Al Gobierno de España le incomodan las universidades privadas. La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, las concibe como "la principal amenaza para la clase trabajadora" y su jefe,
Pedro Sánchez, menos cauteloso, se ha referido a algunas de ellas como "chiringuitos educativos" que renuncian a la calidad para expedir "títulos". Algunos comentaristas han enfatizado la evidencia: el presidente del Gobierno —que se licenció, se doctoró sospechosamente e impartió clase en una universidad privada— no es un líder óptimo para semejante cruzada. Si la devaluación de estas instituciones es ya añosa, ¿por qué Pedro Sánchez las eligió para su carrera académica? ¿Acaso necesitaba el calor grasiento del chiringo? Si, por el contrario, la degeneración es reciente, ¿qué le ha impedido atajarla antes como presidente del Gobierno?
En cualquier caso, estos interrogantes no desmienten la afirmación sobre las universidades privadas; sólo invalidan a quien la pronuncia. Para refutar el brochazo gubernamental hay que trascender la falacia
ad hominem. Incluso un ladronzuelo puede hablar con verdad sobre la propiedad de los bienes. El problema de Pedro Sánchez no es su trayectoria, sino su prejuicio. Sus palabras no son falsas porque él sea la persona más inadecuada para enunciarlas; son falsas porque son ideológicas.
El presidente del Gobierno parte de la cuestionable premisa de que lo privado es por fuerza inicuo y concluye, en lógica consecuencia, que las universidades privadas también lo son. Su razonamiento no nace de una observación atenta de la realidad, sino de un axioma insultantemente prejuicioso.
"En las acometidas del Gobierno contra las instituciones privadas de enseñanza se nos insinúa una oportunidad. Hemos de preguntarnos por la misión de la universidad"
Decía santo Tomás de Aquino, no obstante, que "pertenece a la infinita bondad de Dios permitir el mal para de él obtener el bien". Las declaraciones de Sánchez, encauzadas por un espíritu lúcido, pueden conllevar un efecto positivo, abrir un debate necesario.
¿Qué define una buena universidad? ¿Tal vez la tasa de empleabilidad, tal vez el número de títulos expedidos? ¿Es buena la universidad que estrecha vínculos con las empresas y capta a una multitud de alumnos? En las acometidas del Gobierno contra las instituciones privadas de enseñanza se nos insinúa una oportunidad. Las palabras de Sánchez son un baldón, qué duda cabe, pero está en nuestras manos que constituyan también un aldabonazo. Al enojo debería seguirle el pensamiento; a la crítica, la cavilación. En el auge paroxístico del totalitarismo laboral denunciado por Pieper, hemos de preguntarnos, con Ortega y tantos otros, por la misión de la universidad.
No podemos determinar la solvencia o la insolvencia de una institución concreta sin considerar antes su propósito. Si aceptamos, con los clásicos, que bueno es aquello que tiende a su fin, habremos de afirmar que una buena universidad es apenas una universidad que persigue su
telos, el bien al que está llamada. En su espléndido opúsculo
Universidad católica: una tautología (CEU Ediciones), Rémi Brague nos ayuda a esclarecerlo: "[La universidad] solo tiene sentido para quien cree que saber es una cosa buena en sí, que adquirir saber es un afán que merece la pena, que tiene valor en sí mismo. Pero es así porque el objeto del saber, la realidad, es interesante en sí misma. Y, por consiguiente, obtener el saber, es decir, conocer la verdad, es tener algo bello. Se puede comprender tal afirmación por medio de una doctrina de la escolástica medieval que se conoce, en expresión técnica, como la convertibilidad de los trascendentales del Ser. De forma más sencilla: todo lo que es, todo lo que existe, es al mismo tiempo verdadero y bueno. La verdad se convierte en la bondad".
"Más que en el éxito o la expedición masiva de títulos, más que en la cuadratura de las cuentas o en el reconocimiento empresarial, el móvil del quehacer universitario estriba en el amor"
La universidad resulta de un esfuerzo comunitario, institucionalizado, por realizar la vocación aristotélica. "Todo hombre desea por naturaleza saber", afirma el filósofo al inicio de su Metafísica. Más que en el éxito o la expedición masiva de títulos, más que en la cuadratura de las cuentas o en el reconocimiento empresarial, el móvil del quehacer universitario estriba en el amor. Su piedra angular es el apego a una realidad sugestiva y, por tanto, digna de conocerse en sí misma. Las mejores universidades se saben eslabones de una cadena; heredan una sabiduría para enriquecerla y transmitirla. Cumplen su destino si achican el páramo que media entre lo que el hombre conoce y lo que está llamado a conocer, si perseveran en el viejo afán de la inteligencia, si añaden un enano, por insignificante que parezca, a la columna de gigantes.
El poeta Mario Quintana solo distinguía dos edades, ninguna más: la de los vivos y la de los muertos.
Ateniéndome a su magisterio poético, yo apenas reconozco dos universidades: las buenas y las mediocres. Hay universidades privadas que persiguen la verdad como la flecha a la presa y universidades públicas que, en cambio, la sacrifican en un altar de causas torcidas, ya sean el éxito, la política o la ideología. El exabrupto de Sánchez se nos manifiesta ahora en toda su trivialidad. No es su régimen económico lo que define a una universidad, sino, más bien, la búsqueda excelente, amorosa, de la sabiduría.