní frente al mundo chií. En el corazón del mundo árabe se libra una guerra de religión —análoga, en ciertos aspectos, a las que desgarraron Europa en la Edad Media— por el control doctrinal del islam. Israel ha sabido aprovechar esta fractura histórica y, en una lógica de hostilidad compartida frente a Irán, ha estrechado lazos con varios países suníes. Los
Acuerdos de Abraham, firmados bajo la primera presidencia de Donald Trump, representan el legado más duradero de su política exterior, y aún no se conocen todas las claves que hicieron posible su gestación.
El mundo suní tiene motivos para cooperar con Israel. Países como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí comparten con el Estado hebreo la preocupación ante la expansión regional de Irán. Otros, como Azerbaiyán, han recurrido al apoyo técnico israelí para lograr objetivos estratégicos, como ocurrió en la segunda guerra de Karabaj. Pero
en este proceso de reconfiguración regional, no se puede dejar al pueblo palestino en un callejón sin salida. Europa ha levantado con firmeza su voz ante una masacre que desborda cualquier lógica defensiva.
Israel, tantas veces preciso en la calibración de sus decisiones estratégicas, parece ahora desbordado y destemplado en la persecución de sus objetivos.
La responsabilidad no recae únicamente en los gobiernos. También interpela a las sociedades. El pueblo judío ha sido, sin duda, quien más ha conocido en carne propia los horrores del mal absoluto. Hannah Arendt los analizó con claridad en
Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, y Tzvetan Todorov los abordó en
Memoria del mal, tentación del bien y
Frente al límite. Ese sufrimiento extremo convirtió a
muchos intelectuales y ciudadanos judíos en portadores de una lucidez moral sin parangón, capaces de articular con fuerza su derecho a existir y a vivir con seguridad. Desde esa lógica, muchos amigos de Israel en el mundo hemos podido comprender —y acompañar— su singular lucha por consolidar una democracia rodeada de países no democráticos, y su búsqueda de la paz con antiguos enemigos.
"Guardar silencio es hoy una forma de renunciar a la memoria y a la justicia que justificaron el nacimiento mismo del Estado de Israel"
Precisamente por eso,
hoy duele más ver cómo esa lucidez se silencia. La misma capacidad de discernimiento que ha caracterizado al pueblo judío durante décadas debería llevarlo hoy a desaprobar con claridad el error que se está cometiendo en Gaza. Una Franja que fue secuestrada por una organización terrorista como Hamás, que impidió el desarrollo y la libertad de su propia población. Pero ahora que Israel ha reducido sustancialmente la capacidad operativa de Hamás y de Hizbulá,
¿qué sentido tiene seguir castigando indiscriminadamente a la población civil, causando decenas de miles de muertes, desplazamientos masivos y destrucción generalizada? Ese discernimiento moral debería inspirar una impugnación firme a un Gobierno que ha desbordado los límites éticos y que, además, cuenta con el aplauso de una administración estadounidense dispuesta incluso a contemplar el desplazamiento forzado de los gazatíes.
Guardar silencio es hoy una forma de renunciar a la memoria y a la justicia que justificaron el nacimiento mismo del Estado de Israel.