Del Papa Francisco pueden destacarse muchos rasgos. Algunos mencionarán su llaneza, impropia de un Pontífice. Otros se referirán a su humildad, ese visible disgusto que le suscitan la pompa y los fastos vaticanos. Otros, acaso no tantos, señalarán su espiritualidad: Francisco fue un hombre de fe, un hombre de oración honda y perseverante, uno de esos que cuando reza parece ausente porque lo cierto es que está presente en otro mundo. También se dirá que ha sido el Papa de las periferias, quizá quien más en serio se ha tomado el mandato de proclamar el Evangelio allá donde no se ha proclamado nunca o allá donde, habiéndose proclamado, ahora imperan la desesperanza y el nihilismo.
Yo, que todavía albergo una vana, posmoderna, pretensión de originalidad, voy a señalar un rasgo que probablemente nadie más señale: su ortodoxia. Digo que nadie lo señalará porque
todos, prácticamente todos, han señalado lo contrario: su heterodoxia. Los católicos conservadores, para lamentarla. Los católicos progresistas, para celebrarla. Esto es algo en lo que han coincidido incluso quienes discrepan en todo. Ambos grupos se han referido a menudo a la excentricidad de Francisco. Los conservadores lo han acusado de indulgencia con las herejías de según quiénes e incluso de haber flirteado él mismo con ellas. Los progresistas, que en el fondo coinciden, lo han presentado como el Papa de la apertura al mundo, como una luminaria prendida tras siglos de tinieblas, como la ruptura necesaria con un pasado vergonzoso.
"Quien haya leído los documentos papales dará fe: no contienen herejías, sino tan solo ortodoxia; no hay en ellos excentricidades, sino la inveterada sabiduría de la Iglesia"
Yo niego la mayor y digo de Francisco lo mejor que puede decirse de un Papa: que ha sido continuista. Quizá su tono fuera excéntrico, lo acepto, tal vez el papado exija algo más de solemnidad, conforme, acaso debería haber cuidado más las maneras en algunas ocasiones, sin duda, pero no deberíamos soslayar por todo esto
el incuestionable hecho de que ha defendido la verdad tan firmemente como sus predecesores, que la ha defendido indiferente a las críticas de unos y de otros, seguro de que haciéndolo no obtendría más que el descrédito del mundo. Quien haya leído los documentos papales dará fe: no contienen herejías, sino tan solo ortodoxia; no hay en ellos excentricidades, sino la inveterada sabiduría de la Iglesia.
Alguien podría objetar, con todo, que el Papa Francisco ha errado en muchas de sus intervenciones públicas. Probablemente tenga razón. Al respecto sólo cabe decir dos cosas. La primera es que las afirmaciones del Papa en una entrevista tienen, de hecho, la misma importancia que los exabruptos de un parroquiano en la barra del bar. La segunda, más enjundiosa, es que al Pontífice hemos de juzgarlo con la misma indulgencia con que nos juzgamos a nosotros mismos. No hay día que termine sin que yo haya afirmado con aplomo un buen puñado de insensateces. Al Papa, que es humano pese a todo, no conviene exigirle mucho más que lo que uno se exige a sí mismo.
El Papa ¿comunista?
De Francisco se dice recurrentemente que es "comunista". Estoy dispuesto a aceptarlo siempre y cuando quien lo afirme añada que sus predecesores también lo fueron. La realidad, bien alejada de las ensoñaciones liberales, es que
el Papa Francisco se toma en serio la doctrina social de la Iglesia, que es tan incompatible con el comunismo como con el capitalismo. Recuerdo ahora cuando dijo que el derecho a la propiedad privada no es ni "intocable" ni "absoluto". Muchos lamentaron que un Pontífice se dedicara a exaltar el socialismo, cuando lo cierto es que sólo estaba exaltando el catolicismo: "El derecho de propiedad privada no es incompatible con las diversas formas de propiedad pública existentes. El paso de bienes a la propiedad pública sólo puede ser hecha por la autoridad competente de acuerdo con las exigencias del bien común y dentro de los límites de este último, supuesta la compensación adecuada. A la autoridad pública toca, además, impedir que se abuse de la propiedad privada en contra del bien común", reza la constitución pastoral
Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II. ¿También es comunista?
También
se desató la histeria liberal, jimenezlosantiana, cuando el Papa les pidió a los empresarios que, además de a "sus propios intereses o a los de círculos restringidos", sirvieran al bien común. Muchos aprovecharon la petición para acusarle nuevamente de peronista, ¡de socialista!, y de oponerse a la actividad privada. Pero él tan solo estaba diciendo algo que ya había dicho antes Benedicto XVI, icono de la derecha neocón, en un encuentro con empresarios italianos: "Es indispensable que la referencia última de toda intervención económica sea el bien común y la satisfacción de las legítimas expectativas del ser humano. En otros términos, la vida humana y sus valores deben ser siempre el principio y el fin de la economía". Frente al catolicismo ideológico, la ortodoxia de Ratzinger y Bergoglio.
El Papa ¿ecologista?
Los mismos que le imputan al Papa el vicio del comunismo le imputan también el del ecologismo. Según ellos, Francisco defiende la Agenda 2030 y contribuye al alarmismo climático. De nuevo, no es cierto. En
Laudato si’, la encíclica que escribió sobre el cuidado del planeta, afirma lo que también afirmaron sus predecesores y lo que otrora había afirmado san Francisco de Asís:
el hombre solo tiene derecho a disponer de la tierra a condición de que reconozca su deber de cuidarla y embellecerla. No es el propietario del planeta, sino su fideicomiso. No es su soberano, sino su administrador.
"No podemos depredar el planeta como si fuésemos la primera generación que lo habita y la última que lo hará; nuestra obligación es respetar la herencia de nuestros ancestros y legársela espléndida, multiplicada, a nuestros descendientes"
La tesis del Papa Francisco sobre la creación, que es en verdad la tesis de la Iglesia, coincide con las ideas de Burke, egregio conservador al que los conservadores citan a conveniencia: no podemos depredar el planeta como si fuésemos la primera generación que lo habita y la última que lo hará; nuestra obligación, más bien, es respetar la herencia de nuestros ancestros y legársela espléndida, multiplicada, a nuestros descendientes.
Pecadores y pecado
Pero podría parecer que, afirmando la ortodoxia del Papa, incurro en el pecado de la sinécdoque, en el de tomar la parte por el todo. ¿No estoy acaso considerando aquellos aspectos de su pontificado que corroboran mi teoría y negligiendo los que no? Con el propósito de defenderlo, ¿no estaré fabricando un Francisco a mi singularísima medida? Parece, por ejemplo, que la actitud del Pontífice hacia los homosexuales, los divorciados, las periferias existenciales difiere de la de sus predecesores. ¿Cómo tildarla de ortodoxa? Consiste, podría señalar alguien, en una transigencia novedosa, en una apertura inaudita. Yo, por mi parte, no niego que ese cambio se haya producido, pero sí, con la febril rotundidad del polemista, que sea heterodoxo. Francisco I apenas ha retomado, como Benedicto XVI, como san Juan Pablo II, un viejo adagio latino: Suaviter in modo, fortiter in re. Quizá su mandato constituya una explosión de la caridad, pero
toda explosión de la caridad —recordemos con nuestra mejor filosofía— es también una explosión de la verdad.
"Francisco no acaricia el relativismo porque dice una verdad tan antigua como nuestra fe: aunque en la Iglesia no quepan, naturalmente, todos los actos, sí caben, por supuesto, todas las personas"
El Papa inauguró la JMJ de 2023 con un discurso en el que se refería a la Iglesia como un espacio para todos. "Todos, todos, todos", hizo repetir a la multitud. Algunos comentaristas en Twitter entrevieron tras aquellas palabras un coqueteo con el relativismo. A mí, en cambio, me parecieron inimputables por tautológicas.
Decir que la Iglesia católica es para todos es simplemente decir que la Iglesia católica es la Iglesia católica y no la iglesia esotérica. El Papa recordó con su habitual llaneza la vocación universal del cristianismo. Al encuentro con Dios a través de los sacramentos están llamados los pecadores de soberbia y los pecadores de lujuria, los cultos y los analfabetos, los huérfanos y los viudos, los padres y los hijos. Hay que tener la mirada muy torcida para percibir relativismo en unas palabras que se limitan a rescatar aquellas de san Pablo: "Ya no hay judío, ni griego; no hay esclavo, ni libre; no hay varón, ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gal, 3, 28).
Nótese que el Papa dijo "todos" y no "todo". Subyace a sus palabras la clásica distinción entre el pecador, que merece misericordia, y el pecado, que merece intransigencia. Francisco no acaricia el relativismo porque dice una verdad tan antigua como nuestra fe: aunque en la Iglesia no quepan, naturalmente, todos los actos, sí caben, por supuesto, todas las personas, sean cuales sean sus orígenes, sus cruces y sus vicios.
El mejor modo de neutralizar la fuerza del pecado es amar incondicionalmente al pecador.
El justo medio entre heterodoxias
Decía G. K. Chesterton que la fe católica es el justo medio entre dos excesos a los que está abocada a irritar. Entre el materialismo, que lo acusará de espiritualista, y el espiritualismo, que lo acusará de materialista. Entre el pelagianismo, que lo tildará de jansenista, y el jansenismo, que lo motejará de pelagiano. Entre el panteísmo ecologista, que le imputará el crimen de desacralizar el planeta, y el ateísmo capitalista, que le imputará el de sacralizarlo.
"Nunca ha terminado de satisfacer ni a los progresistas, que lo consideran conservador, ni a los conservadores, que lo consideran progresista"
Creo que el Papa Francisco, siempre aferrado al justo medio de la ortodoxia, ha replicado a pequeña escala la historia de la Iglesia. Nunca ha terminado de satisfacer ni a los progresistas, que lo consideran conservador, ni a los conservadores, que lo consideran progresista. Los primeros le piden que sea más mundano, más inclusivo, quizá más condescendiente con la época. ¡Cuánto les agradaría que bendijese las conspiraciones de la Conferencia Episcopal alemana! Los segundos, por el contrario, le exigen más firmeza en la defensa de la Tradición y menos coqueteos con el mundo, más rotundidad y menos diálogo, más verdad y menos caridad.
Pienso ahora que
el fracaso del Papa Francisco es, bien mirado, su triunfo: mantenerse ortodoxo cuando arrecian las heterodoxias de uno y otro signo.