Martes, 28 de julio de 2026
LA VISIÓN POLÍTICA DEL PAPA

El magisterio social de Francisco por una política del bien común

El jesuita Julio Martínez, anteriormente rector de la Universidad Pontificia Comillas, reivindica la visión del recientemente fallecido Papa Francisco de la política, algo "no reductible a lucha por conquistar el poder y mantenerlo a toda costa", sino una "altísima vocación de servicio en pro de la búsqueda compartida del bien común y la defensa / promoción de la dignidad humana".

Julio Martínez, SJ Julio Martínez, SJ 23 de abril de 2025
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El vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, fue el último político en ser recibido por el Papa, en la víspera de su muerte. | VATICAN MEDIA / Zuma Press / ContactoPhoto
El vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, fue el último político en ser recibido por el Papa, en la víspera de su muerte. | VATICAN MEDIA / Zuma Press / ContactoPhoto
La apuesta de Francisco ha sido contundente a favor de una política mediadora del bien común, como horizonte de discernimiento para "pensar un mundo abierto que tenga lugar para todos e incorpore a los más débiles y respete las distintas culturas" (FT, 155). Su interpretación personalista y comunitaria del bien común desde la categoría "pueblo" ha puesto el énfasis en la dimensión antropológico-cultural para captar el verdadero sentido de la política, no reductible a lucha por conquistar el poder y mantenerlo a toda costa, sino altísima vocación de servicio en pro de la búsqueda compartida del bien común y la defensa / promoción de la dignidad humana. El pueblo es el "todos nosotros" de la unión moral amasada por las tradiciones, la cultura multiforme y el constante diálogo a muchos niveles: una comunidad social más fuerte que la suma de pequeñas individualidades, del mismo modo que el todo es mayor que las partes y también más que la suma de ellas. 

Las reflexiones del Papa Bergoglio hacen una hermenéutica que permite ubicar adecuadamente la dimensión comunitaria de la existencia personal, superando cualquier atomismo social que concibe la sociedad como un agregado de individuos aislados, orientados por objetivos individualistas, y donde los intereses del individuo gozan de prioridad sobre el bien del conjunto de la comunidad. Ser humano es persona, y ello reclama estar situado en una comunidad concreta en la que existen unos valores comunes compartidos hacia un proyecto de bien social dinámico, plural y abierto, a la vez que interiorización y personalización del proyecto de vida buena que libremente se quiere realizar.

Enfrentada a ese hondo sentido comunitario está la comprensión del individuo aislado más preocupado por sus ganancias y pérdidas que por el desarrollo humano inclusivo. Esa es una concepción consumista del bien común que continuamente genera descarte y exclusión, pues los que no pueden consumir y no son clientes, no interesan; quedan arrumbados en las cunetas del camino, como aquel malherido a quien el Buen Samaritano cuidó y proveyó de lo necesario para rehabilitarse.

"La buena política busca caminos de construcción de comunidades en los distintos niveles de la vida social, que palien los efectos disgregantes de la globalización"
Pueblo y persona son términos correlativos, ya que "cada uno es plenamente persona cuando pertenece a un pueblo, y al mismo tiempo no hay verdadero pueblo sin respeto al rostro de cada persona" (FT, 182). Ahí está el quid de por qué la buena política busca caminos de construcción de comunidades en los distintos niveles de la vida social, que palien los efectos disgregantes de la globalización. La realidad del bien común, como un bien compartido que se considera importante en sí mismo y no solo instrumentalmente para el logro del bien de cada uno o el de todos colectivamente, es erosionada por una política cultural de neutralidad estatal, frecuentemente cargada de laicismo, en la que las personas son libres de elegir sus bienes de modo independiente a la vida común, prescindiendo de la solidaridad y la justicia social, y pueden abandonar la prosecución de este bien común en caso de que el mismo vaya contra sus intereses. Aparece así una comprensión individualista de los derechos como instrumentos de autorrealización subjetiva y armas defensivas de unos contra otros. 

Un vivir comunitario ayuda a tomar conciencia del valor de los otros en la propia autorrealización. De esta manera los derechos fundamentales solo son efectivos si van unidos a deberes, vínculos y lealtades, sin los cuales una sociedad se diluye. Pero, a su vez, la identidad ha de ser suficientemente flexible e incluir la diversidad inherente a la ciudadanía para responder a la realidad y no tratar de sustituirla por un modelo ideal compacto, como falsamente hacen los nacionalismos egoístas. Al acentuar el carácter comunitario, lejos de postergar los derechos inalienables de los individuos, estamos recordando que somos seres sociales, que nos hemos ido haciendo gracias a la interacción con los otros y somos un portentoso tejido de relaciones. 

"El Papa ha llamado continuamente a pasar del partidismo a la participación; del mero compromiso por sostener la propia facción a implicarse activamente por la promoción de todos"
El Papa ha llamado continuamente a pasar del partidismo a la participación, del mero compromiso por sostener la propia facción a implicarse activamente por la promoción de todos. Y ha animado las experiencias de solidaridad que crecen desde abajo, desde el subsuelo del planeta, y a que confluyan, se coordinen mejor entre ellas y se conviertan en movimientos populares transformadores de una sociedad más fraterna y justa, no para uso, gloria y poder de unos cuantos líderes aprovechados

Con mucha experiencia a sus espaldas, Francisco no ha dudado sobre la necesidad de un Estado activo para el bien común (FT, 109), rechazando ideologías que solo dicen confiar la provisión del bienestar de los ciudadanos a las instituciones públicas o que generan cientelismo político. Eso sí, si el Estado social es indispensable para la justicia y la solidaridad, solamente con él no se impulsa una verdadera justicia social que se preocupe por todos y, preferentemente, por los pobres.

Una vez más, el Papa Bergoglio sintoniza con el Concilio Vaticano II para aclarar que la responsabilidad del bien común es del conjunto de la sociedad, con toda su riqueza y diversidad de comunidades e instituciones, mientras que la responsabilidad por la parcela del bien común que llamamos "orden público" corresponde fundamentalmente al Estado. Por eso, las condiciones del bien común no pueden ser cuidadas y favorecidas únicamente por las administraciones de titularidad pública. En la vida pública desembocan también las organizaciones de la sociedad civil y del mundo profesional y empresarial, que no contribuyen menos al bien general que las de titularidad estatal. Todo ese caudal es expresión de la "subjetividad de la sociedad", que sustenta y canaliza la riqueza de una sociedad libre, justa y abierta, donde se desarrolla el sujeto pueblo y pueden participar las personas concretas.

El criterio del bien común siempre pide al conjunto de organizaciones públicas y privadas que miren al interés superior, con talante de diálogo entre las distintas visiones, intereses y disciplinas, dentro del respeto a la ley y a las reglas de juego que nos obligan a todos: la forma jurídico-política es el Estado Social de Derecho. Sin ese intercambio dinámico entre sociedad civil e instituciones públicas, la política se convierte en algo estático e insensible a la vida de la gente. 

Distanciado del neoliberalismo y del populismo

Quiero recordar cómo la posición de Francisco se distancia tanto del neoliberalismo como del populismo. En ambos se dan formas de "desprecio de los débiles": en algunas formas de liberalismo al ponerse "al servicio de los intereses económicos de los poderosos"; en las formas populistas, "utilizando a los débiles para sus fines" (FT, 155). Anticipándose al riesgo de que su pensamiento se interpretara como populismo, hoy tan floreciente gracias a la posverdad y la polarización, Francisco distingue los adjetivos "popular" y "populista", elaborando con precisión su posición frente a lo que él denomina "populismo irresponsable" (FT, 161) e "insano populismo" (FT, 159).

Su distanciamiento crítico respecto del populismo es inequívoco: "Los grupos populistas cerrados desfiguran la palabra pueblo puesto que en realidad no hablan de un verdadero pueblo. En efecto, la categoría de pueblo es abierta. Un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis e incorpora al diferente. No lo hace negándose a sí mismo, pero sí con la disposición a ser movilizado, cuestionado, ampliado, enriquecido por otros, y de ese modo puede evolucionar" (FT, 160). También es expresión de degradación de liderazgo el inmediatismo, es decir, el ansia de buscar "votos, pero sin avanzar en una tarea ardua y constante que genere a las personas los recursos para su propio desarrollo, para que puedan sostener su vida con su esfuerzo y su creatividad" (FT, 161). 

Sirvan esta pinceladas para agradecer, homenajear y recordar los elementos más señeros de la valiosísima visión de la política del papa jesuita, que ya disfruta del abrazo definitivo de Dios.   
Julio Martínez, SJ
Julio Martínez, SJ
Universidad Pontificia Comillas
Es catedrático de Teología Moral en la Universidad Pontificia Comillas y ha sido profesor invitado en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y en las facultades de Teología y Filosofía de San Miguel (Argentina). Estudio Teología y Filosofía en Salamanca, Madrid y Boston. Fue rector de la Universidad Pontificia Comillas durante nueve años, entre 2012-2021. También se desempeñó como director de la Cátedra de Bioética, director del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones y vicerrector de Investigación, Desarrollo e Innovación de la universidad jesuita de Madrid antes de ser rector. Ha publicado unos veinte libros y unos ciento cincuenta artículos y capítulos de libros en revistas especializadas y de divulgación.
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