5 de mayo de 2022. En el Vaticano mantienen una restricciones sanitarias por la pandemia más duras que en España.
Entramos en la residencia Santa Marta con el DNI en la mano y con la mascarilla puesta. Estamos muy nerviosos —o, al menos, yo lo estoy— e ilusionados. Vamos a conocer al Papa Francisco.
El peculiar grupo lo encabezan el todavía coordinador del Consejo de Cardenales, el purpurado hondureño Óscar Andrés Maradiaga, y el claretiano Fernando Prado, quien tiempo después se convertirá en obispo de San Sebastián. Junto a ellos estamos varios voluntarios de la parroquia de San Antón —la del padre Ángel—, la periodista de raza Cristina Sánchez Aguilar y yo, entonces director de Comunicación del Arzobispado de Madrid. Matamos los nervios hablando de naderías cuando
se abre la puerta y aparece Francisco en silla de ruedas. Es el primer día en el que se le ha visto en ella en San Pedro.
—Pueden quitarse el
bozal —bromea el Papa, aludiendo a nuestras mascarillas, mientras se incorpora y se cambia a un butacón de la sala.
Impresiona verlo tan de cerca. Impresiona escucharlo.
"La caridad sin tocar no es verdadera caridad", afirma al conocer a los voluntarios que dan de desayunar a los más vulnerables en la iglesia madrileña. Lo asegura convencido, mientras hace el gesto de palpar una mano con la otra. Le falla el cuerpo, pero no la cabeza. En la media hora que pasamos con él da tiempo a hablar de la permanente necesidad de reforma de la Iglesia y de algunas resistencias, de la dura situación de Ucrania e incluso de los rohinyás de Myanmar…
"Hablamos de la permanente necesidad de reforma de la Iglesia y de algunas resistencias, de la dura situación de Ucrania e incluso de los rohinyás de Myanmar"
Recuerdo este encuentro ahora que
ha fallecido el Papa, a los 88 años de edad, después de varias semanas de convalecencia y un Lunes de Pascua en el que ya sabemos que la muerte no tiene la última palabra. Desde su elección el 13 de marzo de 2013, cuando decidió salir al balcón de San Pedro con zapatos negros y una sencilla cruz pectoral de plata, el pontificado de Francisco se ha caracterizado por la cercanía y por esa voluntad de
tocar las heridas del mundo.
Una Iglesia a pie de calle
El jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio adoptó el nombre de Francisco en memoria del
Poverello de Asís y, cuando se presentó como obispo de Roma, subrayó con sencillez: "Mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo. Os agradezco la acogida". Tras un recuerdo a su antecesor, Benedicto XVI, pidió "por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad".
Pocos meses después, en la
exhortación apostólica Evangelii gaudium, ya dejó por escrito en qué iba a gastar la vida como Papa. Lamentaba que en el mundo actual, "con su múltiple y abrumadora oferta de consumo", hay "una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales", y que, por ello, "ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, […] ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien" (EG, 2). En respuesta, proponía a los creyentes tener un encuentro renovado con Cristo para así transformar su corazón, salir al encuentro de otros y, al final, transformar el mundo:
"La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús" (EG, 1).
"Francisco ha intentado construir una Iglesia menos autorreferencial, presente en el mundo y cercana a las periferias físicas y existenciales"
De igual forma, en
Evangelii gaudium Francisco perfilaba la Iglesia que ha intentado construir: "Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades" (EG, 49). Una Iglesia menos autorreferencial, presente en el mundo y cercana a las periferias físicas y existenciales, como ha demostrado en los
destinos elegidos para sus extenuantes viajes apostólicos: de Tierra Santa a Irak, pasando por Egipto, Bangladés, Japón, la República Democrática del Congo o Papúa Nueva Guinea…
Una Iglesia que siempre sea, en una expresión recurrente suya, un auténtico "hospital de campaña". Una Iglesia en la que hay lugar para "todos, todos, todos", según señaló en la última Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Lisboa.
Preocupado por la "ecología integral"
Aunque el Papa no ha hecho cambios doctrinales revolucionarios ni se ha lanzado a los brazos del relativismo —
como oportunamente escribía Julio Llorente en este mismo medio—, en estos años sí
se ha realizado un esfuerzo de acercamiento a quienes no siempre encajan en la imagen ideal de buen creyente y también a quienes han sido heridos por el mundo y por la propia Iglesia. Divorciados, homosexuales, víctimas de abusos, migrantes y refugiados, personas descartadas y atacadas en su dignidad… Todos han estado en el corazón de Francisco, que lo ha demostrado con palabras y gestos, y todos deben estar en el corazón de la Iglesia, a pesar de las incomprensiones y los reproches internos.
"Divorciados, homosexuales, víctimas de abusos, migrantes y refugiados, personas descartadas y atacadas en su dignidad… Todos han estado en el corazón de Francisco"
Este convencimiento conecta, asimismo, con
la preocupación del Pontífice argentino por cuidar el planeta y reconstruir la fraternidad. Si bien en su primera encíclica,
Lumen fidei —escrita casi entera por Benedicto XVI—, reivindicaba que la fe es "una lámpara" que "guía nuestros pasos en la noche" (LF, 57) y en la última,
la reciente Dilexit nos, apuntaba que "en el tiempo de la inteligencia artificial no podemos olvidar que para salvar lo humano hacen falta la poesía y el amor" (DS, 20), los elementos más
políticos de su magisterio se encuentran quizá en las otras dos:
Laudato si' y
Fratelli tutti.
"¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?" (LS, 160), planteaba Francisco en su encíclica
verde, una de las más citadas de la historia y pieza central en la Cumbre del Clima de París. En ella incidía en que "el medioambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos" (LS, 90). Apostaba por una "ecología integral" que implica recobrar la "serena armonía con la creación" y "reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales" (LS, 225), renegando así de "la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura" (LS, 22).
En defensa de la "buena política"
En esta línea, en
Fratelli tutti se mostraba apenado porque, aunque en las últimas décadas parecía que "el mundo había aprendido de tantas guerras y fracasos y se dirigía lentamente hacia diversas formas de integración" (FT, 10), ahora
"se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos" (FT, 11). De forma luminosa, denunciaba que "los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan" (FT, 30) y pedía que "seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras" (FT, 6).
"Sostenía que «la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo»"
Para conseguirlo daba un papel central a las religiones, pero también, por cierto, a la "buena política". Frente a "tantas formas mezquinas e inmediatistas de política", sostenía que "la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo" (FT, 178).
"Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación y más aún en un proyecto común para la humanidad presente y futura. Pensar en los que vendrán no sirve a los fines electorales, pero es lo que exige una justicia auténtica", añadía.
En el mismo texto, el Papa Francisco valoraba que "el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre", sino que "han de ser conquistados cada día" (FT, 11).
Mientras alguien sufra y siga habiendo situaciones de injusticia, no podremos bajar la guardia. Ni los que nos consideramos creyentes ni nadie de buena voluntad. Que así sea.