Martes, 28 de julio de 2026
REFLEXIONES

Los años veinte del siglo XXI: lecciones del pasado para el presente

Los ecos de los turbulentos años veinte del siglo pasado resuenan con fuerza en esta era de disrupción e incertidumbre. Así lo advierte Gonzalo de Cadenas, director general adjunto del Servicio de Estudios Económicos de MAPFRE Economics, quien aboga por rechazar las soluciones simplistas y apostar por la construcción de un futuro más resiliente.

Gonzalo de Cadenas-Santiago Gonzalo de Cadenas-Santiago 8 de mayo de 2025
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Una foto de archivo muestra una acrobacia durante los años veinte. | Unsplash / Florida Memory
Una foto de archivo muestra una acrobacia durante los años veinte. | Unsplash / Florida Memory
"La historia no se repite, pero con frecuencia rima", decía Mark Twain. A medida que avanzamos por el siglo XXI, las semejanzas entre nuestra época y las primeras décadas del siglo XX se vuelven cada vez más evidentes. Este paralelismo abarca la economía, la política, la sociedad y la cultura, reflejando un patrón compartido de disrupción, transformación e incertidumbre.

El auge económico posterior a la COVID-19 guarda sorprendentes similitudes con los llamados locos años veinte. Ambos periodos siguieron a profundas crisis —una guerra mundial y una pandemia— y se caracterizaron por repuntes en el consumo, crecimiento de los ingresos reales e innovaciones tecnológicas aceleradas. En los años veinte del siglo pasado, la expansión del automóvil, la electrificación y la producción en masa transformaron las economías y los estilos de vida. Hoy asistimos a una revolución digital impulsada por la inteligencia artificial, la biotecnología y la transición ecológica. En ambos casos, el progreso elevó la esperanza de vida y la productividad, pero también acentuó las divisiones sociales y el acceso desigual a las oportunidades.

"La erosión del multilateralismo —que antaño encarnaba las esperanzas del liberalismo internacional— refleja el fracaso de la Sociedad de Naciones"
En el núcleo de ambas décadas se encuentra una arquitectura financiera compleja. En el siglo XX, la expansión del crédito, las inversiones especulativas y el auge de los mercados de capitales condujeron al colapso de 1929. Nuestra época resuena con estas condiciones: la financiación apalancada, las valoraciones infladas, el endeudamiento público creciente y una distribución desigual de la riqueza conforman una mezcla volátil. El crecimiento del capital intangible y las lagunas regulatorias añaden capas de opacidad que amenazan la estabilidad a largo plazo.

Desde el punto de vista geopolítico, el comienzo del siglo pasado vio el ocaso de viejos imperios y la pugna por nuevas formas de hegemonía. Hoy, la unipolaridad estadounidense es cuestionada por el ascenso de China y las demandas de representación del sur global.

La erosión del multilateralismo —que antaño encarnaba las esperanzas del liberalismo internacional— refleja el fracaso de la Sociedad de Naciones. Instituciones actuales como la ONU, la OMC o el Banco Mundial afonta bloqueos, vetos y crisis de legitimidad. A ello se suma la competencia geopolítica por recursos estratégicos como la energía y los materiales críticos, lo que recuerda la fragmentación global del periodo de entreguerras.

En el plano psicosocial, ambas décadas comparten patrones de individualismo, hedonismo y posterior desencanto. Los años veinte del siglo XX exaltaron la autoexpresión y la liberación, fenómeno que hoy se replica en la cultura digital, la política identitaria y el culto al yo en redes sociales. Sin embargo, ambos momentos han dado lugar a una extendida sensación de alienación. En este clima, el liberalismo se ve incapaz de garantizar paz y justicia, dejando espacio a alternativas iliberales. Tal como el fascismo y otras ideologías autoritarias germinaron entonces, hoy asistimos al creciente atractivo de líderes fuertes y movimientos populistas. La frustración, la pérdida de referentes sociales tradicionales y el aumento de la desigualdad alimentan el anhelo de orden, simplicidad y pureza que ofrecen visiones regresivas.

"La paz no se mantiene mediante ideales abstractos, sino por el reconocimiento del poder, del interés propio y de los límites de la moralidad en las relaciones internacionales"
El peligro no es la repetición literal de la historia, sino el poder seductor de soluciones simplistas en tiempos complejos. La dislocación política y social acrecienta el riesgo de recaer en el autoritarismo o el nihilismo. Cuando los ideales liberales fracasan en ofrecer respuestas tangibles sin una comprensión firme del poder y de la responsabilidad moral, surge la desilusión con la propia democracia.

El politólogo británico Edward H. Carr, en su influyente obra La crisis de los veinte años (1919-1939), señaló que la paz no se mantiene mediante ideales abstractos, sino por el reconocimiento del poder, del interés propio y de los límites de la moralidad en las relaciones internacionales. Su crítica al idealismo liberal y su llamada a una realpolitik informada siguen siendo vigentes: sin una visión pragmática y moralmente consciente, los proyectos colectivos fracasan. Carr propuso una tensión dinámica entre los valores y la realidad como base para una diplomacia responsable.

En una línea similar, Pankaj Mishra, en su obra La edad de la ira (2017), examina las raíces profundas del malestar contemporáneo, señalando que muchos de los conflictos y tensiones actuales tienen sus orígenes en la ruptura del contrato social liberal y en la frustración derivada de las promesas incumplidas de modernidad, igualdad y progreso. Mishra analiza cómo la globalización y el modelo individualista occidental han generado una oleada de resentimiento que se expresa a través del nacionalismo excluyente, la violencia identitaria y el repliegue cultural. Esta lectura amplía el marco interpretativo histórico al conectar el pasado con las consecuencias emocionales y culturales del presente, proporcionando claves para entender el auge de discursos radicales y autoritarios en el mundo actual.

"Muchos de los conflictos y tensiones actuales tienen sus orígenes en la ruptura del contrato social liberal y en la frustración derivada de las promesas incumplidas de modernidad, igualdad y progreso"
A pesar de los paralelismos, existe una vía constructiva hacia delante. Como propuso Jean Piaget, las sociedades pueden evolucionar cognitiva y moralmente. Pueden pasar de un pensamiento concreto y dependiente a un razonamiento abstracto y autónomo, anclado en los principios de justicia y equidad. Esta evolución intelectual y ética es esencial para construir un nuevo relato de economía política, que fomente la inclusión, la sostenibilidad y la corresponsabilidad. Abrazar una realidad verde, fundada en la interdependencia social y el equilibrio ecológico, puede permitirnos reescribir la historia sin necesidad de repetirla.

Las similitudes entre los años veinte de ambos siglos no son casuales. Son advertencias, recordatorios y también oportunidades. Si reconocemos los patrones, podemos evitar sus consecuencias. No estamos condenados a revivir las tragedias del pasado. Pero debemos comprenderlas, si queremos resistir la tentación de rimar con ellas.
Gonzalo de Cadenas-Santiago
Gonzalo de Cadenas-Santiago
Director general adjunto del Servicio de Estudios Económicos MAPFRE Economics
Licenciado en Análisis Económico por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Finanzas Cuantitativas. Postgrado en la Universidad Humboldt de Berlín / Universidad de Zúrich (beca "la Caixa"). Anteriormente fue 'senior policy advisor' en el Instituto de Investigación Económica Alemán (DIW), en Servicio de Estudios Económicos del Banco Santander y economista principal de BBVA Research. Es fundador y director ejecutivo de la consultora independiente .aftermath research, empresa fundamentalmente dedicada al análisis cuantitativo y al 'Big Data'.
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