Hace justo un año, en febrero de 2024, advertimos en otro artículo del objetivo último que el Estado de Israel pretendía alcanzar con su operación militar masiva en la Franja de Gaza (Estado de Palestina), iniciada en octubre de 2023. Se trataba de un plan, adoptado como política del Gobierno israelí, a desarrollar en dos fases. En la primera, se procedería a la expulsión de la totalidad de la población gazatí de sus hogares con la intención de destruirlos sistemáticamente; generando con ello el desplazamiento forzado interno de toda la población y, sobre todo, la imposibilidad de retorno a sus casas, —ya inexistentes— a través de la conversión de la Franja de Gaza en un lugar de imposible habitabilidad. Cumplida esta primera fase, advertimos también que se comenzaría la segunda fase, y última, consistente en
deportar a toda la población palestina fuera de la Franja de Gaza, expulsándolos del territorio del Estado Palestino.
"Para el plan israelí, la destrucción total y absoluta de la Franja de Gaza y su conversión en un lugar inhabitable para los seres humanos es necesaria"
Pero ¿cómo presentar como aceptables, ante los Estados y la opinión pública internacional, ambos desplazamientos forzados de población de sus hogares del país que siempre han habitado? ¿Cómo, además, convencernos de que nada de ello constituye un crimen de lesa humanidad: el crimen de "deportación o traslado forzoso de población", tipificado en el artículo 7.1.d) del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional y ya aplicado por el Tribunal de Núremberg en 1946 a los criminales nazis? Este es, sin duda, el aspecto más sensible del plan y del que depende una parte importante de su éxito final.
Para ello, la destrucción total y absoluta de la Franja de Gaza y su conversión en un lugar inhabitable para los seres humanos es necesaria. Una vez realizada, nadie en su sano juicio querrá —y, aunque se empecine, no podría— seguir viviendo allí. Los gazatíes estarán entonces más que dispuestos a abandonar su tierra voluntariamente y, además, toda la operación de deportación podría presentarse como humanitaria. De este modo, no solo sería aceptada, sino alabada por los Estados occidentales y su opinión pública y, quién sabe, incluso premiada con el Nobel de la Paz.
Pues bien, cumplida la primera fase del plan, ha llegado la hora de comenzar a implementar la segunda fase. En ella Estados Unidos va a jugar un papel esencial, al igual que ya lo hiciera en la primera. Su papel —desarrollado a la perfección por el Gobierno Biden— fue esencialmente indirecto, aunque decisivo. Hasta el punto de que debemos considerarlo como cooperador necesario de los crímenes (de guerra, lesa humanidad y, quizás, genocidio) perpetrados masivamente por el Gobierno del Estado de Israel.
"Debemos considerar a EE. UU. como cooperador necesario de los crímenes (de guerra, lesa humanidad y, quizás, genocidio) perpetrados masivamente por el Gobierno del Estado de Israel"
En esta segunda fase del plan, el papel a desempeñar por los Estados Unidos pasa a ser directo: su Gobierno —presidido en esta ocasión por Trump— no solo acepta expresamente el plan del Gobierno israelí, sino que participa activamente en él.
Se trata de diseñar e implementar un gran proyecto humanitario, una especie de Plan Marshall para Gaza que permita, en primer lugar,
salvar a los gazatíes de unas condiciones de vida inhumanas,
rescatándolos de un sitio inhabitable ya y
ofreciéndoles rehacer sus vidas en otros lugares; para, una vez vaciado el territorio de sus
indeseables habitantes,
reconstruirlo convirtiéndolo en un lugar de ensueño, para las vacaciones de turistas acomodados. Ello, además, demostrará (una vez más, dirán), la incapacidad de los palestinos para construir un futuro, frente a la habilidad y el genio de Occidente —muy especialmente, de los israelíes— para levantar paraísos donde otros solo generaron infiernos…
La segunda Nakba, cuyo plan, largamente acariciado por el sionismo radical para ir construyendo su sueño del Gran Israel (vid. Ilan Pappé,
La cárcel más grande de la tierra: Una historia de los territorios ocupados),
comenzó a ser implementado en octubre de 2023, y ha entrado en febrero de 2025 en su segunda y definitiva fase.
Todavía estamos a tiempo de impedir su éxito, que supondría —subrayémoslo— el fracaso moral más absoluto de lo que los occidentales siempre hemos creído y defendido tras la II Guerra Mundial.
Supondrá, además, el fin del orden liberal occidental, destruido por sus propios hacedores y sus insoportables contradicciones. Es cierto que, a diferencia de la primera fase del plan —relativamente sencilla, por más que terriblemente inhumana y cruel, si se tiene el poder militar suficiente y la voluntad política para llevarla a cabo, como ha hecho el Gobierno de Israel—,
esta segunda fase es mucho más compleja de implementar con éxito, pues depende de terceros. En primer lugar, de los propios palestinos, que durante décadas han demostrado su inagotable capacidad de resistencia y su enorme resiliencia como pueblo; y de sus autoridades en Gaza,
Hamás, que lejos de derrotada, parece más firme, fuerte y apoyada por los ciudadanos palestinos que nunca.
"Todavía estamos a tiempo de impedir el éxito del plan israelí, que supondría —subrayémoslo— el fracaso moral más absoluto de lo que los occidentales siempre hemos creído y defendido tras la II Guerra Mundial"
En segundo lugar, de la voluntad de terceros Estados: de aquellos Estados donde Israel y Estados Unidos quieren deportar a 2,3 millones de palestinos: principalmente, los países árabes vecinos. De ellos depende en gran medida que este plan criminal —en sentido propio, crimen de lesa humanidad consistente en el traslado forzoso de personas— no se lleve a cabo. Pero también depende del resto de Estados de la Comunidad Internacional, puesto que su implementación viola normas imperativas de Derecho Internacional general y, por consiguiente, obligaciones erga omnes (frente a todos), al tratarse de la comisión de crímenes internacionales centrales que afectan a la Comunidad Internacional en su conjunto.
También, y muy especialmente,
de la Unión Europea y sus Estados miembros: ¿van a colaborar en esta segunda fase del plan con su silencio o con un apoyo indirecto, como lo hicieron en la primera? ¿Darán un paso más y participarán de forma directa y abierta en la deportación?
Recordemos que la UE prevé desplegar en la frontera palestina de Rafah con Egipto una operación policial en la que, por cierto, España participará con varios agentes de la Guardia Civil. ¿Lo harán además colaborando con capital y empresas en la construcción de la llamada
Ribera de Oriente Medio (sic), como la ha denominado el presidente de Estados Unidos?
O, por el contrario, ¿tratarán de impedir este crimen con todos los medios económicos, políticos y diplomáticos a su alcance —que son muchos y muy poderosos—?
Dejemos de autoexcusarnos en una supuesta incapacidad de la Unión Europea que, en realidad, solo encubre una falta de voluntad política.
"Dejemos de autoexcusarnos en una supuesta incapacidad de la Unión Europea que, en realidad, solo encubre una falta de voluntad política"
Coda. Recordemos A Hannah Arendt y su concepto de la
banalidad del mal tal y como lo construyó en
Eichmann en Jerusalén. Yo creía que su mayor ejemplo contemporáneo eran los barcos de recreo llenos de
turistas israelíes navegando frente a las costas de Gaza para ver en directo la destrucción y la muerte; pero el anuncio del presidente de Estados Unidos de construir resorts turísticos sobre las ruinas humeantes de una de las civilizaciones y pueblos más antiguos del mundo, lo supera con creces.
Y recordemos, todos, el poema de John Donne, Ningún hombre es una isla, donde, en 1624, ya nos advirtiera que "la muerte de todo hombre me disminuye, porque soy parte de la Humanidad; por eso, no preguntes por quién doblan las campanas; están doblando por ti".