Martes, 28 de julio de 2026
CARTA DEL DIRECTOR

Poder y contrapesos: los sindicatos, el Vaticano o el rey

Una democracia sin contrapesos acaba siendo solo un procedimiento. Una forma hueca. Una liturgia peligrosa en manos del que grita más fuerte o del que cuenta, coyunturalmente, con más apoyos. Por eso, más que nunca, necesitamos una conversación entre ciudadanos sobre el equilibrio entre poder y contrapesos. Entre gobernar y convivir. Entre colaboración y sumisión. Entre democracias y dictaduras. En España partimos con ventaja.

Marc López Plana Marc López Plana 4 de mayo de 2025
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El Rey preside el acto de entrega del IV Premio 15 de junio. | Alberto Ortega / Europa Press / ContactoPhoto
El Rey preside el acto de entrega del IV Premio 15 de junio. | Alberto Ortega / Europa Press / ContactoPhoto
La democracia liberal o representativa, el sistema sobre el que hemos basado en Occidente nuestro progreso del último siglo, es un complejo e imperfecto sistema que no ha encontrado en la historia un mejor sustituto para garantizar y combinar las libertades individuales, el pluralismo político, el desarrollo económico o el bienestar social. Hoy, como está ya ampliamente diagnosticado, la democracia está en crisis en buena parte de nuestro mundo y con enemigos internos y externos declarados de distintas intensidades. Sin embargo, algunos de sus defensores no son ajenos a las dinámicas de fondo que acabarán por destruirlas. La principal amenaza de la democracia está hoy en quien la combate desacomplejadamente y en quien se usa de ella, y su legitimidad, para transformarla. Una democracia sin contrapesos acaba siendo solo un procedimiento. 

"El diálogo social, constitucionalmente establecido y protagonizado por las organizaciones empresariales y de trabajadores, actúa como un sistema de concertación y canalización de la organización de la sociedad"
España parte con ventaja ante el cuestionamiento de fondo global. No solo porque, como nos recordaba recientemente The Economistnuestro país sigue evolucionando positivamente, y pese a todo, en su calidad democrática, sino porque el retraso histórico que supuso la dictadura franquista en el siglo XX y la homologación democrática de España con nuestros socios europeos, provoca que todavía hoy un número significativo de españoles recuerdan, porque vivieron en ella, una España donde las leyes no emanaban de la legitimidad de nuestros representantes, la libertad de empresa se condicionaba a la ausencia de libertad de expresión de sus jefes, los jueces fueran una mera extensión del poder político, el único sindicato que existía era uno vertical y la sanidad estaba condicionada a la relación con el trabajo. Pero España no es, y esta vez por desgracia, ajena a lo que pasa en el mundo. 

Esta semana el debate público global y local nos ha recordado la importancia de los contrapesos para las democracias. El 1 de mayo, en buena parte de Occidente, los sindicatos, las organizaciones que históricamente han logrado las mayores victorias para los derechos de los trabajadores, han movilizado con dificultades, en plena crisis de modelo, de nuevo, a sus miembros. El diálogo social, constitucionalmente establecido y protagonizado por las organizaciones empresariales y de trabajadores, actúa como un sistema de concertación y canalización de la organización de la sociedad, que en la medida en la que logre mayores cuotas de independencia del poder político logrará consolidar su razón de ser. La crisis de las organizaciones sindicales, con trabajadores cada vez más ajenos a ellas y al sostenimiento de su independencia, no se explica sin la demonización ideológica de clase de quienes quieren acabar con ellas, ni sin la vocación de quienes quieren condicionar su funcionamiento y prioridades desde el poder público en favor de su causa. 

"El Papa, poder y contrapeso. El Vaticano, expresando la solidez litúrgica de la historia frente a los vaivenes de la populista coyuntura"
El poder en las democracias no se expresa sólo en mayorías parlamentarias ni en las decisiones gubernamentales. El poder democrático necesita algo más escaso: límites. Contrapesos. Instituciones que le hagan sombra. Lo vemos en Estados Unidos cuando los jueces, por ejemplo, tienen capacidad de defender los derechos humanos. Lo vemos en Francia cuando los sindicatos, por ejemplo, tienen capacidad de proteger a los trabajadores. Lo hemos visto incluso cuando en el Vaticano, un Papa exige la paz.


Hoy todo el mundo mira al Vaticano y a la sucesión del Papa Francisco, que Agenda Pública seguirá in situ desde Roma esta semana compartiendo los análisis de quienes entienden mejor las dinámicas e implicaciones de fondo, porque el Vaticano, más allá de su naturaleza religiosa, representa una voz internacional con capacidad moral y diplomática para intervenir en conflictos, mediar silenciosamente o recordar —como ha hecho Francisco— que el poder no puede prescindir de la compasión. El Papa, poder y contrapeso. El Vaticano, expresando la solidez litúrgica de la historia frente a los vaivenes de la populista coyuntura.

Mientras en Estados Unidos la legitimidad electoral se transforma en pretensión de hegemonía total, donde todo lo que no se subordina al poder de Trump es tachado de casta, privilegio o rémora, la propia existencia del poder del Vaticano, por contraste, nos recuerda a los demás la importancia de los límites de nuestras acciones y el peso de nuestra propia historia. 

"La institucionalidad que representa la estabilidad de la Jefatura del Estado es en sí misma una expresión del respeto al pluralismo político y un catalizador de la convivencia social"
Los contrapesos no son un obstáculo, sino una condición necesaria para la democracia. No son reliquias vaticanas, sino la columna vertebral del sistema. Los sindicatos, por ejemplo, tienen la capacidad —cuando son fuertes e independientes— de marcar límites al poder económico y exigirle al político que respete el pacto social. La monarquía parlamentaria y el rey Felipe VI, tan atacados desde los extremos, tienen una función simbólica que actúa como estabilizador en momentos de turbulencia política. La democracia española también necesita contrapesos. La institucionalidad que representa la estabilidad de la Jefatura del Estado es en sí misma una expresión del respeto al pluralismo político y, en última instancia, un catalizador de la convivencia social. Conviene preservarlo. 


Este crítico contexto entronca con las dificultades de Occidente, y en especial de la Unión Europea, de hacer frente a otros desafíos como la acelerada transformación económica, o los movimientos geopolíticos de fondo que alteran el peso de la democracia como ideal a perseguir, y que solo podrá lograr mayores cuotas de autonomía y bienestar desde la colaboración entre los Estados miembros, sumando y equilibrando el poder que representan, y entre nuestros sectores público y privado. Se abre paso un nuevo paradigma sobre el funcionamiento de la economía en favor de la estabilidad política y el progreso social que no debe hacerse desde la intromisión ni sustitución de lo privado en lo público, ni viceversa, sino desde el diagnóstico compartido que sume sus capacidades para lograr nuestros objetivos. Y es en este campo donde emergen con fuerza actores como la Fundación “la Caixa”, ejemplo de cómo el sector social y filantrópico puede ejercer una función de equilibrio frente a la lógica estrictamente estatal, con inversiones masivas en educación, salud y exclusión social, a partir de la apuesta industrial en sectores estratégicos colaborando y con el mismo diagnóstico que la Unión Europea, y sin injerencias del Estado. 

"Se abre paso un nuevo paradigma sobre el funcionamiento de la economía en favor de la estabilidad política y el progreso social que no debe hacerse desde la intromisión ni sustitución de lo privado en lo público, ni viceversa"
Todas estas instituciones tienen algo en común: su legitimidad no deriva de su elección directa, pero contribuyen decisivamente al buen gobierno democrático. Su existencia permite que el poder político no lo colonice todo, que la pluralidad no se reduzca a la geometría parlamentaria, y que el poder político democrático conviva con distintos actores con los que servir, no sin fricciones, al servicio del interés general. 


Es necesario decirlo con claridad: una democracia sin contrapesos acaba siendo solo un procedimiento. Una forma hueca. Una liturgia peligrosa y amoral en manos del que grita más fuerte o del cuenta, coyunturalmente, con más apoyos. Por eso, más que nunca, necesitamos una conversación entre ciudadanos sobre el equilibrio entre poder y contrapeso. Entre gobernar y convivir. Entre colaboración y sumisión. Entre democracias y dictaduras. En España partimos con ventaja
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación