El debate actual en el liberalismo americano: "Las democracias deben generar prosperidad material"
Ante el fracaso de los demócratas y la victoria del populismo MAGA en EE. UU., voces como la de Ezra Klein apuestan por una "política de la abundancia" basada en devolver a las democracias su habilidad para solucionar las necesidades de los ciudadanos. 'Agenda Pública' explora cómo se traslada a España este debate.
Manifestación contra Trump y a favor de la democracia en Madrid. | David Canales / Zuma Press / ContactoPhoto
En el análisis postmortem de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024, varios pensadores progresistas han comenzado a elaborar una reevaluación fundamental de la filosofía de gobernanza del Partido Demócrata. En el núcleo de esta crítica emergente yace un diagnóstico sobrio articulado por Ezra Klein del New York Times: "Los demócratas fracasaron en la labor de gobernar", con su derrota siendo el resultado directo de una incapacidad para abordar las preocupaciones económicas que dominaban la mente de los votantes. "Trump ganó en 2024 porque los estadounidenses estaban furiosos por el coste de la vida y confiaban en los republicanos, no en los demócratas, para reducirlo". Klein, junto al periodista Derek Thompson de The Atlantic, acaban de publicar Abundance, un libro que ha abierto un profundo debate en el liberalismo americano sobre cuál debe ser la respuesta ante el populismo del movimiento MAGA (Make America Great Again).
La tesis de la abundancia: una respuesta a los fracasos de la gobernanza liberal
El éxodo de población de estados tradicionalmente demócratas como California, Nueva York e Illinois evidencia los fallos de gobernanza del Partido Demócrata. Aunque se presentan como modelos progresistas, estos estados se han vuelto inaccesibles para las familias trabajadoras. Como resume Klein: "No puedes ser el partido de las familias trabajadoras cuando los lugares que gobiernas son inasequibles para ellas".
"No puedes ser el partido de las familias trabajadoras cuando los lugares que gobiernas son inasequibles para ellas"
Esta contradicción se refleja en su incapacidad para ejecutar políticas básicas como la construcción de vivienda asequible, infraestructuras energéticas y transporte público eficiente. En contraste, estados republicanos han avanzado notablemente en estos frentes. Texas, por ejemplo, lidera la producción nacional de energía renovable, en gran parte gracias a sus facilidades regulatorias y burocráticas.
El caso del tren de alta velocidad en California es paradigmático: concebido como un ambicioso proyecto de conexión entre San Francisco y Los Ángeles, ha acabado hundido en sobrecostes, retrasos y un laberinto regulatorio. De los 33.000 millones iniciales, el presupuesto ha escalado a 110.000 millones sin fecha de finalización a la vista al estancarse en auditorías, consecución de permisos y trabas administrativas.
Mientras tanto, ciudades como Houston, con escasas restricciones urbanísticas, ofrecen viviendas por un tercio del precio de Los Ángeles. En noviembre de 2024, Austin autorizó más de 3.000 nuevas construcciones, frente a apenas 292 en San Francisco. Según los autores de Abundance, esta diferencia se debe a la maraña normativa que los demócratas imponen para contentar a su base electoral.
Para Thompson, coautor del libro, esa ineficacia ha generado una percepción de escasez que Trump ha sabido capitalizar, usando la narrativa de la escasez para justificar recortes sociales, proteccionismo económico y restricciones migratorias. En su discurso, achaca el problema de la vivienda a los inmigrantes ilegales, justificando así sus deportaciones; retrata el sistema de comercio internacional como un "robo" a EE. UU. para justificar el "dolor económico" que deben aguantar los ciudadanos como consecuencia de sus aranceles. En esencia, la estrategia trumpista consiste en transformar el fracaso del Estado en argumento para seguir debilitándolo.
El marco de la abundancia plantea una forma de gobernar centrada en identificar necesidades humanas y movilizar instituciones para satisfacerlas, sin atarse a ideologías. A veces implica reducir regulaciones —como en vivienda— y otras, una intervención estatal activa —por ejemplo, en tecnologías emergentes—. Lo que une este enfoque es el pragmatismo, no la pureza ideológica. Para sus defensores, permitiría superar la polarización y recuperar una política más técnica y moderada.
"La estrategia trumpista consiste en transformar el fracaso del Estado en argumento para seguir debilitándolo"
Sin embargo, es cierto que el resultado de la política de la abundancia no necesariamente acabaría en el fin del populismo. Janan Ganesh señala en el Financial Times que más prosperidad no garantiza mayor satisfacción ciudadana ni estabilidad política. El auge del populismo en las últimas dos décadas, tanto en economías dinámicas como Estados Unidos o en economías estancadas como la Unión Europea, cuestiona que la abundancia solucione por sí sola el malestar democrático. Asimismo, dentro de los países, la relación entre prosperidad y moderación política resulta elusiva. En Alemania, el antiguo este es el mayor feudo de la AfD incluso si se ha enriquecido a un ritmo mayor que la antigua parte occidental desde la reunificación.
The Economist advierte que esta agenda exigiría un giro estratégico para los demócratas: pasar de una economía centrada en la demanda a una enfocada en la oferta, priorizando el aumento y abaratamiento de bienes esenciales como energía, vivienda o transporte. Esto implicaría dejar en segundo plano ciertas exigencias redistributivas que hoy ralentizan el desarrollo.
Este matiz es crucial. La tesis de la abundancia no aboga por un simple regreso al Estado intervencionista del periodo de posguerra, sino por un Estado capaz de generar prosperidad material suficiente para que los ciudadanos no vivan con la sensación de precariedad constante. Se trata de restaurar la confianza en que la democracia puede satisfacer sus necesidades. Para ello, no basta con la acción directa del Estado: se requiere una política industrial ambiciosa, intervenciones estratégicas en mercados ineficientes y alianzas público-privadas.
La abundancia en España
Es cierto que ni España ni Europa son EE. UU. No compartimos diseño institucional ni dinámicas políticas; sin embargo, la lógica de la abundancia también puede aplicarse en nuestro contexto. El gran caso de éxito en nuestro país es el desarrollo de la energía renovable, que en seis años ha pasado del 38% de la matriz energética al 65%, generando así una de las energías más baratas del continente, aumentando así con creces la competitividad española.
La red de AVE es otro caso paradigmático. La línea Madrid-Barcelona —comparable en distancia y ambición a la proyectada entre San Francisco y Los Ángeles— se completó en 2008 y permite recorrer 621 kilómetros en apenas dos horas y media. Este logro tecnológico y logístico mostró que el Estado español tenía la capacidad de ejecutar infraestructuras punteras. Además, la liberalización del mercado ha logrado hacer llegar de forma mucho más asequible la alta velocidad a muchas personas.
Sin embargo, también evidenció los riesgos de una visión desequilibrada de la inversión pública. Según la AIReF, entre 1990 y 2018 se destinaron 55.900 millones de euros a la alta velocidad, frente a solo 3.600 millones a los servicios de Cercanías, pese a que estos últimos transportaban al 95% de los usuarios ferroviarios. Esta asimetría ilustra una tendencia a priorizar proyectos de prestigio sobre infraestructuras con impacto directo en la vida cotidiana.
Esta lógica ha empezado a revertirse. En los últimos años, el Gobierno ha incrementado notablemente la inversión en cercanías: 607 millones de euros en 2024 para el sistema Rodalies de Catalunya y un plan de 7.100 millones para Cercanías Madrid anunciado en 2023. Este giro es coherente con la tesis de la abundancia: no se trata de construir más por construir, sino de orientar la inversión pública hacia aquellos ámbitos que más contribuyen al bienestar común.
"No se trata de construir más por construir, sino de orientar la inversión pública hacia aquellos ámbitos que más contribuyen al bienestar común"
Esa lógica se entiende aún mejor si cerramos el foco. El corredor de cercanías Madrid-Guadalajara es un ejemplo de cómo la escasez se manifiesta en lo cotidiano. Quienes dependen del tren para llegar a Madrid se enfrentan a retrasos frecuentes, escasa fiabilidad y tiempos de viaje excesivos. Incluso cuando el servicio funciona, los trenes hacen múltiples paradas antes de llegar a la capital, lo que alarga innecesariamente los trayectos. Una reorganización de horarios para establecer un servicio Intercity sin paradas intermedias —que complementaría a los actuales civis— permitiría reducir el trayecto de 60 a 35 minutos. Esta mejora no requeriría nuevas infraestructuras, solo una gestión más eficiente de las existentes. Es un ejemplo de cómo un Estado orientado a la abundancia puede mejorar servicios esenciales sin multiplicar el gasto.
El caso de la vivienda ilustra aún más claramente el desafío —y la oportunidad— de aplicar una política de abundancia. La crisis de acceso a la vivienda en España se ha intensificado en los últimos años, especialmente en grandes ciudades y zonas costeras. A principios de 2024, el Gobierno presentó un paquete de medidas ambicioso: regulación del mercado del alquiler, creación de una empresa pública promotora de vivienda asequible, y un impuesto del 100% a la compra de propiedades por parte de ciudadanos no comunitarios, que representaban el 15% de las operaciones en el tercer trimestre de 2024. Estas iniciativas apuntan en la dirección adecuada, pero enfrentan obstáculos estructurales.
Por ejemplo, mientras que el Banco de España estima un déficit de 600.000 viviendas, el INE contabiliza cuatro millones de viviendas vacías, en su mayoría situadas en áreas rurales con poca demanda. La escasez está geográficamente concentrada: en zonas donde el empleo y el turismo presionan el mercado, fondos de inversión están comprando bloques enteros para destinarlos a alquiler turístico, desplazando a los residentes de largo plazo. A esto se suma un parque de vivienda social muy limitado: apenas el 2,5% del total, frente al 9% de media europea y más del 20% en países como Austria o Países Bajos. El modelo de Barcelona, que ha impulsado la construcción de 4.500 viviendas asequibles mediante asociaciones público-privadas, ofrece una plantilla valiosa que podría replicarse a escala nacional.
Una política de abundancia en el ámbito de la vivienda implicaría abordar estos desequilibrios estructurales: corregir la distribución territorial de la oferta, limitar el uso especulativo de la vivienda y ampliar significativamente la oferta pública como opción estable y asequible para gran parte de la población.
"¿Qué políticas aplicaría si supiera que van a tener éxito"
En todos estos casos, la lógica es la misma: el Estado debe de orientar estratégicamente los recursos disponibles hacia aquellas áreas que refuerzan el contrato social y la seguridad material de la ciudadanía. La política de la abundancia no es una nostalgia por el Estado del bienestar del siglo XX, sino una propuesta pragmática para el siglo XXI. Su promesa no es ideológica, sino práctica: medir a los gobiernos por su capacidad de mejorar la vida cotidiana de las personas. En tiempos de polarización y parálisis institucional, esa ambición puede parecer audaz. Pero quizá sea justamente el tipo de audacia que necesitamos para restaurar la confianza en la democracia. La pregunta que plantea a los gobernantes es: ¿qué políticas aplicaría si supiera que van a tener éxito?