Hace algo más de tres años, en esta misma tribuna, sosteníamos que la
energía nuclear es el
gran fracaso colectivo de todas las esperanzas depositadas en la ciencia moderna, que, como mejor y más limpia alternativa a los combustibles fósiles, y en competencia con las renovables, nos ofrece una solución que implica altísimos riesgos y una amenaza permanente que, tarde o temprano, se haría efectiva, habida cuenta de que las catástrofes ocurren allí donde
el control de riesgos no llega.
"Cuesta creer que la tecnología no sea capaz de abordar esta incidencia y se concluya culpando a las renovables"
El reciente
apagón eléctrico en España ha dado pie a otro asalto en el debate nuclear, estrechamente vinculado con un nuevo flanco por el que atacar a las energías renovables, a las que se consideran responsables. Ahora bien, en el caso de que se establecieran nexos causales que apuntasen, efectivamente, a las renovables, ¿podríamos afirmar con rigor que son realmente responsables? Lo cierto es que no, en ningún caso. Al igual que afirmamos en su día que la apuesta por la energía nuclear constituye el gran fracaso colectivo de todas las esperanzas depositadas en la ciencia moderna, en este caso
afirmaríamos que culpar a las renovables del apagón equivaldría a asumir el gran fracaso colectivo de todas las esperanzas depositadas en la tecnología moderna, que no sería capaz de dar respuesta al evento en cuestión.
A estas alturas, todos los lectores conocen por los medios la tesis de la caída de 15GW en el sistema, lo cual, según el relato repetido, produjo una fluctuación muy importante en comparación con la totalidad de la energía del sistema energético español, que estaría en máximos de 45GW. Dado que no soy experto, no voy a especular con los argumentos en circulación, tales como que en un sistema con máximos de, por ejemplo, 150GW la fluctuación sería más absorbible; o, lo que sería lo mismo, que de haber tenido mejores interconexiones internacionales, el sistema total resultante podría haber absorbido mejor el golpe; o, simplemente, que disponer de mejores sistemas técnicos de gestión hubiera permitido aislar el problema o abordarlo de forma que no se llegase al cero.
Todos ellos apuntan a que las causas, haya o no haya habido ataque cibernético, son de gestión, planificación o desarrollo tecnológico.
"En situaciones de crisis o emergencia, parece que hay una tendencia a situar como chivo expiatorio todo lo que huela a ecológico"
Cuesta creer que en un mundo donde el grado de sofisticación tecnológica ha llegado a límites absolutamente impensables hace unos años, la tecnología no sea capaz de abordar esta incidencia y se concluya culpando a las renovables, que en última instancia serían un factor secundario, pero en ningún caso responsables.
En situaciones de crisis o emergencia, parece que hay una tendencia a situar como chivo expiatorio todo lo que huela a ecológico, ya sean, como en este caso, las energías renovables, o la agricultura, de la que también nos ocupamos en esta tribuna con motivo de la crisis de
Sri Lanka.
Como no podía ser de otra forma, el apagón constituye una oportunidad de oro para la contienda política. No vamos aquí a tomar partido en la misma, pero sí a dejar constancia de que
no tiene fundamento y es incongruente acusar de sesgo ideológico a quienes defienden el uso de las renovables frente a la energía nuclear. Las renovables tienen sus claroscuros, y ya hemos hablado en otros lugares de los problemas del consumo energético y de la extracción de materias primas, todo ello vinculado también a la digitalización
planetaria de la realidad, pero
de ningún modo está más sesgado ideológicamente el detractor que el defensor de la energía nuclear.
En este país, como en todo el mundo donde es posible el debate, todo se dirime en la trinchera, hasta el entretenimiento televisivo; pero
resulta curioso que, en esta ocasión, quienes levantan el dedo acusador del sesgo ideológico son los defensores del uso de la energía nuclear, que han aprovechado la ocasión para defenderla atacando a las energías renovables, cuyos defensores padecerían algún sesgo o contaminación ideológica que les hace salirse de una suerte de ortodoxia basada en verdades absolutas. Y las verdades no pueden ser otras que la racionalidad técnica, el rendimiento y la utilidad económica. Apelar a otro tipo de valores o de aspiraciones humanas constituye una suerte de herejía ideológica izquierdista, alineada con peligrosos activistas, incluido el recientemente fallecido
Papa Francisco, que se ocupó del tema en una de sus primeras encíclicas. No en vano,
con la ideología ocurre como con las creencias. Se llama no creyente al que no cree lo que yo creo; y se acusa de estar sesgado ideológicamente a quien no tiene las ideas que yo tengo.
"El verdadero debate que ha de afrontar esta civilización es el de los límites del crecimiento económico y su voracidad energética"
Por supuesto, hay argumentos para rebatir esas supuestas verdades tecnoeconómicas, y también para resistirse con fuerza a ser ubicado en un bando, entre otras razones, porque las apuestas conllevan siempre unos plazos. Pero no es este el lugar para librar ese debate, sino para señalar que
los supuestos argumentos tecnoeconómicos no constituyen verdades inmaculadas sin sesgo ideológico, allende las cuales todo es ideología peligrosa o sospechosa. Son tan ideológicos unos como otros, y, si me apuran, en el fondo, en todos subyace la misma ideología, que no es otra que la de llegar al mismo lugar por distintos caminos.
De modo que, en conclusión, pensamos que los hechos apuntan a que
hay que comenzar a pensar más en los fines que en los medios; a reflexionar sobre a dónde nos lleva un constante crecimiento en el consumo de energía, independientemente de que este se cubra con un tipo u otro de fuente. Por desgracia, el cortoplacismo reinante no lo promueve, pero
el verdadero debate que ha de afrontar esta civilización es, en el fondo, un viejo debate: el de los límites del crecimiento económico y su voracidad energética, que ahora ha de satisfacer también las insaciables necesidades de los nuevos vástagos de la digitalización y la
inteligencia artificial.
España no puede permitirse, presa del pánico, escuchar cantos de sirena interesados y medias verdades y abortar o ralentizar la transición energética. Sería un error estratégico imperdonable.